Reflexión para este Tiempo de Pascua

Jesús Poyato, Vicario de la Ciudad y Director del Centro de Magisterio Sagrado Corazón nos da las claves para entender el misterio de la resurrección.

Toda la liturgia del tiempo pascual nos hace valorar de un modo especial el significado y alcance de la resurrección de Cristo. Así, diariamente nos unimos a la oración de la Iglesia rezando: “Verdaderamente ha resucitado el Señor, y se ha aparecido a Simón” (Lc 24,34).

Este es el anuncio que ha convulsionado la historia, el núcleo fundamental de la fe cristiana. En este hecho objetivo se funda el cristianismo hasta el punto que, de no haber sido así, nunca habría aparecido en la historia de los hombres. El cristianismo es, en efecto, una persona, Jesucristo, que nos ha revelado la intimidad de Dios y nos ha hecho partícipes de su vida divina.

El anuncio que Jesús hace de su resurrección choca con la incomprensión de los discípulos que se preguntan qué significa eso de “cuando resucite de entre los muertos” (Mc 9,9). ¿Qué les llevó después de la resurrección, a dar testimonio ante el mundo de este acontecimiento extraordinario? ¿Tenían argumentos sólidos de razón o accedieron a ella por medio de una experiencia interior y subjetiva?

Los escritos del NT pretenden transmitir un acontecimiento real. No hay duda que existe una intencionalidad teológica en cada uno de estos escritos fundamentalmente según los destinatarios, pero esto no elimina el fundamento histórico que sostiene este anuncio. No hay retoque ni manipulación de los hechos. No fue, por tanto, la fe de los discípulos lo que hizo creer en la resurrección. Todo lo contrario, fue el encuentro real con Cristo resucitado, al que vieron y palparon, lo que suscitó en los discípulos la fe firme en la realidad de su presencia, en su resurrección. La resurrección, pues, no es la consecuencia de la fe de los discípulos, sino su causa.

Las apariciones de Jesús resucitado a sus discípulos constituyen, junto al sepulcro vacío, la segunda de las huellas históricas de la resurrección. ¿Qué clase de fenómenos son estas apariciones? ¿Se trata de visiones objetivas y verdaderas, o de simples alucinaciones?

En el primer supuesto tenemos la interpretación unánime de toda la tradición de la Iglesia y de una teología seria que basa sus argumentos en una metodología científica libre de prejuicios. Jesús resucitado se hace visible objetivamente a los suyos. Por otra parte, en el segundo supuesto, tenemos la interpretación racionalista típica, actualmente muy descartada por la mayoría de los teólogos, repetida con múltiples variantes, según la cual los discípulos no podían creer que la obra de Jesús había terminado con el final dramático de su muerte y esta necesidad de su espíritu hizo que brotara la idea de que su Maestro seguía vivo, es decir, había resucitado. Su anhelo interior provocó estas “apariciones” que son simplemente fenómenos puramente subjetivos e imaginarios, o una experiencia religiosa interior de los discípulos. Esta interpretación contradice radicalmente los datos históricos que poseemos. La recta aplicación a los Evangelios de los criterios de historicidad hace totalmente imposible esta última interpretación. Ofreceremos algunos datos al respecto.

Si el NT hablase de una sola aparición a una persona o grupo, o de apariciones en un solo día, la hipótesis de un fenómeno alucinatorio sería quizá verosímil. Pero las fuentes nos hablan de apariciones repetidas durante largos periodos de tiempo.

Además, se debe considerar la diversidad de personas que vieron al resucitado. S. Pedro es el más distinguido seguidor de Jesús; en él cabría la hipótesis de que anhelara ver al Maestro después de su muerte. Pero, ¿qué ocurre con S. Pablo? El perseguidor de la Iglesia no tenía el menor interés por Jesús. En él no había absolutamente nada que preparase el terreno para una alucinación.

Otro dato importante es que los discípulos de Jesús, por ser judíos, compartían las creencias del judaísmo, para el que la resurrección de los muertos afectaría a todos los hombres y al final del mundo. Por tanto, ni en el judaísmo ni en el mundo helenístico encontramos nada semejante que pudiera servirle de punto de partida para un mensaje tan absolutamente original.

Los discípulos nunca dijeron que esperaban alegres una aparición del Señor Resucitado. Más bien reaccionan siempre incrédulos ante este anuncio. En la tarde de pascua Jesús se apareció a los once y “les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón por no haber creído” (Mc 16,14).

El verbo que frecuentemente se usa para decir que Jesús se apareció es “ophthe”, aoristo pasivo de “horao”, que significa “se dejó ver”. En 1 Cor 15,3-8 se refiere hasta cuatro veces este contexto de continuidad corpórea: murió, fue sepultado, resucitó. El Resucitado es visto porque aparece. Las apariciones no pueden explicarse por la fe pascual de los discípulos, sino sólo al revés: la fe pascual se explica por las apariciones. El discípulo no se hace testigo de la resurrección por su fe en ella, sino porque Cristo lo hace su testigo al manifestársele visible, concreto y corporal.

En el ambiente de los discípulos se conoce el tipo de visión subjetiva que nada tiene que ver con el tipo de apariciones de Jesús que narran los Evangelios. En Mc 16,49 se habla de “un fantasma”, o en Lc 24,37, de un “espíritu”. Es decir, saben distinguir una visión objetiva de lo que es un espíritu o visión subjetiva. En este sentido, para los fantasmas o espíritus se usa el término “horama” (visión, sueño, Hch 12,9; 18,9). Ni una sola vez son llamadas “horama” las apariciones del Resucitado. Los discípulos no ven al Señor resucitado ni en sueños, ni en estado de vigilia, ni en éxtasis. Los apóstoles son testigos de un encuentro con Cristo resucitado y esto es el fundamento de su predicación: “nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído” (Hech 4,20).

La identificación del Resucitado se realiza, sobre todo, por la identificación de su cuerpo. El crucificado es el resucitado. Son el mismo. Las heridas dan testimonio inequívoco de su identidad. El haber comido y bebido con Jesús después de su resurrección es citado por los apóstoles como argumento de la realidad de su resurrección (Hch 10,41). Sin embargo, este cuerpo idéntico es ahora totalmente otro. Su cuerpo, real y visible, ya no está sujeto al tiempo y al espacio. Ahora es ya un “cuerpo pneumático” (1 Cor 15,44), un cuerpo glorificado.

Concluimos sirviéndonos de unas palabras del Catecismo (n.643): “Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico”. Sobre los relatos evangélicos se ha mantenido un prejuicio sistemático de sospecha, recayendo siempre sobre ellos el peso de la prueba o de la manipulación. Ya no es posible mantener esa actitud de duda. Está bien fundamentado el presupuesto de que los Evangelios merecen toda la confianza, mientras que carece totalmente de fundamento el prejuicio de que los evangelios no son dignos de ella.