Se celebra la Jornada Mundial del Enfermo

Apuntes de reflexión para los enfermos, sus familias y los agentes sanitarios

Campaña del enfermo 2013.pdfCon la Carta Apostólica Salvifici doloris, publicada el 11 de febrero de 1984, Conmemoración Litúrgica de la Bienaventurada Virgen de Lourdes, el Beato Juan Pablo II se propuso iluminar la dura realidad del sufrimiento con la luz del Evangelio, para ayudar a descubrir su sentido salvífico. Pero, como afirma decididamente el Papa, “para poder percibir la verdadera respuesta al «por qué» del sufrimiento, tenemos que dirigir nuestra mirada a la Revelación del amor divino, fuente última del sentido de todo lo que existe” (nº 13).

¿Cuál es, entonces, el camino espiritual de la persona cristiana enferma en el que puede ser ayudado por una cercanía humana? La actitud frente a la enfermedad y el sufrimiento se caracteriza por dos momentos: la lucha contra sus causas y consecuencias físicas y, al mismo tiempo, un camino de aceptación de la situación. El primer momento puede caracterizarse por el dolor físico de la enfermedad, al que se pueden añadir el dolor físico del tratamiento y los sufrimientos que pueden derivarse del proceso asistencial (espera de los resultados de las pruebas y de eventuales terapias, retrasos, etc.) Pero también el segundo momento puede ser

igualmente doloroso, marcado por la sensación de no haber merecido tal situación y por la dificultad de ver, al menos en un primer momento, la bondad del Señor. Es un camino que se basa no sólo en las fuerzas humanas, porque Cristo viene al encuentro del hombre enfermo: «A medida que el hombre toma su cruz, uniéndose espiritualmente a la Cruz de Cristo, se revela ante él el sentido salvífico del sufrimiento» (Juan Pablo II, Carta Ap. Salvifici doloris, nº 26).

La asistencia cobra entonces una dimensión mucho más amplia: se trata, a nivel psicológico, de instaurar una relación interpersonal con una persona que atraviesa un momento difícil en su vida; a nivel espiritual, de realizar un encuentro profundo con una persona, y es preciso crecer en la propia “humanidad” para encontrarse con la “humanidad” del otro; a nivel asistencial, de ofrecer al enfermo un servicio, como testimonio de ese amor de Dios del cual el agente sanitario, si es creyente, quiere ser un instrumento; a nivel religioso, de una relación de comunión de fe con la cercanía del agente pastoral.

La ayuda más valiosa que se puede dar a los otros es “estar”. Sin la capacidad de estar presente ante quien sufre, ninguna de las otras formas de apoyo puede realizarse. Cuando realmente uno está presente ante alguien que sufre, se participa de su dolor. La persona amiga, que es capaz de permanecer en silencio, juntos en un momento de confusión o de desesperación, en una hora de luto o de pesar, sin pretender saber, cuidar, curar, sino viviendo la cercanía como testimonio del amor de Dios, es quien de verdad está cuidando. Esta capacidad de cuidar, propia también del agente pastoral, del familiar y del voluntario, fue expresada ya por San Agustín: “Yo no sé cómo sucede que cuando un miembro sufre, su dolor se vuelve más ligero si los demás miembros sufren con él. Y el alivio de este dolor no se deriva de una distribución común de los mismos males, sino del consuelo que se experimenta en la caridad de los otros” (Cartas 99,2). Ésta es la actitud fundamental. No se trata, por tanto, de la abundancia de palabras y consejos, sino de la disponibilidad para la escucha. Si el hecho de oír se desarrolla y se acaba a nivel fisiológico de la función auditiva, el escuchar es el acto espiritual que hace percibir no sólo las palabras sino también los pensamientos, el estado de ánimo, el significado personal y más escondido del mensaje que se transmite. Al silencio interior, necesario para escuchar, debe unirse también un lenguaje verbal que debe limitarse a acompañar al relato. Una relación de comunicación que está hecha también de silencio; es más, las pausas de silencio caracterizan los encuentros entre personas que se comunican a nivel profundo. Y Dios habla precisamente en el silencio, es su pastoral divina.

En fin, el objetivo de la curación física del paciente no puede ser la única finalidad de la actividad asistencial, porque ésta con frecuencia es inalcanzable: baste pensar en las personas discapacitadas, en las personas ancianas con patologías crónicas, en las personas en la fase terminal de la enfermedad. Si además no queda ninguna posibilidad de que el cuerpo vuelva a estar mejor, o incluso si se está frente a la muerte, se puede tener confianza en una curación. Es necesario, claro está, postular un concepto más realista de curación que, además, ofrece siempre la posibilidad de tener un objetivo terapéutico. Objetivo siempre posible, si se entiende la curación como la capacidad de una persona para no dejarse aplastar por la situación vital, de modo que tenga el valor, la fe, la fuerza de permanecer “dueña” de la situación y de saberla gestionar, en lo humanamente posible. Si el cuerpo puede ir en declive, el espíritu puede crecer. En efecto, por curación se debe entender más correctamente la posibilidad de ayudar a un enfermo crónico, a una persona afectada por una discapacidad, a un moribundo, a tratar de aceptar su situación vital, y a trascender la enfermedad y la salud, y afirmar en actitud de ofrecimiento: “Por esto estoy contento de los sufrimientos que soporto por vosotros y completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, a favor de su cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24). Una persona que ya no es sólo objeto de una preocupación pastoral, sino sujeto de ella. Por otra parte, “en el programa mesiánico de Cristo, que es a la vez el programa del Reino de Dios, el sufrimiento está presente en el mundo para provocar amor, para hacer nacer obras de amor hacia el prójimo, para transformar toda la civilización en la “civilización del amor”. En este amor el significado salvífico del sufrimiento se realiza totalmente y alcanza su dimensión definitiva” (Carta Ap. Salvifici doloris, nº 30), de modo que el Beato Juan Pablo II podía concluir afirmando que «Cristo al mismo tiempo ha enseñado al hombre a hacer bien con el sufrimiento y a hacer el bien a quien sufre»

 

Por: Juan Diego Recio, Director del Secretariado Diocesano de Pastoral de la Salud.

 

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