La Nueva Alianza. Reflexión del Jueves Santo

El sacerdote Antonio Llamas explica el sentido de la celebración del Jueves Santo, la de la cena del Señor cuando “Jesús comió la cena pascual”.

El éxodo condujo al pueblo de Dios a la Alianza, Dios pactó con su pueblo y el pueblo de Israel recordó dicho compromiso en la fiesta de la Pascua. Jesús comió la cena pascual con sus discípulos. Y en ella instituyó el sacramento de la Nueva Alianza, la Eucaristía. Con ella, a lo largo de los tiempos futuros, los cristianos podían participar de los efectos de esa nueva alianza y pascua. Así, con el pan convertido en su Cuerpo y el vino convertido en su Sangre, se hizo memoria viva, real y presente del acontecimiento redentor. Cristo, Cordero pascual, dio la liberación a la humanidad y reafirmó la unión entre Dios y los seres humanos. Para poder realizar esto, a la vez, instituyó el sacramento del sacerdocio cristiano. Con él, a los que iba a elegir por medio de su Espíritu, los configuraba a Sí y les hacía los ministros de la nueva alianza en el tiempo y en el espacio de la Iglesia. Con ellos, los ministros consagrados en el sacerdocio, se perpetuaba en todo momento y lugar su Pascua liberadora y la Nueva Alianza.

La tarde del Jueves Santo, celebramos precisamente la configuración de esa Nueva Alianza: El mandamiento del amor que será escrito en el corazón de cada creyente y por cuyo cumplimiento se le podrá reconocer como discípulo de Jesús. Celebramos el gesto profético que anunciaba lo que horas después iba a suceder con la Pasión y Pascua del Redentor; lo celebramos conmemorando la institución de la nueva Cena Pascual, la Eucaristía, con la que cada vez que la realizamos anunciamos su muerte y proclamamos su resurrección hasta su venida al final de los tiempos. Y además celebramos el milagroso perpetuarse del Señor en cada uno de los que serían elegidos y consagrados para ser los ministros de la Nueva Alianza.

Como todos los años, celebramos la Eucaristía. En ella reafirmamos nuestra fe, pero también nuestra gratitud a ese Dios Hombre que nos introdujo en la Nueva Alianza al convertirnos en hijos de su Padre Dios. El Señor fue constituido como la Alianza del pueblo, según el profeta, nos introdujo en ella al asociarnos a Él. La solemnidad nos inunda en el misterio. El Servidor por excelencia, Jesús, demostró su amor y su actitud de humilde servicio al lavar los pies a los suyos. Todos damos gracias a Dios por ese hermoso gesto de hacernos partícipes de su nueva alianza.

Son muchos los sentimientos que nos pueden embargar en esta tarde, pero hay uno que no debe faltar. Sentirnos partícipes del amor de Dios, el Señor se quedó con nosotros en el tiempo para alimentarnos, tanto del don de su Palabra, como del don de la Eucaristía. El mismo Señor nos dejó ministros para que camináramos hacia Él y escribió en nuestros corazones la Ley del amor. Todo ello para hacernos sus hijos, y demostrar que la Nueva Alianza era y sigue siendo el cumplimiento de su promesa de salvación. Hoy como siempre, podemos proclamar: Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz anunciamos tu muerte Señor y proclamamos tu nueva alianza que vivimos como hijos del Padre hasta el encuentro definitivo contigo.

ANTONIO LLAMAS VELA