La soledad de María

Cada Semana Santa, por las calles de nuestros pueblos y ciudades cruzan al compás de tambores y cornetas los pasos de pasión. No es difícil encontrar detrás de cada Cristo en sus diversos misterios, su correspondiente acompañamiento mariano. Ella va detrás, con o sin palio, sumida en su dolor y amargura. El corazón traspasado, pero ella de pie; su lívido rostro cuajado de lágrimas mientras dirige a todos los que la contemplamos a su paso, aquel lamento bíblico que parece fue escrito para ella: “Vosotros los que vais por el camino, decid si no hay dolor mayor que mi dolor” (Lm 1, 12).

desconsuelo

Madre e Hijo siempre juntos. El mismo Concilio Vaticano II constata que ella está “unida a Él con un vínculo estrecho e indisoluble” (LG 8, 53). Unida a Jesucristo en su vida y misión, nos educa para asumir el camino trazado por su Hijo. Para estas alturas de configuración con Cristo Crucificado no basta la buena voluntad. Es necesario un camino de fe.

“Dichosa tú, que has creído...” (Lc 1, 45). La Santísima Virgen nos recuerda que el acto de la fe no lo agota un simple asentimiento a las verdades reveladas por Dios. Es mucho más, comporta una entrega en totalidad a Jesucristo, y por él, en el Espíritu Santo al Padre. La soledad de María es, por tanto, mucho más que la simple ausencia de un hijo arrancado de su lado por la maldad de los hombres. Es, ante todo, la vibración teologal de un corazón traspasado por la Palabra de Dios y los designios amorosos del Padre, que ha querido de esta manera reconciliar en Cristo a la humanidad. Ella podrá caminar sola por nuestras calles, pero su soledad nos enseña que el amor a Cristo no es la piedad sensiblera, hecha de cirios e incienso. Es mucho más; es fidelidad a un Amor que conoce el sacrificio, el dolor e incluso la muerte. María se sitúa en el orden del Reino donde “los que oyen la palabra de Dios y la cumplen” (Lc 8, 21), entran en el ámbito del discipulado; aunque esta Palabra, viva y eficaz, sea más cortante que espada de doble filo (Hb 4, 12).

El camino de fe de María es por eso una escuela de espiritualidad cristiana, porque busca unirnos a los sentimientos del corazón de Cristo Jesús e identificamos con él. Como lo expresa tan bellamente el apóstol San Pablo cuando dice: “...y conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos, hecho semejante a él en la muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos” (Fil 3, 10). Este es el fundamento de la viva esperanza con que la Santísima Virgen se siente confortada en aquellas horas de tan subido dolor, pero es también la esperanza que busca depositar en nosotros, en cuanto discípulos, que debemos pisar las huellas de Cristo (cf. Jn 21, 19).

Tras estas huellas vamos nosotros, en que Cristo “camino nuevo y vivo” (Hb 10, 20), colocó a su Madre. Un camino de fe es un camino en el Amén a la voluntad del Padre siguiendo los pasos de Jesús. Y por eso María Santísima detrás de cada misterio del Hijo está presente como invitándonos a seguir tras ella la misma senda por la que antes Jesús ha pasado.

Mirando el rostro de María en cada paso, la vemos absorta, abstraída, ensimismada mucho más allá de su dolor... Ella va rumiando dentro de su alma lo que cada misterio de Jesús le ofrece a la contemplación. Cada Semana Mayor, María nos vuelve hacia Cristo, para contemplar su Rostro en sus misterios de pasión, muerte y gloria. Como si ella pretendiera pasarnos por su alma para dejarnos apropiar de todo lo que en su corazón ha guardado de Jesús para nosotros (Lc 2, 51). Es así como en muchas de las imágenes de la Virgen vemos pender de sus dedos las cuentas del rosario. Es que a Cristo no se le aprende sin antes haberlo pasado por el alma que contempla en la oración lo que cada gesto y palabra suya encierra de Verdad y de Vida para nosotros. María ha “conocido” a Cristo, en el más genuino sentido bíblico que tiene esta palabra. Él ha pasado a vivir en Ella; en sus gestos, en sus palabras, en la encarnación de cada glosa del Evangelio. Lo expresa y canta su Magnificat, que es la proclamación gozosa de su fe en “Dios mi Salvador” (Lc 1, 47).

María no se pierde en las sombras de la noche del Viernes Santo, como si allí acabara todo. En su dolor ella ciñe corona y manto de realeza. Como si nos invitara a no desfallecer en la carrera por alcanzar la corona incorruptible (cf. I Cor 9, 24-25). Esas coronas de triunfo que luego arrojaremos a los pies del trono del Cordero que ha sido inmolado (cf. Ap 4, 10). Y así, al ritmo acompasado de clarines y tambores, con sobria majestad, nos abre paso para seguir a Jesús con todas las consecuencias. Va entre luces y cirios, en una vigilia pascual anticipada, como diciendo: “Despierta tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te iluminará Cristo” (Ef 5, 14).

 

P. LUIS ALBERTO COLÓN RIVERA, S.E.M.V.

Esclavos de la Eucaristía y de María Virgen