Para bien participar y saber qué es la participación

Javier Sánchez recuerda en "Vivir la liturgia" la importancia de cuidar lo mejor posible la dignidad de la misma

Algo evidente: para participar adecuadamente en la liturgia, lo primero es que el Rito mismo se realice bien. Una liturgia llena de innovaciones constantes, de creatividad de cualquiera, o realizada con prisas, o con falta de devoción, o que ignore y desprecie las normas del Misal, dificultará siempre la participación plena, consciente y activa.

Por eso, para bien participar, lo primero es celebrar bien, ajustarse al Misal, seguir las normas litúrgicas. Ya Benedicto XVI enseñaba que “el primer modo con el que se favorece la participación del Pueblo de Dios en el Rito sagrado es la adecuada celebración del Rito mismo. El ars celebrandi es la mejor premisa para la actuosa participatio” (Sacramentum caritatis, n. 38).

Verdadera pastoral será cuidar lo mejor posible la dignidad y santidad de la liturgia, el “ars celebrandi”. “¡Gran misterio la Eucaristía! Misterio que ante todo debe ser celebrado bien. Es necesario… que en cada comunidad se haga lo posible por celebrarla decorosamente, según las normas establecidas” (Juan Pablo II, Carta Mane nobiscum Domine, n. 17).

El Concilio Vaticano II, en la Constitución Sacrosanctum Concilium, favoreció e impulsó la participación de los fieles en la sagrada liturgia, para que no asistiesen como “mudos y pasivos espectadores” (SC 48). Sin embargo, “con esta palabra no se quiere hacer referencia a una simple actividad externa durante la celebración” (Sacramentum caritatis, n. 52).

La participación activa supone unas disposiciones personales previas:

a) el espíritu de conversión continua. No se puede esperar una participación activa cuando se asiste superficialmente, sin antes examinar la propia vida;

b) el recogimiento y el silencio, al menos unos instantes antes de comenzar, la vida de oración, la adoración al Santísimo en el Sagrario y expuesto en la custodia, el ayuno eucarístico (una hora antes al menos) y, cuando sea necesario y con frecuencia, la confesión sacramental;

c) tomando parte activa en la vida y en la misión evangelizadora de la Iglesia, el apostolado y la santidad en lo cotidiano, la santificación del trabajo, mortificación, ejercicio de virtudes, las obras de misericordia y caridad.

Todo esto nos aleja de interpretar ‘participación’ con ‘intervenir’, o el extremo contrario de identificarla con la mera ‘asistencia’ muda. El fruto de la participación en la liturgia será, con palabras de san Pablo, llegar a ofrecernos como hostia viva, santa, agradable a Dios, y ése será nuestro culto racional (cf. Rm 12,1-2): la vida en santidad, ofrecernos unidos al Sacrificio del Señor.

¿Sabías que...?

Hay diferentes formas de incensar en la Misa.

Según la Ordenación General del Misal Romano (nº 277), se inciensan con tres movimientos dobles del incensario: el Santísimo Sacramento, las reliquias de la santa Cruz y las imágenes del Señor expuestas a la veneración pública, los dones para el sacrificio de la Misa, la cruz del altar, el Evangeliario, el cirio pascual, el sacerdote y el pueblo. Se inciensan con dos movimientos dobles del turíbulo las reliquias e imágenes expuestas a la veneración pública y sólo al principio de la celebración, después de incensar el altar. (...) El sacerdote inciensa los dones con tres movimientos dobles del incensario, antes de incensar la cruz y el altar, o bien haciendo la señal de la cruz con el incensario sobre los dones eucarísticos.