Vía crucis en el Año Jubilar de San Juan de Ávila

Ofrecemos un extracto del libro editado por el Centro Diocesano de “San Juan de Ávila” en Montilla. Es un Vía crucis con textos seleccionados de los sermones cuaresmales y de su conocida obra “Tratado del amor de Dios”

Oración inicial

Señor, cuando andabas en el mundo

y te traían un ciego, lo mirabas,

le echabas tu bendición;

pues mírame, Señor,

que aquí vengo a tu misericordia.

Más paralítica está mi ánima

que aquellos cuerpos;

ciego soy para verte;

cojo soy para dar pasos a mi salud;

secas tengo las manos para hacer buenas obras;

sordo estoy para oír tus palabras y mi bien;

mudo soy para tus alabanzas.

¡Sáname, Señor!

¡Señor, que se nos pasan los días!

¡Señor, que estoy durmiendo!

Remédiame.

Sermón 80, en la festividad de santa Catalina, en un monasterio de religiosos.

 

 

PRIMERA ESTACIÓN

JESÚS ES CONDENADO A MUERTE

Dijeron todos: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?». Él les dijo: «Vosotros lo decís, yo lo soy». Ellos dijeron: «¿Qué necesidad tenemos ya de testimonios? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca». Y levantándose toda la asamblea, lo llevaron a presencia de Pilato. (Lc. 22, 70 – 23, 1)

Viene Cristo y buen abogado tenemos. Él derramó su sangre por ti. ¿Ha de acusarte? Está rogando por ti, ¿cómo te va a acusar? Meta cada uno la mano en su pecho. Quizás hay aquí alguno que hace diez años que ofende a Dios y está en pecado, o quizás no ha conocido a Dios en toda su vida. Te envía a decir que te perdona, te envía una palabra real: Yo lo vestiré y lo haré heredero de muchos bienes. ¡Oh! ¡Bendita sea tu misericordia, que tanto sufres, ruegas con halagos, convidas con misericordia, perdón y amistad, y adviertes con infierno, con fuego y penas, y no hay, Señor, quien te responda!

 

SEGUNDA ESTACIÓN

JESÚS CARGA CON LA CRUZ

Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura. Y dijo Pilato a los judíos: «He aquí a vuestro rey». Ellos gritaron: «¡Fuera, fuera; crucifícalo!». Pilato les dijo: «¿A vuestro rey voy a crucificar?». Contestaron los sumos sacerdotes: «No tenemos más rey que al César». Entonces se lo entregó para que lo crucificaran. (Jn. 19, 1-2. 14b-16)

Va una mujer de esas que vosotros decís engalanadas por la calle, pero veis que deja la calle oliendo a almizcle y a mil olores que no se quitan tan rápido y todos os quedáis mirándola por contemplar tal belleza y buen olor. Y pasa y ha pasado Jesucristo por aquella misma calle, y lo hace con la cruz a cuestas, y nadie huele la sangre de Cristo. ¡Oh sangre preciosísima! ¡Qué mal hueles al mundo! No hay quien quiera seguir vuestras pisadas. Derramar sangre por Vos, Señor, muy dificultoso se le hace al mundo.

Hay algunos hombres que quieren saber y sacar lo que les puede suceder: si hago esto, me vendrá aquello; si perdono a aquel, me ocurrirá aquello y pierdo mi honra; si gano aquello otro, me sucederá lo otro...

Quien viniere tras de mí, déjese a sí.

 

TERCERA ESTACIÓN

JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ

Cristo, en efecto, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial. Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que le obedecen, en autor de salvación eterna. (Hb. 5, 7-9)

De esa manera seguís a Jesucristo. Seguís sus pisadas por llano; amáis sus misericordias, os holgáis con sus consuelos; y porque se os mete por las espinas, dejáis a Jesucristo. Porque os pone en una tribulación, porque se os esconde para conocer quién sois sin Él, decís luego: se me ha escondido, ya no me quiere, ya no me consuela. Perdéis luego el rastro, luego decís que os castiga, que os ha quitado la gracia. No es así, no. Entra sin temor, entra en las espinas que, aunque penséis que os habéis de espinar, ahí hallareis al Señor. Entra en los trabajos, que ahí se ha metido para que lo busquéis. Entra en vencer la carne, en desechar al demonio; entra en la carne que, si entráis, ten por cierto que ahí se entró para que lo halléis.

 

CUARTA ESTACIÓN

JESÚS ENCUENTRA A MARÍA, SU MADRE

Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Éste ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción —y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones». (Lc. 2, 34-35)

¿Quién pondrá tasa y medida a tus dolores? ¿Quién contará lo que tal día como hoy padeciste? Así como de grande era el amor que ardía en tu corazón, así de igual era tu angustia. Oh, alma, si supieses conocer cuán grande es el amor que esta sacratísima Virgen tenía a su Hijo, sabrías conocer el dolor que hoy ha pasado por ella. ¡Oh, bendita sea tu misericordia, que tantas saetas tuviste para herir y traspasar el corazón de esta Virgen! ¿Qué tal os parece que estaría el corazón de la Virgen, que tanto tuvieron que ver sus ojos? ¿A quién te compararé? ¡Oh Virgen sacratísima! ¿Cómo estaba tu corazón? ¿Qué sentiste en este día bebiendo agua de dolor? ¡Qué de dolores entraron por tus oídos! ¡Qué de dolores por tus ojos! Pensad en esto, y pedid gracia, y pidámosla todos para entenderlo.

 

 

QUINTA ESTACIÓN

EL CIRENEO AYUDA A CARGAR LA CRUZ DE JESÚS

Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús. (Lc. 23, 26)

¿Seguís al Señor sin cruz? Pues no vais tras Él. Muchos lo seguían cuando predicaba en los montes, en el campo o en los templos, y de éstos no hubo nadie que le ayudase a llevar la cruz. En los placeres, en las amistades, en las misericordias, todos lo siguen, todos confían en su misericordia, y no hay ninguno que le ayude a llevar la cruz. No hay quien pueda sufrir que le quiten algo que le duele. No hay quien sufra a su prójimo con paciencia. No hay quien se aparte del mal por Jesucristo y le ayude a llevar la cruz.

 

 

SEXTA ESTACIÓN

LA VERÓNICA ENJUGA EL ROSTRO DE JESÚS

Como muchos se espantaron de él porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano, así asombrará a muchos pueblos, ante él los reyes cerrarán la boca, al ver algo inenarrable y comprender algo inaudito. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultaban los rostros, despreciado y desestimado. (Is. 52, 14-15; 53, 2b-3)

¡Oh maravilloso amor, que a tal extremo descendiste! Dime oh dulcísimo amor ¿qué habría que hacer si se les pudiera dar alguna otra muestra de amor que declarara toda la grandeza de tu amor? Pues si solo esta muestra de amor hace salir a los malos de sus sentidos, ¿qué harán tus verdaderos hijos y amigos? Esto es lo que les hace salir de sí y quedar atónitos cuando, recogidos en lo secreto de su corazón, les descubres estos secretos y se los das a sentir. De aquí nace alegrarse de lo que todo el mundo teme, y abrazar lo que el mundo aborrece.

“El ánima —dice san Ambrosio— que está desposada con Cristo y voluntariamente se junta con Él en la cruz, ninguna cosa tiene más gloriosa que traer consigo las injurias del Crucificado”.

 

SÉPTIMA ESTACIÓN

JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ

No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado. Por eso, comparezcamos confiados ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia para un auxilio oportuno. (Hb. 4, 15-16)

Tomad vuestra cruz y seguid a Jesús. –¿Y qué es cruz, padre? –El vecino que te persigue, hambre, pobreza, desnudez, necesidad, sufrir la mala condición de las personas con quien no puedes dejar de tratar, deshonra, enfermedades, trabajos, cualesquiera que sean; y todo eso no es nada: tú mismo eres cruz, tú mismo te persigues a ti. Tú mismo te haces mal; nadie te enoja, nadie te persigue; no te quejes de nadie, sino de ti mismo; tú eres tu perdición. No te engañes, dentro de ti está lo que te echa a perder. Pues, Señor, ¿qué haré? –Humíllate, no quieras que se haga tu voluntad; conténtate con lo que suceda, aunque sea muy adverso, pensando que todo viene de la mano de Dios. Porque solo hay dos caminos: o seguiros a vos con trabajos y esfuerzo o, por no dejar mis deleites, no seguiros.

 

 

OCTAVA ESTACIÓN

JESÚS CONSUELA A LAS HIJAS DE JERUSALÉN

Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos». (Lc. 23, 27-28)

¿Hasta cuándo has de pecar? ¿Hasta cuándo, Señor, te tengo que ofender con estos ojos, viendo cosas con que te ofenda, y con estos oídos, oyendo cosas que me hagan pecar, y mis pies, andando en cosas deshonestas? Llora, hermano, tus pecados. Mira cómo Dios llora por ti. Respóndele, vuélvete a Él. ¿Cómo puedes vivir sin Él? No aguardes más, ¿a qué esperas? Vela, hermano, no te descuides.

 

 

 

NOVENA ESTACIÓN

JESÚS CAE POR TERCERA VEZ

Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron. (Is. 53, 4-5)

No hay entendimiento angélico de cuánto arde este fuego ni hasta dónde llega su virtud. Si le mandaran padecer una muerte o miles, para todo tenía amor. Si lo que le mandaron hacer por la salud de todos, le mandaran hacer por cada uno, así lo haría. De manera que mucho más amó que padeció. ¡Oh Amor divino, cuánto mayor eres de lo que pareces por fuera! Porque tantas llagas y tantos azotes y heridas, sin duda nos predican amor grande; pero no dicen toda la grandeza que tiene, porque mayor es por dentro que lo que por fuera parece. Ésta es la mayor señal que puede haber de amor, poner la vida por sus amigos.

 

 

DÉCIMA ESTACIÓN

JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS

Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron: «No la rasguemos, sino echémosla a suerte, a ver a quién le toca». Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica». Esto hicieron los soldados. (Jn. 19, 23-24)

Llega Jesucristo que nace pobre, vive pobre, muere más pobre. No había pompas en la cruz. Allí estaban nuestros pecados, por todos pagó, y todo lo quiso sufrir, para que oigan y vean los pueblos. Nos trajo atravesados en su corazón. Se pregonó, así, por el mundo la deshonra, los trabajos y todo lo que padeció por nosotros, y fue tan poderosa esta pregona que los hombres vendían sus haciendas, se daban a los pobres, dejaban a sus mujeres, a sus madres, y todo lo tenían en poco por seguir a Jesucristo. ¿Veis cómo da luz al mundo? Despójate de ti, llénate de Él y su pobreza, que es riqueza.

 

 

UNDÉCIMA ESTACIÓN

JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ

Tomaron a Jesús, y, cargando él mismo con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice “Gólgota”), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos». Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús, y estaba escrito en hebreo, latín y griego. (Jn. 19, 16b-20)

¿Cómo te pagaré, Amado mío, este amor? Con halagos de paz y de amor ha conquistado los corazones; no matando, sino muriendo; no derramando sangre ajena, sino la suya propia por todos en la cruz. ¡Oh robador de corazones!, roba, Señor, éste mío. Tú has quebrantado la dureza de nuestros corazones, tú has inflamado a todo el mundo de tu amor.

Si quieres, ánima mía, barruntar algo de la grandeza del amor de Cristo, del deseo que tuvo de padecer por ti, recuerda aquella frase suya “con un bautismo tengo que ser bautizado”. Aun a pesar del dolor, por la grandeza del amor que nos tenías, no mirabas tu dolor, sino nuestro remedio; no a tus llagas, sino a la medicina de nuestras ánimas enfermas. Este amor te hace morir tan de buena gana; éste te embriaga de tal manera, que te hizo ir desnudo y colgado en la cruz, hecho escarnio del mundo.

 

DUODÉCIMA ESTACIÓN

JESÚS MUERE EN LA CRUZ

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed». Había allí un jarro lleno de vinagre. y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu. (Jn. 19, 28-30)

No solamente la cruz, sino la misma figura que en ella tienes, nos llama dulcemente a amor; la cabeza tienes inclinada, para oírnos y darnos besos de paz, con la cual convidas a los culpados, siendo tú el ofendido; los brazos tendidos, para abrazarnos; las manos agujereadas, para darnos tus bienes; el costado abierto, para recibirnos en tus entrañas; los pies clavados, para esperarnos y para nunca apartarte de nosotros. De manera que mirándote, Señor, todo me convida a amor: el madero, la figura, el misterio, las heridas de tu cuerpo; y, sobretodo, el amor interior me da voces a que te ame y a que nunca te olvide de mi corazón.

 

 

DECIMOTERCERA ESTACIÓN

JESÚS ES DESCOLGADO DE LA CRUZ Y ENTREGADO A SU MADRE

José de Arimatea, que era discípulo de Jesús aunque oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe. (Jn. 19, 38-39)

Ponen una escalera delante y otra por la otra parte; suben unos a desclavar los brazos, otros a sustentar el cuerpo. Se levanta ella para tomar a su hijo en sus brazos. Se allega la Virgen a su cabeza y se topaba con las espinas que le habían quedado hincadas de la corona. Todo el rostro, todo el cabello, todo el cuerpo cubierto de sangre. Su rostro desfigurado, sus manos deshechas. ¡Hijo mío, Dios mío, consuelo mío! “Padre de misericordia —decía la Virgen—, veis aquí vuestra esclava, cúmplase en mí vuestra voluntad. Este Hijo me disteis, a Vos, Señor, lo torno”.

 

 

DECIMOCUARTA ESTACIÓN

JESÚS ES DEPOSITADO EN EL SEPULCRO

Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en los lienzos con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús. (Jn. 19, 40-42)

Tomó el sudario con sus propias manos y se lo puso en su cabeza, y la envolvió muy bien, y le dio el beso de paz. Llegan al sepulcro, colocan el cuerpo de Jesús y echan la piedra sobre la puerta. ¡Qué llanto tan nuevo comenzaría aquí! “¿A dónde iré, diría, que más descanso tenga? ¿Qué más quiero yo que estar cerca de donde está todo mi bien sepultado?”. Y en esto se queda la Virgen sola, esperando la luz del día. Así pasemos nosotros la noche, acompañando y consolando a la Virgen. Ella os lo pagará rogando por vosotros cuando la llaméis. Consolaros quiere en vuestras tibiezas, socorreros en vuestros trabajos, alcanzaros gracia y después gloria. Amén.

 

 

ORACIÓN FINAL

¡Oh benditísima Virgen María!

¡Cuántos pensando en ti

han sido librados de las puertas del infierno,

se han apartado de la suciedad de la carne

y se han recogido en tu humildad,

se han abajado!

¡A cuántos descaminados

has guiado para Dios!

¡A cuántos enamora tu hermosura

y por tu servicio y limpieza

no se han querido casar,

sino ser vírgenes y limpios por parecerte!

Si veis una puerta tan linda,

bien edificada, muy rica, decís:

«¡Oh santo Dios, y qué rica puerta!

¡Qué tal debe ser la casa que tal puerta tiene!».

Luego os da gana de entrar a ver la casa.

Puerta es del cielo esta niña.

Si a la gloria habéis de ir,

por esta puerta habéis de entrar Amén.