“Se puede vivir con poco y ser feliz”

Matilde Gutiérrez aprendió en Picota que estamos aquí para cumplir la misión para la que el Señor nos envió

¿Cómo surgió la idea de realizar un tiempo de voluntariado en Picota?

Desde que entré en el “año 2001” a trabajar en el Centro de Magisterio Sagrado Corazón, D. Antonio Murillo Torralbo, profesor del Centro, siempre me contaba historias de cuando iba a Perú, sobre su misión en los meses de verano. Yo esperaba con ansia su regreso para que me hablara de allí. Siempre estuvo en mi mente “Perú”.  Era como si fuera una llamada del Señor y me decía que algún día cumpliría mi sueño.

Pues bien, junto con profesorado y alumnado del Centro, colaboraba en IDHEA (Instituto de Derechos Humanos y Educación de Andalucía), dirigido por Dª Mª Amor Martín. Entre otros proyectos, surgió la idea de ir a Picota para ver qué granito de arena podíamos aportar. A través de la Delegación de Misiones y con la ayuda económica del Centro de Magisterio, nos embarcamos en esta gran aventura, una alumna del Centro de Magisterio y yo. En mayo de 2014 Monseñor Demetrio Fernández nos impuso la cruz misionera en la Misa de  Envío en la Santa Iglesia Catedral. En agosto de ese mismo año partíamos un grupo que se convirtió en un “GRAN EQUIPO”, que compartía la gran ilusión con la que íbamos todos. Algunos repetían la experiencia del año anterior, pero para otros era nuestra primera vez.

¿Qué recuerdas de aquella experiencia misionera?

El cariño con el que nos recibieron nada más llegar, me dejó sin palabras. Supuso un cambio grande en mi vida. Me preguntaba cómo podían ser felices aquellas personas con tan poco y con tanta pobreza. Pues por mí misma lo comprobé: con dos pantalones y tres camisetas estuve un mes y ¡me sobraba ropa¡

Una vez ya instalados, tuvimos una reunión y a cada uno de nosotros se le asignó su “misión”. Los sanitarios se iban a visitar enfermos a pueblecitos de alrededor o al botiquín, otros se iban al comedor parroquial a ayudar con la comida, otros a visitar las casas para hablar con ellos,  etc… y por la tarde, acompañábamos a los sacerdotes “padresitos” D. Leopoldo o D. Nicolás  con las Hermanas del Sagrado Corazón y Salesianas, para la celebración de la Eucaristía a pueblos de alrededor.

Mi misión consistió, junto con otras dos compañeras y jóvenes voluntarios de allí, en organizar la biblioteca y  acoger a niños y niñas para refuerzo escolar. Compartía mi tarea en la biblioteca con la de asistir a la “Escuelita”, escuela para niños con diferentes tipos de discapacidad, y luego ayudar en el comedor parroquial.

Me llamó la atención, en concreto, una adolescente con discapacidad auditiva, muy inteligente, que debido a su discapacidad no era admitida en ningún centro educativo. Su única opción era estar allí pero sin tener ninguna oportunidad de estudiar, que era su máxima ilusión. Le procuré material adaptado, ya que el centro apenas disponía de materiales para trabajar con las diferentes discapacidades con las que allí se encontraban.

El simple hecho de que visitaras su tierra y participaras con ellos en su vida cotidiana lo agradecían enormemente, contando sus vidas y con la esperanza de oír algo consolador.

¿Qué te enseñó la gente que te encontraste allí?

Aprendí, como he comentado antes, que se puede vivir con poco y ser feliz. Que la vida no es consumismo y  que tampoco puedes preocuparte por tantas cosas insignificantes.

Me enseñaron como viven y como preparan el momento de la Eucaristía, sus cantos de alabanza y su cara de alegría cuando entraban por la puerta de la parroquia. Me acuerdo de cómo lloré cuando los oí por primera vez. ¡Ahí estaba el Señor presente!

La gente te ofrece lo poco que tiene y te abre sus casas y su corazón. Tienen mucha necesidad de hablar y de compartir. Hasta en el último rincón de la selva que visitamos encontrábamos lo mismo, pobreza, humildad, agradecimiento y mucho cariño por visitarlos. Aún sigo teniendo contacto por redes sociales con gente de Picota, ellos no olvidan.

¿Cómo cambió tu vida al volver a tu vida cotidiana?

Me costó volver de allí, la verdad, y aún me cuesta hablar de mi experiencia. Se me sigue haciendo un nudo en la garganta. Al llegar aquí valoras lo que tienes, familia, trabajo, ropa, educación… y eso me hizo pensar en el valor que hay que darle  a la vida y que estamos aquí para cumplir la misión para la que el Señor nos envió.

¿Mantienes todavía vinculación con la misión diocesana?

En algunas ocasiones nos hemos reunido en la Delegación de Misiones con varios compañeros para recibir a alguien que ha estado allí y ha venido a visitarnos. Con los compañeros sigo teniendo relación con unos más que con otros, pero cuando decimos de reunirnos ahí estamos. Una de las veces nos visitó La Hermana Ilda (Obrera del Sagrado Corazón) con la que sigo manteniendo relación por redes sociales. Fue una bendición volver a verla y recordar la experiencia vivida.

Aún sigo manteniendo relación con chicos y chicas de la parroquia de Picota por redes sociales y me preguntan que cuando volveré a ir. Les digo que ganas no me faltan, que algún día volveré, siempre cuando las circunstancias me lo permitan y que siempre los tengo presentes.