Las siete palabras: El testamento de Cristo en el Calvario

Entramos en la basílica del Santo Sepulcro. Girando, la derecha, se encuentran unas escaleras muy empinadas que conducen al Calvario, el lugar de la crucifixión y muerte de Cristo. En el Calvario siempre es Viernes Santo, el día de la Pasión del Señor. Es el día en el que «Cristo nuestra Pascua ha sido inmolado» (1Cor 5, 7), precisamente aquí, en el Gólgota.

capilla_golgotaFRAY ARTEMIO VÍTORES GONZÁLEZ, Doctor en Teología, Franciscano custodio de Tierra Santa

Publicado en la revista Tierra Santa, abril-marzo 2015.

 

El peregrino sube por ellas con mucho respeto, sobrecogido por la emoción. Mira los         altares que muestran los diversos momentos de la crucifixión y de la muerte de Cristo, y el altar de su Madre, la Virgen Dolorosa, con «la espada del dolor» que atraviesa su corazón. En los mosaicos de las paredes están su Madre, Juan, la Magdalena y otras mujeres: son los pocos fieles que lo han acompañado en su dolor hasta la cruz. En otro mosaico la representación del sacrificio de Isaac, símbolo del inocente que sube. El peregrino tierra los ojos y comienza a meditar en la crucifixión de Jesús, en ese momento que hizo cambiar la historia de la humanidad. En esos instantes, su corazón se abre para recibir el amor que brota de esa Cruz. «Quien no se enamora de Dios contemplando a Jesús crucificado ‑comenta san Alfonso María de Ligorio‑, nunca se enamorará de Él». En su mente y en su corazón resuenan las últimas palabras de Cristo en la cruz, en las que el Salvador nos deja su testamento, su última voluntad antes de morir. Son palabras que ha oído tantas veces y quizás no ha reparado en su significado y en su valor salvífico, pero que aquí y hoy resuenan con una fuerza especial. Fueron dichas también para mí, que estoy aquí en este momento.

 

1. «PÉRDONALOS, PADRE, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN» (Lc 23, 34), implora Jesús después de ser crucificado, mientras los soldados se repartían sus vestiduras. El sentimiento más noble del ser humano es la misericordia. A nosotros, los hombres, nos gustaría aplicar e1 castiga al malhechor, devolver «ojo por ojo y diente por diente» (Ex 21, 24; Mt 5, 38) y gritar aquello: «¡Ay de los vencidos!». Jesús no reacciona así; al contrario, perdona a los que lo crucificaban. Él no conoce odio ni grita venganza. Suplica el amor y el perdón por los que le hacen daño. Había proclamado: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5, 7), «Perdonad y seréis perdonados» (Lc 6, 37). Y nos da el ejemplo. Solicita a su Padre solo eso: la gracia de perdonar a esos hombres, «porque no saben lo que hacen”. Es una oración de intercesión: pide perdón para sus verdugos, para que la luz de Dios ilumine su corazón. Lo había recordado Pedro a la muchedumbre que se había reunido en el pórtico de Salomón, después de la curación del paralítico: «Rechazasteis al santo, al justo y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida; pero Dios lo resucitó de entre los muertos» (Hech 3, 14s). Y el mismo Pedro añade: «Yo sé que lo hicisteis por ignorancia, y vuestras autoridades lo mismo» (Hech 3, 17). Ningún abogado defensor ha hecho tanto por salvar a su cliente de la muerte temporal como hizo Jesús por librar a sus verdugos de la muerte eterna. La ignorancia abre el camino a la conversión. Como Él lo ha hecho de verdad, puede decirnos sin ningún rubor: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 13, 34).

 

2. «EN VERDAD TE DIGO: HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAÍSO» (Lc 23, 43), dice Jesús al ladrón arrepentido. Para que la muerte del Señor fuera más humillante e ignominiosa, lo crucifican en medio de dos ladrones. Era la venganza de los potentes contra Aquel que nunca se había doblegado ante ellos. No se contentaban con crucificarlo, querían además hacer leña del árbol caído, despreciarlo, y por ello todos lo insultaban y escarnecían. Hasta uno de los ladrones, el malo, que la tradición llama Gestas, le recriminaba: «¿No eres tú el Cristo? Pues, ¡sálvate a ti y a nosotros!». El otro ladrón, el bueno, a quien la tradición ha dado el nombre de Dimas, reprocha a su compañero: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho». Y volviéndose a Jesús, le dice: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino».

El Salvador no responde a quienes lo insultaban llenos de soberbia y de desprecio; responde sin embargo con prontitud a quien se había dirigido a él con humildad y confianza: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 39-43). El buen ladrón, dice san Jerónimo, «ha pasado de la cruz al paraíso» (Epist. 107, 2, a Leta). «El paraíso –contenta san Juan Crisóstomo– cerrado durante miles de años, ha sido abierto por la cruz “hoy”. Porque hoy Dios ha introducido en la paraíso al buen ladrón. Se realizan dos milagros: abre el paraíso para que entre un ladrón». He aquí la potencia de la oración confiada ante e1 Señor y la misericordia sin fin de Dios. Jesús, que acoge benignamente el último suspiro de contrición de un malhechor, despierta en nuestro pecho la esperanza del perdón, en cualquier tiempo y lugar, porque hoy ha abierto el paraíso, su casa, a la humanidad entera. Nada ni nadie puede impedir la misericordia de Dios. Él nos dice hoy desde la cruz que ninguno puede sentirse alejado del radio infinito de la divina misericordia; solo hace falla el coraje de tener confianza en Jesús. «En la historia de la espiritualidad cristiana ‑dice J. Ratzinger‑Benedicto XVI, en su libro Jesús de Nazaret‑ el buen ladrón se ha convertido en la imagen de la esperanza, en la certeza consoladora de que la misericordia de Dios puede llegarnos también en el último instante, la certeza de que, después de una vida equivocada, la plegaria que implora su bondad no es vana “Tú que escuchaste al ladrón, también a mí me diste esperanza”, reza, por ejemplo, el Dies iriae». El hombre, después de una vida equivocada, encuentra los brazos del Padre bueno que espera el regreso del hijo.

 

3. «MUJER, AHÍ TIENES A TU HIJO», dice Jesús a su Madre, señalando al discípulo amado; y a este le dice: «Ahí tienes a tu Madre» (Jn 19, 21-27). La palabra «madre» implica una gama de sentimientos que es difícil traducir con un solo concepto. Significa amor sin interés, sacrificio sin recompensa, fortaleza sin desmayos, perseverancia en amar a sus hijos, en defenderlos, en sacrificarse por ellos hasta el fin de la vida. La madre es la intercesora, la medicina y el consuelo, la maestra, el apóstol y el descanso del hijo. «Estaba María al pie de la cruz» de Jesús. «Mujer, he ahí a tu hijo». El «hijo» son todos los hombres, representados en e1 discípulo amado, que, desde ese momento, serán «hijos de María». Y al discípulo –y en él a todos nosotros‑, nos dice Jesús desde la cruz: «He ahí a vuestra madre».

En el Gólgota María ha sido dada como madre a todos los hombres: es la madre espiritual del discípulo, de cada uno de los discípulos, creando una relación especial entre María y el discípulo, al igual que existe una relación especial de la madre con cada uno de sus hijos. María, en el Calvario, concibió y dio a luz espiritualmente a todos los que, de ahí en adelante, habrían acogido y hecha propia la palabra de su Hijo. Entregándose filialmente a María, el cristiano, como el apóstol Juan, acoge entre sus cosas propias a 1a Madre de Cristo y la introduce en todo el espacio de su vida interior, es decir, en su yo humano y cristiano, en su casa.

El peregrino recita la plegaria mariana del siglo III Sub tuum praesidium confugimus; «Bajo tu amparo nos acogemos», bajo el manto de la Virgen estamos seguros. En todas nuestras dificultades podemos acudir siempre, con una confianza sin límites, a nuestra Madre María, que ama a cada uno de sus hijos, prestando una atención particular a quienes, como su Hijo en la hora de su Pasión, están sumidos en el dolor; los ama simplemente porque son sus hijos, según la voluntad de Cristo en la cruz. Como consecuencia –añade el Concilio‑, la Madre del Redentor «cuida de los hermanos de su Hijo» (LG 62), María es todo. Decía Orígenes que no puede comprender el Evangelio, «quien no ha reposado sobre el pecho de Jesús y quien no ha recibido a María como Madre»., Jesús nos pide: Aprended de mí a serle obediente, a confiar en ella, a amarla, a tenerla siempre a vuestro lado todos los días de vuestra vida. Es vuestra Madre y no os defraudará.

 

4. «DIOS MÍO, DIOS MÍO, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?» (Mc 15, 34), gritó Jesús a la hora nona con fuerte voz; es el grito de dolor más desgarrador que se ha oído en la historia. Parece extraño, Jesús ha perdonado a los que lo crucificaban, ha prometido el paraíso al buen ladrón, nos ha dado a Madre como Madre nuestra. Aun en el dolor, todos son gestos de amor y de serenidad. Y sin embargo, en el silencio de Jerusalén, envuelto en las sombras que le rodean por todas las partes desde hace tres horas, se oye un grito, un fuerte grito: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Dios Padre es la fuente primera y la meta definitiva de todo y de todos, sobre todo del Hijo unigénito. Jesús había buscado el consuelo en la tierra, pero no lo ha encontrado. Su atribulado espíritu busca en el cielo el consuelo que tanto necesita, y el cielo calla. El silencio de Dios llega aquí al abismo total, solo roto por aquel grito. La amarga queja de Jesús es el momento más trágico de su Pasión dolorosa.

¿Cómo pudo el Hijo de Dios ser abandonado por Dios? Jesús recita las primeras palabras del Salmo 22. No fue un grito de desesperación, fue un grito de dolor de aquella humanidad que voluntariamente cargó con la pena debida a nuestra culpas; Jesús se pone en el lugar del pecador, experimentando en sí mismo el dolor, el abandono y la pena del hombre alejado de Dios; se identifica con la humanidad que sufre a causa de la «oscuridad de Dios», asume en sí su clamor, su tormenta, todo su desamparo, y al mismo tiempo los transforma. Jesús, en ese momento dramático, es como un niño que se pone en las manos de su padre, confiando totalmente en él. La resurrección gloriosa del Hijo será la respuesta del Padre a su grito de esperanza, y a la esperanza que nosotros hemos depositado en Jesús.

 

5. «TENGO SED» (Jn 19, 28), dijo Jesús para que se cumpliera la Escritura. Era normal que Jesús tuviera sed, después de los tormentos que había sufrido. Ese angustioso lamento conmovió a uno de los soldados romanos quien, tomando una esponja y empapándola en vinagre, la ajustó en la punta de una rama de hisopo con intención de humedecer los labios del crucificado y mitigar de algún modo su sed abrasadora. Jesús lo probó. Pero era otra sed la que Jesús tenia, era la sed de amor que menea se acaba. No le bastaba perdonar a los que le crucificaban, ni aceptar la conversión del buen ladrón, ni cuidar de todos nosotros dándonos a su propia Madre, quería dar más y más amor, morir por todos y enseñarnos a todos a hacer lo mismo con nuestro amor.

 

6. «TODO ESTÁ CUMPLIDO» (Jn 19, 30), dijo Jesús después de tomar el vinagre. La última fase de la agonía de Jesús llegaba a su fin. Su cuerpo y su alma estaban al límite de lo que humanamente se puede soportar. Jesús exclamó: «Todo está cumplido». El Verbo se hizo carne, nació de la Virgen María, habitó entre nosotros, fue uno de nosotros, nos enseñó la buena noticia del Padre y pasó haciendo el bien, se entregó por todos nosotros hasta la muerte y la muerte de cruz. Jesús ha cumplido el gran proyecto de Dios que había sido ya anunciado por los profetas: Dios quiere la salvación de los hombres por medio de su Hijo, Jesucristo. Desde lo alto de la cruz, Jesús puede decir al Padre: «Yo te he glorificado en la tierra, llevando acabo la obra que me encomendaste realizar» (Jn 17, 4). Y desde esa misma cruz nos dice: ¡Os toca a vosotros realizar ese mismo proyecto de Dios que yo ya he cumplido!

 

7. «PADRE, A TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU» (Lc 23, 46), clamó Jesús con voz potente. La sombra de la muerte rodeaba a Jesús. Los sufrimientos de un crucificado, aun siendo enormes, llegan también a su fin con la muerte. Jesús, recogiendo sus últimas fuerzas y en la conciencia total de su ser, exclama con voz fuerte y poderosa: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Es la culminación de la en­trega de Jesús al Padre que había hecho en Getsemaní: «Padre... no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22, 42). Aun en el abandono total de la muerte, Jesús se fía y confía en su Padre, dándose total­mente a Él, entregando el Espíritu: «Con un Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios» en su muerte, dirá la Carta a los Hebreos (9, 14). Jesús llega en este momento al culmen de la humillación, de su kénosis. Un silencio de luto invade el mundo. Jesús entra en el reino de los muertos, bajo el poder de la muerte. Pero Jesús había vencido definitivamente al diablo, el tentador (cf. Lc 4, 13), en la tentación más grande y definitiva. El Hijo se declara a favor del Padre, confía totalmente en Él, entregándose totalmente a Él, pues aun en los momentos más difíciles las manos de Dios que nos crearon nos sostienen y nos acompañan.

Hemos escuchado las palabras de Jesús, sus últimas palabras, su testamento y su última voluntad. Son palabras trascendentales, cargadas de una enorme fuerza espiritual, con las que Jesús desea indicarnos el camino a seguir y cómo debemos rezar con confianza plena y serena. Quizás nos venga a la mente el diálogo entre los sumos sacerdotes, los fariseos y los guardias mando les acusaban de no haber apresado a Jesús: «¿También vosotros os habéis dejado embaucar?». Y los guardias respondieron: «Jamás un hombre ha hablado como habla este hombre» (Jn 7, 46s). ¿Quién podría negarlo? El Señor nos pide algo más que tener coraje. Nos pide que tengamos la actitud del centurión que estaba frente a él en el Calvario, quien al ver que Jesús había expirado de esa manera, dijo: «Verdaderamente, ese hombre era Hijo de Dios» (Mc 15, 39). Hoy el Señor nos pide la fe en Él, aunque esté muerto en la cruz. ¿Crees tú en sus palabras?