La Catedral como el «monumento» por antonomasia

¿Por qué ese interés de las cofradías en hacer estación de penitencia en el interior de la Catedral?

¿Conocen los cristianos cordobeses –y no sólo los cofrades– la íntima vinculación, no sólo histórica ni mucho menos estética, sino ante todo teológica, pastoral y espiritual que existe entre el primer templo de la diócesis, el Santísimo Sacramento de la Eucaristía y las procesiones de Semana Santa?

Si acudimos a la historia, en su origen las procesiones con imágenes o pasos de la Pasión del Señor surgen como prolongaciones externas –en la calle– de la solemne liturgia del Triduo Sacro; de hecho, entre la misa «In Coena Domini» del Jueves Santo y la procesión no había solución de continuidad: la segunda era vista como la prolongación natural de la primera.

Pero no se trataba sólo de ir por las calles «predicando» de forma visual con las imágenes los misterios de la Redención; se trataba de acudir precisamente a la Catedral, al templo madre de la diócesis, con lo que se manifestaba –también de forma visible y clara– la comunión eclesial de cada una de estas corporaciones. Pero el tiempo pasó y a causa de diversos avatares históricos el cordón umbilical que unía ambas ceremonias se fue debilitando y, en bastantes casos, se perdió.

Tampoco es casualidad que las primeras de esas procesiones acudieran a la Catedral en la noche del Jueves Santo, cuando el Santísimo Sacramento estaba reservado en el «monumento »; porque, en realidad, las cofradías acudían –en algunos lugares no han dejado de hacerlo– a adorar a Jesús Sacramentado; hay documentación sobrada que demuestra por ejemplo que el templo catedralicio cordobés permanecía abierto toda la noche para que los fieles –y no sólo las cofradías– pudieran adorar el Cuerpo de Cristo; incluso se conservan cartas y pastorales de obispos (como Fray Bernardo de Fresneda, prelado de 1571 a 1577)[1] en que se habla de abusos que se cometían con este motivo y de las medidas necesarias para corregirlos, lo cual demuestra indirectamente que lo normal era que el templo se mantuviera abierto.

«PRENDA DE AMOR»

Se tenía conciencia, en resumen, de que la Catedral era, en las ciudades sede de obispados, el «monumento» por antonomasia. A propósito de la palabra «monumento», conviene recordar que procede del latín «monumentum », que significa «memoria, obra pública que recuerda las personas y cosas pasadas», y también «túmulo, sepulcro»[2]. Más adelante, el mismo diccionario a que he acudido pone una cita que, aunque no sea de fuente cristiana, viene como anillo al dedo para esta reflexión: la cita es «monumentum amoris», pertenece a Virgilio y se traduce como «prenda de amor»: ¿Hay, en efecto, para un cristiano, «prenda de amor» más grande y más sublime que la Eucaristía, cuya institución se conmemora y renueva el Jueves Santo, al inicio del Triduo Sacro?

Las demás acepciones de la palabra también encajan en lo que es el «monumento »: es un recuerdo de cosas pasadas, que desde la fe se actualizan y renuevan cada año: la institución de la Eucaristía y el sacerdocio (por eso, para los sacerdotes, el Jueves Santo tiene un significado aún más profundo que para el resto de los fieles, por cuanto supone una renovación de su consagración a Dios); es también –la misma fe nos dice hasta qué punto– un «túmulo» en el que se deposita el Cuerpo de Jesús como se depositó en el Sepulcro tras su muerte, con la diferencia, abismal, de que ahora el Cuerpo sacramental de Jesús está vivo y dispuesto a darse nuevamente a la Humanidad.

En la misa del Jueves Santo, la Iglesia revive la última cena de despedida de Jesús y celebra la caridad fraterna por medio de dos gestos: uno, testimonial (el Lavatorio); el otro, sacramental (la Eucaristía). El sentido del primero adquiere, en la Catedral, una mayor relevancia: es el obispo –prolongación de los Apóstoles– el que lava los pies de doce fieles, mostrando abiertamente la condición de servidor del pueblo de Dios que le ha sido conferido por el orden episcopal. Permítase una confidencia personal: hace unos años me fue dado participar en este rito, en cuyo transcurso un obispo me lavó los pies un Jueves Santo; mientras lo hacía, me vinieron a la mente las palabras de San Pedro: «¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?»[3]. De pequeño también participé en esta hermosa ceremonia, y siempre me ha impresionado el profundo simbolismo que encierra, su llamada a servir a los demás, de forma tanto más intensa y entregada cuanto mayor sea la responsabilidad en que Dios nos haya puesto.

Al terminar la misa el obispo, solemnemente y en procesión claustral, deposita el Cuerpo de Cristo en el «monumento», cargado de símbolos sacramentales y testimoniales que recuerdan la Sagrada Cena. Es entonces cuando el templo catedralicio adquiere su plenitud, es entonces cuando está «lleno» y adquiere su más profunda razón de ser, custodiando lo más sagrado que a un ser humano le es dado conocer en esta tierra. La noche se hará en el recinto, los fieles se postrarán ante Jesús Sacramentado, la luna de Nisán se colará por las vidrieras para suavizar el silencio de las plegarias, la renovación del sacrificio de Jesús habrá comenzado; no habrá más consagraciones del Pan eucarístico hasta la Vigilia Pascual. Pero, adelantándose a sus palabras antes de la Ascensión, el Señor nos recuerda en estos momentos que estará con nosotros «hasta la consumación del mundo»[4]: el Triduo Pascual resume y centraliza en tres días el Año Litúrgico, de forma paralela a como el propio Año Litúrgico concentra en doce meses toda la Historia de la Salvación.

CATEDRAL, SEDE APOSTÓLICA

Que la Catedral de Córdoba, antigua Mezquita (lleva casi ocho siglos siendo sólo Catedral), es un monumento único en el mundo, «un maravilloso y completo libro de Historia del Arte hecho de piedra» según me explicó mi profesor de esta materia en el antiguo Bachillerato, es un hecho que a nadie se le oculta. Pero tendría el mismo valor simbólico, litúrgico y eclesial si no fuera la maravilla que es, si permaneciera olvidada en los libros de arte o no apareciera para nada en las guías turísticas; en ese caso hipotético, las cofradías deberían seguir teniendo el mismo deseo de comparecer en ella cada Semana Santa, y los cristianos de la diócesis, cofrades o no, tendríamos que seguir viendo en ella lo que realmente es: la iglesia madre, el templo mayor en el que se asumen y concentran las almas de los fieles para vincularse, a través del obispo como pastor y pontífice, con la única Iglesia Universal. De este modo, el «monumento» del Jueves Santo, en la Basílica romana de San Pedro o en el más humilde templo católico del mundo, adquiere su sentido por el significado profundo de lo que encierra, y no por el prodigio estético de más o menos categoría en que eventualmente pueda situarse.

ANTONIO VARO

[1] José García Oro y María José Portela Silva: «El obispo fray Bernardo de Fresneda y la Reforma tridentina en la Iglesia de Córdoba», en Carthagiensia. Revista de Estudios e Investigación, vol. XVI, enero-junio 2000, nº 29, pp. 139-181.

[2] Raimundo de Miguel, Nuevo diccionario latino-español etimológico. Madrid, 1897 (reedición facsímil de Ediciones Aldecoa, Burgos, 1998), p. 585.

[3] Juan, 13, 1-15.

[4] Mateo, 28, 20.