Ofrecer y ofrecernos, disposiciones para participar

La participación interior conduce a ofrecernos con Cristo al Padre para vivir su voluntad

Expropiados de nosotros mismos, para que el Señor tome todo y disponga en nosotros, según su plan de amor.

Lo que Él nos da:

Cuanto tenemos, lo hemos recibido (cf. 1Co 4,7). En el pan y en el vino se concretan todos los dones que Dios nos ha entregado, de manera que en la liturgia le ofrecemos, realmente, de lo que lo Él nos ha dado; así reza, por ejemplo, el Canon romano: “te ofrecemos, de los mismos bienes que nos has dado, el sacrificio”. Reconocemos así que todo nos viene dado.

La generosidad de Dios produce un admirable intercambio –como lo llaman los Padres de la Iglesia- porque en esa ofrenda que entregamos recibimos a cambio al mismo Cristo: “para que, al ofrecerte lo que tú nos diste, merezcamos recibirte a ti mismo”.

Nosotros nos entregamos:

Los dones eucarísticos constituyen la ofrenda de cada uno de los fieles, de su propia vida y corazón. Nosotros mismos nos entregamos a Dios en el altar: “Haz, Señor, que te ofrezcamos siempre este sacrificio como expresión de nuestra propia entrega”. Las ofrendas poseen un alto sentido espiritual: en ellas están contenidas místicamente los fieles que se ofrecen con Cristo.

Unidos a la ofrenda de Cristo mismo:

Nuestra ofrenda cobra valor cuando está unida a Cristo, cuando la incluimos en la ofrenda que hizo Cristo de sí mismo. “Jesucristo, nuestro Mediador, te haga aceptables estos dones, Señor, y nos presente juntamente con él como ofrenda agradable a tus ojos”.

Presentamos todo lo que vivimos:

Entregamos el dolor y la alegría, el trabajo y el apostolado, la mortificación y los sacrificios: todo queda incluido en la ofrenda del altar. Nuestro trabajo es el modo de santificación de lo cotidiano en el mundo, y así el trabajo diario es materia que se ofrece en el altar. Todo lo humano es incluido en la ofrenda al Padre con Cristo.

La Eucaristía nos convierte en “ofrenda permanente”, “víctimas vivas para alabanza de tu gloria”. Es el sentido espiritual de la participación interior que se subraya por la monición sacerdotal: “Orad, hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro sea agradable a Dios, Padre todopoderoso”; “Orad, hermanos, para que llevando al altar los gozos y las fatigas de cada día, ofrezcamos el sacrificio agradable a Dios, Padre todopoderoso”.

¿Sabías que se imponen las manos a los que van a ser confirmados?

Hay una general, a todos a la vez (no uno a uno), y si hay sacerdotes que van a ungir también, entonces extienden ellos también las manos imponiéndolas en silencio durante la oración que recita el Obispo: “Dios todopoderoso” (nn. 31-32).

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