“Siempre hemos tenido espíritu misionero”

Jesús y Aurora han participado este verano en la misión que la Diócesis tiene en Picota, Perú

¿Cómo surgió la idea de participar en la misión diocesana de Picota?

Nuestro hermano y cuñado, Rafa, lleva allí destinado como sacerdote desde hace tres años y, prácticamente desde ese momento tuvimos la idea en la cabeza; aunque es cierto que los dos hemos tenido desde siempre ese “espíritu misionero” e intentamos no desaprovechar cualquier oportunidad que se nos presenta. También nos ha animado que en las ocasiones en las que Rafa ha venido a España para poder celebrar nuestras bodas, bautizos, etc., siempre nos ha invitado a ir, poniendo un énfasis especial en que el testimonio de matrimonios es algo muy necesario allí donde él desarrolla su labor.

Por otro lado, Rafael y Sisa (nuestros padres y suegros, de Jesús y Aurora, respectivamente) también nos han adelantado tomando parte allí, en la misión: ya han estado en Picota unas tres veces y ellos también nos han animado siempre.

En cualquier caso, la decisión fue bastante improvisada: el verano pasado teníamos pensado ir, pero con el covid nos pareció imposible, incluso desechamos la idea porque suponíamos que este verano también podría complicarse por diversos motivos. Sin embargo, cuando en julio nos sentamos para organizar las vacaciones nos dimos cuenta de que teníamos el corazón un poco “inquieto”, y pensar en “días de playa y relax” nos inquietaba aún más. Y surgió la idea, repentinamente, por eso los dos pensamos que fue uno de esos soplos del Espíritu Santo el que nos sugirió hacer este viaje. Miramos vuelos y fechas y todo nos encajaba a la perfección, no dudamos de que el Señor quería que cruzásemos el charco. Así que nos decidimos y sacamos los billetes a los pocos días para la semana siguiente.

¿Qué ha significado para vosotros esta experiencia?

Ha significado un choque con una realidad de la que no éramos conscientes, lo que se ha traducido, necesariamente, en agradecimiento al Señor y a su Iglesia. Lo que solemos escuchar en testimonios de misión es que las personas, la sociedad, “tienen sed de Dios”. Y lo escuchamos porque es así. Sin embargo, nosotros hemos experimentado un hecho paradójico: y es que en Perú (al menos en la parte en la que nosotros hemos estado) existe un gran contraste entre una devoción popular profundamente arraigada, una fe indiscutiblemente patente y, al mismo tiempo, las consecuencias palpables de un pueblo que no tiene la posibilidad de contar con la presencia sólida de la Iglesia y de Cristo.

Esta experiencia nos ha revelado una verdad que antes nos había pasado desapercibida, que contesta a la pregunta: “¿por qué en España somos cómo somos y vivimos cómo vivimos?”. La riqueza moral, cultural, personal, social, artística… encuentra sus cimientos en el catolicismo, en la cristiandad. Por eso, después de haber estado allí, nos sentimos aún más agradecidos con el Señor.

Y, como matrimonio, ha supuesto una nueva “revelación” del Señor: en Picota, lamentablemente, no existe demasiada cultura de familia, de núcleo familiar, de esposos. Lo que nos ha hecho redescubrir el valor del sacramento, el gran regalo que supone la vocación matrimonial que, al final, es una declaración de amor de Dios al hombre, pues le pide que ame, como Él mismo, a ese esposo o esposa. En definitiva, no deja de recordarle su propio valor: el Señor no quiere para el hombre un amor pasajero —que no es amor— o que esté sujeto a condiciones, sino un amor libremente entregado y sin “peros”.

Uno de los sacerdotes enviados a la misión es Rafael Prados, hermano de Jesús, ¿qué habéis compartido allí con él?

Lo más importante que hemos vivido con él han sido las eucaristías y el trabajo misional, sin lugar a duda. Allí la cantidad de trabajo pastoral es enorme, desde el primer día lo estuvimos acompañando y ayudando en todo lo que podíamos poniéndonos a su servicio, tanto de él como de Antonio —también sacerdote diocesano destinado en la misión de Perú—. Para hacernos una idea ambos tienen aproximadamente más de cincuenta aldeas a su cargo cada uno, a muchas de las cuales sólo pueden ir cada ciertos meses por la dificultad del camino, del clima y del tiempo del que disponen (es como si ellos dos se encargaran de una extensión similar a la diócesis de Córdoba y provincia). Las jornadas que vivimos con ellos implicaban, necesariamente, varias horas de trayecto, y nos recibían pequeñas comunidades que ansiaban poder realizar más celebraciones, participar más de los sacramentos y disfrutar del regalo indudable que es vivir en una comunidad que disponga de sacerdote. Por eso rezamos mucho por las vocaciones, porque hemos conocido de primera mano la falta real de “obreros que se encarguen de la mies”.

Y, como decíamos al principio, desde que enviaron allí a Rafa teníamos ganas de poder estar con él y vivir todo su día a día… Eso nos ha llevado a compartir su mismo interés, cariño y dedicación viendo cómo, realmente, está dejando allí su corazón. Ha sido un regalo de Dios poder compartir con él esta experiencia, ya lo sería solo el haber ido, pero aun mayor el haberlo vivido con él como sacerdote, hermano y cuñado.

¿Llevabais una idea, se ha correspondido con la realidad que habéis vivido?

No llevábamos ninguna idea preconcebida; sin embargo, ha sido igualmente sorprendente. Cuando conoces modos de vivir, de pensar o de plantearse la vida tan diferentes a los nuestros es imposible permanecer impasible. Pero lo que destacamos, por chocante, grato e inesperado, es el carácter peruano (o picotino, no lo sabemos): la simpatía y hospitalidad, el respeto en la conversación y en la forma de dirigirse a cualquiera, la dulzura y el afecto… No tienen parangón. Son entrañables y te hacen sentir en tu casa, acogido y apreciado en los lugares más inhóspitos, en medio de la selva, o en iglesitas que son unos cuantos palos de madera. Y otro aspecto que también nos conmovió fue el gran cariño y predilección que tienen por los sacerdotes, independientemente de sus posturas o creencias. Esa admiración y respeto que se tiene por aquellos que han entregado toda su vida a Dios es algo que nos ayuda a recordar (a nosotros y a ellos) que, de su fidelidad, de su santidad, penden muchas almas… Y es que al final no dejamos de necesitar a buenos pastores que den la vida por sus ovejas. Pero también, ¡qué agradecidas debemos ser las ovejas! —Pues eso los picotinos lo saben y lo viven muy bien, mucho mejor que nosotros.

¿Qué aporta esta misión a la Diócesis de Córdoba?

Vida, desprendimiento y, sobre todo, alegría para el Señor. Cuando decimos “vida” nos referimos a ese pasaje de Marcos que dice “el quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”. La Diócesis de Córdoba entrega allí su vida, vidas de sacerdotes, de misioneros, de personas que deciden ayudar con lo que pueden, de parroquias preocupadas… No dudamos que esas vidas, o esas horas, o esos meses o años allí entregados por el Señor y el Evangelio son vidas, horas, meses y años salvados por Cristo.

“Desprendimiento” porque, al final, la entrega conlleva desprenderse: cuando hacemos colectas para Perú, cuando enviamos ropa, enseres, etc… Se involucran desde los más pequeños hasta los más mayores, y todos recordamos que no estamos solos en España o en Córdoba, sino que hay hermanitos —como dicen allí— que viven necesidades diferentes a las nuestras y que cuentan con nuestros pequeños o grandes esfuerzos —que suman, que cuenta— y que nos responsabilizan y exigen en el amor.

Y “alegría para el Señor” porque, sin duda, es un querer de Cristo que sus hijos se ayuden entre ellos. Allí se refieren a España, con frecuencia, como “la madre Patria” porque valoran que haya sido de manos españolas de quienes les haya llegado la fe, el amor a Cristo y a la Virgen. Por eso nos parece lógico que también el Señor se alegre mucho al comprobar que esa “madre Patria” sigue ocupándose, sin espectáculos y calladamente, de cuidar la fe de aquellos hijos suyos. Pero, por otro lado, a todos los misioneros que hemos partido desde aquí para vivir allí esa experiencia misionera, nos enseña cómo cuando el corazón se vacía de afectos inertes (materialismo, comodidad, voracidad, distracciones superfluas, abuso de tecnologías…), se le puede escuchar bien decir “¡aquí solo Cristo!”. Nos sorprendía ver que niños, jóvenes, adultos y mayores siempre tenían oído para escuchar palabras de Jesús; siempre tenían oído para aprender, porque se sabían ignorantes en comparación con lo que Jesús podía enseñarles. Ese corazón de niño que tanto agrada a Cristo es la mayor riqueza para nosotros, porque nos descubre la verdad que escondía la oración de “te doy gracias, Padre […], porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños” (Mt. 11, 25-27). Y contamos con ellos para que nos “refresquen la memoria” y el corazón.

¿Qué destacaríais de estos días?

El cariño y la entrega de nuestros sacerdotes: haber podido estar allí mano a mano con ellos ha sido una gracia de Dios. Siempre escuchamos hablar de “la misión en Picota”, pero a veces se torna como algo ajeno; cuando lo vives, cuando te conviertes en parte de esa misión, te das aún más cuenta del mérito que tiene dejar todas las comodidades (no solo materiales sino, sobre todo, las espirituales), además de a la familia y a los amigos, para ir donde el Señor te envíe. Esto nos ha ayudado a que, cuando pensemos en ellos, sea más con alegría que con añoranza —aunque, al final, sea inevitable—.

Y también la alegría de disponer (aquí) de eucaristía tan frecuentemente y con tanta facilidad… En las aldeas de la selva (las más retiradas y con caminos más complicados) la frecuencia de las misas disminuye, algunas incluso pueden estar varios meses sin celebrar; sin embargo, nosotros contamos con la gracia de tener diariamente una amplia variedad de Iglesias, ministros y horarios a nuestra disposición, que quizá no aprovechamos como deberíamos.

Pero, sobre todo, el cariño que hemos recibido de todos, tanto de los picotinos, como de los sacerdotes, como de las religiosas que también están muy implicadas en la misión… Siempre que vas “de misión”, que piensas que vas a ayudar, eres tú al que ayudan, eres tú el que se siente agradecido, acogido y apreciado. Siempre vuelves con más cosas en la mochila de las que llevabas.

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