“Se puede ser feliz y vivir sin nada”

María Esther Ortega participó en la misión con su hermana y su cuñado, en compañía del sacerdote Francisco Gámez

¿Cómo surgió la idea de realizar un tiempo de voluntariado en Picota?

Desde hace años mi hermana y yo teníamos esa inquietud y fue a través del sacerdote que estaba en ese momento en la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen de Cardeña D. Francisco Gámez quién nos impulsó a ello. Mi hermana, mi cuñado, D. Francisco y yo nos embarcamos en la misión de Picota. También sabíamos que estaba en ese momento en Picota D. Juan Ropero, otro sacerdote muy querido también en nuestra familia, todo esto nos hizo confiar junto con la mano de Dios que esa idea saldría bien.

¿Qué recuerdas de aquella experiencia misionera?

Todos los recuerdos son muy gratos, hice amigos, conocí la miseria de primera mano y pude comprender la labor misionera que hasta entonces sólo había visto en los medios de comunicación. Una experiencia inolvidable que en mi vida ha dejado huella.

¿Qué te enseñó la gente que te encontraste allí?

Muchísimo. Me enseñó que se puede ser feliz y vivir sin nada, que Dios se encontraba en los lugares más inesperados, que caminaban muchos kilómetros para oír la palabra de Dios hasta la iglesia más cercana, que compartían todo lo que tenían sin importarle nada.

¿Cómo cambió tu vida al volver a tu vida cotidiana?

En todos los sentidos, comprendí que esta vida de consumismo y despreocupación no lleva a ningún lado. Conocí a Dios más profundamente de lo que estaba haciendo hasta ese momento y me sentí más fuerte en la fe.

¿Mantienes todavía vinculación con la misión diocesana?

No por desgracia. Cuando vuelves, comienzas a meterte en la rutina diaria de trabajo, familia, amigos y vas perdiendo esa vinculación. Mantengo algunas amistades de compañeros de misión y poco más.

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