Ordenaciones de presbíteros y diáconos en la Catedral

Como cada año, la solemnidad de la Inmaculada Concepción ha sido un día grande en nuestra Diócesis porque dos seminaristas han sido ordenados sacerdotes, Pedro Castelo y Florencio Muñoz; y otros tres diáconos, Gaetano Cantavenera, Jesús Linares y Ronaldo Lourenci.

A las 12 de la mañana, la Catedral comenzó a llenarse de familiares, amigos y fieles para acompañar a estos cinco jóvenes en uno de los días más importantes de sus vidas. Acto seguido, comenzó la celebración presidida por el Obispo de Córdoba, don Demetrio Fernández, y concelebrada por un gran número de sacerdotes de la Diócesis que quisieron estar presentes en la celebración.

Por su parte, el Obispo comenzó su homilía ensalzando la solemnidad de la Inmaculada Concepción, afirmando que había amanecido un día azul celeste, "azul, porque Ella impone hoy su manto de amor a estos nuevos diáconos y presbíteros".

A continuación ha dado la enhorabuena a los dos nuevos sacerdotes y les ha exhortado: "Hoy sois marcados por el carácter sacramental del presbiterado, sois capacitados para servir al Pueblo santo de Dios en la celebración de la Eucaristía, el perdón de los pecados, todos los demás sacramentos, la predicación de la Palabra de Dios, el consuelo a los enfermos, ancianos y a los que sufren".

De igual modo, el pastor de la Diócesis se ha dirigido a los tres nuevos diáconos con estas palabras: "El paso del diaconado es un paso decisivo y definitivo, no tiene vuelta atrás. No os quepa nunca la menor duda de que habéis sido llamados por Dios para ser sacerdotes, y por eso recibís hoy el sacramento del diaconado para ser ordenados muy pronto presbíteros".

Luego, tras haber sido nombrados previamente en la ceremonia como candidatos al orden, diáconos y presbíteros formularon las promesas de colaborar con el Obispo, desempeñando su ministerio con humildad y amor, preparados para abrazar el celibato, acrecentando el espíritu de oración e imitando siempre el ejemplo de Cristo. Igualmente, prometieron predicar la Palabra y celebrar piadosamente la Eucaristía, respetando siempre a sus sucesores.

 

Tras realizar estas promesas, todos se postraron en el suelo realizando así las letanías, a las que le siguió la imposición de las manos y la de las vestiduras de los diáconos, a los que también el Obispo entregó el libro de los Evangelios. Asimismo, los presbíteros también se acercaron al Obispo para que le ungiera sus manos con el sagrado crisma, entregándole a su vez el pan y el vino.

 

Homilía del Obispo