Respeto y escucha para mujeres únicas

Desde 1856, la Congregación de las Adoratrices Esclavas del Stmo. Sacramento y de la Caridad, ha empleado la pedagogía del Amor para acoger, acompañar, promocionar e insertar laboral y socialmente a la mujer gestante y a las familias monomarentales que han sido víctimas de la trata de personas, violencia de género, prostitución o exclusión social. Unas biografías cargadas de dolor y soledad que las deja a la orilla de la integración y las somete a la vulnerabilidad y la exclusión

En Córdoba durante el año 2020, setenta y cinco mujeres con sus hijos han sido atendidas por la Comunidad de Adoratrices que cumple 120 años de servicio en esta diócesis. Su personal técnico y las personas voluntarias componen un sistema para el acogimiento, compañía y capacitación de estas mujeres. En plena pandemia solo cinco mujeres menos que en 2019 han llamado a su puerta, a pesar de que el cierre de fronteras ha mermado el flujo migratorio.

En la casa de las Adoratrices de Córdoba, en 2020 se han atendido a mujeres de 12 nacionalidades distintas. Para cada una de ellas, el servicio ofrecido por la entidad, ha querido ser un reclamo, un grito, para que la sociedad asuma la dignidad de estas mujeres con respeto, compromiso y determinación.

Devolver la confianza perdida

La acogida de estas mujeres comienza por devolverles la confianza perdida, en muchos casos han sido engañadas por su entorno cercano y han atravesado el mar con la promesa de una vida mejor. Solas, con hijos pequeños o embarazadas son muy vulnerables y la acogida de la Obra Social de Adoratrices, es un primer escalón con el que recuperar la dignidad y, en muchos casos, la libertad. En 126 países del mundo la congregación encuentra la fuerza en la oración para la liberación de toda esclavitud.

El equipo compuesto por la Directora, hermana Adoratriz, junto con 4 hermanas más de apoyo en la comunidad de Córdoba con funciones educadoras y apoyo las 24 horas en el centro de acogida, más una psicóloga, una trabajadora social, dos educadoras, dos personas de servicios de mantenimiento y una gestora de proyectos y coordinadora, ofrece un camino de reconstrucción interior por el que obtener competencias básicas en idiomas y habilidades laborales.

Cuando están capacitadas para el empleo, salen del Centro de Acogida, más conocido desde 1985 como Programa “Fuente de Vida” donde se desarrolla el proyecto y se incorporan a una vida autónoma, en la que pueden cuidar a sus hijos con el esfuerzo de su trabajo. Pero la acogida y la ayuda no se detienen ahí, muchas mujeres siguen contando con el apoyo impagable de las Adoratrices y su personal voluntario una vez no precisan estos recursos. Los lazos de amistad perduran entre los siete trabajadores, hombres y mujeres, y las cinco religiosas Adoratrices.

Un equipo decidido y comprometido

La Superiora María Mateo es la religiosa almeriense que está al frente de la Comunidad de Adoratrices en Córdoba y  directora del programa “Fuente de Vida”. Es una mujer que vive por la oración, mientras desprende eficacia y resolución en cada gesto. “Nos llegan las mujeres muy rotas, muy llenas de dolor. Desde el primer momento las acogemos, respetamos su problemática entendemos su situación, las escuchamos e intentamos dar instrumentos y desarrollar habilidades en cada mujer para que vuelvan a integrarse en la sociedad”, describe. En las travesías, estas mujeres han perdido la confianza y el primer encuentro con la comunidad no siempre las tranquiliza, “no confían en nada ni en nadie y en el día a día van observando nuestro cariño, cercanía y acogida”. Solo así, con la pedagogía del amor, se van abriendo a una ayuda gratuita y amorosa a la que no están acostumbradas.

Setenta y cinco mujeres recalaron en la casa de las madres adoratrices el pasado año. A más de noventa casos se les gestionó una solución de atención humanitaria ante la petición de ayuda a través del teléfono 24h de asistencia y fueron derivadas a otros servicios después de ser atendidas al no ser su perfil acorde al del Programa. Esmeralda Pino es la coordinadora y gestora de proyectos de Adoratrices en Córdoba y adelanta su agradecimiento a distintas entidades públicas y privadas que cada año ofrecen su apoyo solidario. “Contamos con el apoyo de personas voluntarias con los que no podríamos llevar a cabo la atención Integral que se ofrece a las mujeres y niños atendidas cada año”, asegura, mientras deja entrever el incansable trabajo que representa la obra de las madres adoratrices.

En diez habitaciones se distribuyen las mujeres con sus hijos en su fase inicial de acogida, otras seis plazas están destinadas a la fase de preautonomía, “en el día a día, ellas llegan con un gran desconocimiento sobre lo que les espera. El proceso migratorio ha sido duro y no saben si la acogida tan buena seguirá. Poco a poco van comprobando que nuestra ayuda es real”.

“Siempre decimos que somos una familia, una familia adoratriz”, prosigue Esmeralda. La mañana comienza con un desayuno conjunto. Trabajadores, religiosas y mujeres comienzan así el día, ahora un tanto modificado por la crisis sanitaria. La formación en talleres sigue a este despertar. Antes de la pandemia, alumnos de distintos colegios de Córdoba actuaban de monitores voluntarios para los niños, mientras las madres reciben una formación que las capacita para la vida autónoma. Así, la persona que llega sin hábitos ni costumbres laborales asume la formación como un modo de “mantener sus mentes ocupadas” y avanzar en su independencia mediante un trabajo.

Con la cercanía del acompañamiento y la observación de conductas, el equipo técnico educativo al completo, comienzan a valorar sus avances y es momento de decidir su paso a la vida autónoma: “Además de la formación interna impartida por Adoratrices Córdoba, también contamos con una coordinación con distintas entidades públicas y privadas para que se amplíe la formación y cuenten con mayor diversidad formativa y oportunidades de inserción laboral. Cuando las mujeres consiguen un empleo, ahorran algo de dinero y pasan a los pisos de vida autónoma de la congregación y cunado están capacitadas para el trabajo y el cuidado de sus hijos, se alquilan pisos”, explica María Mateo, superiora de la comunidad.

Cuando la amistad supera la ficción

Sara Romero, es trabajadora social con trece años de experiencia al servicio de mujeres que han sido víctimas de distintas situaciones de vulnerabilidad Social -trata, prostitución, violencia de Género y/o exclusión social-, “una mochila que supone parte de mi vida. No concibo mi vida sin acompañar o tener contacto con alguna de las mujeres”, esta es su carta de presentación. La mayoría de estas mujeres son extranjeras y en sus biografías desgarradoras no recuerdan un gesto de cariño ni la compañía de nadie. Esta realidad lleva a Sara a acordarse de una mujer víctima de explotación sexual a la que ofreció una cena para celebrar su nueva vida, poco antes de pasar a su etapa autónoma como trabajadora. Con esa persona conoció Sara la necesidad que todas tienen de compañía, de ser guiadas afrontando juntas los miedos y temores. Se cerraba así un periodo de tiempo en que habían ido juntas a comisarías y juzgados hasta regularizar su situación.

En trece años me he encontrado también con experiencias muy satisfactorias, repasa Sara, como la de una chica africana víctima de abusos sexuales que acabó en la prostitución. Al quedar embarazada muy joven llegó a la casa “Fuente de Vida” y empezó su acompañamiento como solicitante de protección internacional y denunciante como víctima de explotación sexual. Su resolución administrativa fue favorable después de informes médicos y psicológicos. Al dar a luz, su madurez personal no le permitía contar con herramientas para atender al niño y decidió dar en acogida a su hijo, mientras ella conseguía un trabajo que le permitiera más tarde educar a su hijo y no separarse de él. Al año recuperó al niño gracias a la mediación de las Adoratrices. Ahora madre e hijo tienen el estatuto de refugiados y el niño está escolarizado mientras su madre trabaja.

Estos son dos casos de vidas ganadas a la esclavitud, representados en dos mujeres que recuperan la dignidad. Ellas encarnan un modo de reconstrucción personal basada en el respeto y en la escucha gracias al clima acogedor de todo el equipo técnico- educativo formado por religiosas, trabajadores contratados y el personal voluntario, que desde el primer momento les hace saber que son seres únicos amados por Dios.

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