“Lo que más define al sacerdote es su entrega y fidelidad a Cristo”

Entrevista a José Miguel Bracero Carretero que será ordenado diácono en la solemnidad de la Inmaculada Concepción

José Miguel Bracero Carretero, tiene 47 años, es natural de Palma del Río (Córdoba) donde sus padres tenían un negocio familiar de hostelería en el que ayudaba habitualmente por no tener más hermanos. Sus padres siempre han sido para él un ejemplo de entrega y de lucha en la vida. Académicamente, es licenciado en Filología Alemana por la Universidad de Sevilla, además de estudiar otros idiomas, y al finalizar se especializó en Comercio Internacional para trabajar en empresas de alimentación viajando por todo el mundo. Cursó el Máster de la Escuela Diplomática en Relaciones Internacionales y Diplomacia y ha sido Observador Electoral Internacional en diversos países.

P. ¿Cómo nace en ti la vocación al sacerdocio?

R. Realmente la decisión de seguir a Cristo a través del sacerdocio no fue algo repentino, sino el fruto de una serie de señales que el Señor te pone en la vida y a través de las cuales se sirve para hacerte saber qué es lo que quiere de ti.  A eso estamos llamados todos y cada uno de nosotros, aunque los tiempos del Señor nunca son los nuestros y por eso hay que dejarse interpelar por Él en cada momento. Todos pasamos etapas de más distanciamiento de  Dios, sobre todo en la adolescencia y la juventud, cuando parece que quieres comerte el mundo y no necesitas a nadie. Pero con el tiempo, gracias a amigos y personas que con su testimonio de vida y de fe, fui trazando un nuevo camino de relación personal con Jesucristo. Terminados mis estudios comencé a trabajar en exportación haciendo aquello que tanto me gustaba, practicar los idiomas para vender nuestros productos, viajando por el mundo, un trabajo increíble por el que doy gracias a Dios. Pero hubo dos experiencias que marcaron mi vida a la hora de tomar la decisión de dejarlo todo y entrar al Seminario.

La primera fue un voluntariado en Tierra Santa, en un pueblo pequeño de Jordania llamado Anjara, donde una comunidad religiosa atendía un triple proyecto: la parroquia, un hogar de niñas y un colegio de primaria. Aquella experiencia me marcó mucho. El testimonio de estos sacerdotes y hermanas dedicados a una comunidad cristiana católica en un entorno musulmán, que habían dejado todo para entregarse a Dios y a los demás en aquel proyecto. Pude comprobar cuánto agradecían aquellas familias su misa diaria, los sacramentos, la cercanía y el acompañamiento personal y espiritual, de manera que comprendí más profundamente el sentido del párroco, de su labor hacia los más necesitados, de hacer presente a Jesucristo cada día entre ellos. Era algo que antes tal vez no percibía en su justa medida por estar inmerso en un mundo tan absorbente y que no nos deja ver más allá de lo meramente material e inmediato y vivimos una especie de “fe a la carta”. Esa fue la primera vez que rondaba por mi cabeza la idea del sacerdocio, pero quedó aparcada pensando que tal vez el Señor me llamaba a otra cosa y  me decía a mí mismo que eso era para otros, bien más jóvenes que yo, o para aquellos que habían sido monaguillos, o simplemente para los que tenían más fe que yo. En el fondo me auto-justificaba para no dejar un mundo en el que me sentía cómodo y en el que había alcanzado todo lo que me había propuesto. Pero sí puedo decir que algo cambió en mi corazón y fue darme cuenta de lo centrado que estaba en mí y lo poco que hacía por los demás.

De esta manera, fue como en el curso 2008 ingresé en la Escuela Diplomática para hacer el Máster en Relaciones Internacionales con especialidad en Cooperación Internacional, entendiendo que era por ahí por donde el Señor quería guiarme. Fue una gran experiencia que me llevó a hacer las prácticas en Etiopía, donde pasé dos años viviendo de cerca una nueva realidad de pobreza y necesidad tanto material como espiritual, la hospitalidad y el cariño de aquellas gentes que te daban todo pese a no tener nada, y su fe firme en las dificultades, me marcaron interiormente. Pero lo más grande es que nuevamente era la Iglesia, que a través de sacerdotes, consagrados y también laicos, se ocupaba de atender a estas personas tan necesitadas como enfermos, moribundos, niños de la calle o sin formación, que con todo amor y caridad, a imitación de Cristo, hacían vivo el Evangelio entre ellos con su testimonio de vida y de fe. A mi regreso de Etiopía, al poco tiempo y pese a que había encontrado un trabajo inmediatamente en las mejores condiciones que podía imaginarme, tardé poco en darme cuenta de que el  Señor me llamaba a algo más grande, a algo mucho mejor, que es consagrarme en un futuro a Jesucristo y a su Iglesia en este mundo tan necesitado y que no se encuentra tan lejos como podríamos pensar. Aunque en un principio pensaba que quería ser misionero, la realidad de nuestro entorno me hizo percatarme de que aquí a nuestro alrededor también hace falta mucha “misión” porque el mundo, cada vez más alejado y secularizado, relega a Dios y las personas no encuentran un sentido pleno en sus vidas, un sentido que tan sólo Cristo puede hacer realidad si escuchamos paciente y humildemente lo que Él nos tiene preparado, que siempre será lo que nos haga más felices. Así, el 23 de septiembre de 2013 ingresé en el Seminario Diocesano "San Pelagio" donde me encuentro muy dichoso y feliz aunque también hay que reconocer que ha habido momentos más difíciles, pero para eso contamos con un maravilloso equipo de formadores que son unos verdaderos padres para nosotros y nos llevan de la mano en este camino vocacional al sacerdocio.

 

P. ¿Cómo te has preparado durante este tiempo para la ordenación?

R. El Seminario es nuestro hogar, nuestra familia y tanto los formadores como los hermanos forman parte de nuestra vida y son un apoyo para nosotros, puesto que nos ayudan día a día a comprender cada vez más íntimamente el verdadero sentido de nuestra vocación y la grandeza que supone el haber sido llamados por Jesucristo a consagrarnos el día de mañana a ser sacerdotes suyos en el mundo, pero sin ser del mundo. Cultivamos cinco dimensiones que son fundamentales y que son todas igual de importantes: la humana, la comunitaria, la intelectual, la pastoral y la espiritual, que es sobre la cual se articulan todas las demás. La vida de oración debe ser parte integrante de nuestra vida de manera que podamos llevar a Jesucristo en todas nuestras obras y pensamientos para hacer llegar el anuncio de su Palabra a los que nos rodean y a todas las almas que el día de mañana nos sean encomendadas.

 

P. ¿Qué es el diaconado?

R. La palabra “diácono” viene del griego y significa “servidor” y yo creo que esta palabra expresa perfectamente su sentido más profundo, que es entregarnos a Dios y a los demás a través del servicio a los más pobres y necesitados (material y espiritualmente), con la proclamación y predicación del Evangelio y siempre poniéndonos al servicio del Sr. Obispo y de los sacerdotes. Sería como el paso previo a la ordenación sacerdotal y ya podemos administrar los sacramentos del Bautismo y del Matrimonio, celebrar exequias de difuntos y llevar la comunión a los enfermos. Ayudamos en las Misas pero no podemos ni consagrar ni confesar.

 

P. ¿Cuáles son las cualidades que debe tener un sacerdote?

R. Lo que más define al sacerdote es su entrega y fidelidad a Cristo, al Evangelio y a las almas que le sean encomendadas, especialmente las más necesitadas. Debe ser un “hombre de Dios”, entendido como hombre de oración, con una vida espiritual intensa integrada en la vida de acción en el mundo, pero alejado de las tentaciones de la mundanidad y la mediocridad o la tibieza. Sentirse alegres pese a las dificultades por llevar la Buena Nueva a nuestro alrededor y ser ejemplo de persona de fe, entregada a su ministerio, y siempre disponible para los que puedan necesitarnos en todo momento. No tener un horario, nuestra vida debe ser una vida de sacrificio ofrecida a Dios por los demás, siendo pacientes con los más alejados, caritativos con los más pobres, firmes en la fe y perseverantes en la oración.

 

R. ¿Cómo te gustaría que te viera la gente cuando seas sacerdotes?

P. Quisiera que me vieran siempre como sacerdote, y no como una simple “buena persona”, que está muy bien, pero Jesucristo debe estar siempre en nuestras palabras, pensamientos y obras y así debe percibirlo la gente. No basta con ser un “buen amigo”, ni “buena gente” ni “un colega”, hay que dar testimonio de entrega, de firmeza de fe y doctrina pero con la caridad que cualquier alma se merece, disponibles permanente para todos: niños, jóvenes, matrimonios, enfermos, ancianos… y no dejarnos arrastrar por la mundanidad ni la mediocridad o la tibieza. En resumen, tenemos que hacer ver a lo que todos estamos llamados es a la santidad, cada cual en su estado o vocación y que al menos luchamos cada día, pese a las dificultades, por alcanzarla y hacerles saber a los demás que hay un camino de vida, de esperanza, que nos lleva a la salvación y a la vida eterna, que es Jesucristo. Es un derecho de todas las personas hacernos llegar sus inquietudes, sus dudas, sus problemas o incluso sus pecados a través del sacramento de la Penitencia, y nuestra obligación hacerles llegar siempre el mensaje de amor y misericordia de un Dios que nos ama infinitamente y sin condiciones, y que muchas veces por ignorancia o desconocimiento, alejamos de nuestras vidas. Esta es la misión de la Iglesia de Jesucristo, cuyo mandato seguimos con gran alegría y dicha.

 

P. ¿Tienes a alguien como ejemplo?

R. Serían muchos los nombres que podría mencionar, pero me quedo con el Santo Cura de Ars, san Francisco Javier o san Juan Pablo II, entregados al sacerdocio y al apostolado a través de los carismas particulares que a cada uno le concedió el Señor. También cualquiera de nuestros formadores o mis párrocos, los sacerdotes de Jordania o Etiopía, o incluso cualquier sacerdote mayor que ha consagrado fielmente toda su vida al sacerdocio, pese a los momentos históricamente difíciles, y ha sabido perseverar en su entrega a los demás hasta el día de hoy.

 

P. ¿Con qué te quedas de este tiempo en el Seminario?

R. Es difícil quedarse con algún momento concreto, puesto que han sido varios años en los que te vas dando cuenta de lo grande que es haber sido llamado al sacerdocio a través de la formación, la comunidad, las experiencias pastorales que te llevan por toda la diócesis para conocer la realidad de las parroquias y las comunidades y aprender de los hermanos sacerdotes que, con su vida, nos dan ejemplo de lo que el día de mañana seremos nosotros si Dios quiere. La oración y la vida espiritual son la columna vertebral de nuestra vida y sobre la que pivotan nuestra vida cotidiana así como nuestros anhelos y deseos más íntimos de comunión con Cristo y con su Iglesia.