Orientaciones litúrgicas para celebrar el Jueves Santo de la Cena del Señor

Con la Misa que tiene lugar en las horas vespertinas del jueves de la Semana Santa, la Iglesia comienza el Triduo pascual y evoca aquella cena en la cual el Señor Jesús, en la noche en la que iba a ser entregado, habiendo amado hasta el extremo a los suyos que estaban en el mundo, ofreció a Dios Padre su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino y los entregó a los Apóstoles para que los sumiesen, mandándoles que ellos y sus sucesores en el sacerdocio también lo ofreciesen (Ceremonial de los Obispos. Núm. 297).

Toda la atención del espíritu debe centrarse en los misterios que se recuerdan en la Misa: es decir, la institución de la Eucaristía, la institución del Orden sacerdotal y el mandamiento del Señor sobre la caridad fraterna. Son éstos los puntos que conviene recordar a los fieles en la homilía, para que tan grandes misterios puedan penetrar más profundamente en su piedad y los vivan intensamente en sus costumbres y en su vida.

La Misa “en la cena del Señor” celébrese por la tarde en la hora más oportuna, para que

participe plenamente la comunidad local, en ella pueden concelebrar todos los presbíteros, aunque hayan concelebrado en la Misa crismal o deban celebrar una Misa para el bien de los fieles, y los ministros ejercer su oficio. Según una antiquísima tradición de la Iglesia, este día están prohibidas todas las Misas sin pueblo. Donde verdaderamente lo exija el bien pastoral, el Ordinario del lugar puede permitir la celebración de otra Misa por la tarde en la iglesia u oratorio, y en caso de verdadera necesidad, incluso por la mañana, pero solamente para los fieles que de ningún modo puedan participar en la Misa vespertina. Cuídese que estas Misas no se celebren para favorecer a personar privadas o a grupos particulares y no perjudiquen en nada a la Misa principal.

- El sagrario ha de estar completamente vacío al inicio de la celebración. Se han de consagrar en esta Misa las hostias necesarias para la comunión de los fieles y para que

el clero y el pueblo puedan comulgar al día siguiente. Mientras se canta el himno “Gloria a Dios”, de acuerdo con las costumbres locales, se hacen sonar las campanas, ya que no se vuelven a tocar hasta el “Gloria a Dios” de la Vigilia pascual, El lavatorio de loes pies, que según la tradición se hace en este día a algunos hombres previamente designados, significa el servicio y el amor de Cristo, que ha venido “no para ser servido, sino para servir” (Mt. 20,28). Conviene que esta tradición se mantenga y se explique según su propio significado. Los donativos para los pobres, especialmente aquellos que se han podido reunir durante la Cuaresma como fruto de la penitencia, pueden ser presentados en la procesión de las ofrendas, mientras el pueblo canta “Ubi caritas el amor” u otro canto apropiado.

Será muy conveniente que los diáconos, acólitos o ministros extraordinarios lleven la Eucaristía a la casa de los enfermos que lo deseen, tomándola del altar en el momento de la comunión, indicando de éste modo su unión más intensa con la iglesia que celebra.

Terminada la Misa, se despoja el altar en el cual se ha celebrado. Conviene que las cruces que haya en la iglesia se cubran con un velo de color oscuro o morado. No se encenderán velas o lámparas ante las imágenes de los santos.

Para la reserva del Santísimo Sacramento después de la Misa prepárese una capilla, convenientemente adornada, que invite a la oración y a la meditación. No se pierda de vista la sobriedad y la austeridad que corresponden a la Liturgia de estos días. El traslado y a reserva del Santísimo Sacramento no han de hacerse si en esa iglesia no va a tener lugar la celebración de la Pasión del Señor el Viernes Santo. El sacramento ha de ser reservado en un sagrario; no ha de hacerse nunca una exposición con la custodia. El sagrario no ha de tener la forma de sepulcro.

Otras sugerencias:

Invítese a los fieles a una adoración prolongada del Santísimo Sacramento en la reserva solemne durante la noche, después de la Misa “en la Cena del Señor”. En esta ocasión es oportuno leer una parte del Evangelio de San Juan (capítulos 13.17).

Pasada la media noche, la adoración debe hacerse sin solemnidad dado que ha comenzado ya el día de la Pasión del Señor.