Homilía de Mons. Demetrio Fernández en la fiesta de la Asunción de María

Celebración internacional con miles de jóvenes que van camino de la JMJ de Madrid, en el estadio de El Fontanar de Córdoba.

Saludos…

“Apareció una figura portentosa en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada de doce estrellas. Estaba encinta, le llegó la hora, y gritaba entre los espasmos del parto” (Ap 12, 1-2)

Celebramos hoy la fiesta solemne de la asunción de María en cuerpo y alma a los cielos. En muchos iconos orientales es representada María en el momento de la Dormición, y su hijo Jesús viene a buscar su alma. En la procesión a la que asistíamos ayer en Córdoba, acompañábamos una imagen de la Virgen dormida. Su Hijo vino a por ella y se llevó consigo alma y cuerpo, de manera que María no ha conocido la corrupción del sepulcro como habremos de conocerla el resto de los mortales. En la fiesta de la Asunción, María queda glorificada plenamente. Es el cuerpo, el cuerpo de una mujer, el que queda totalmente glorificado, junto al cuerpo de su hijo, el Verbo hecho hombre. El destino del hombre, varón o mujer, es el de la plena glorificación de nuestro cuerpo, de esta carne mortal que quedará inundada de gracia y de gloria por la victoria de Jesús sobre la muerte y sobre el pecado en cada uno de nosotros.

La fiesta de hoy es una fiesta de alegría, es una fiesta que nos habla del cielo como meta de nuestra vida. Elevemos en este día nuestros ojos al cielo para contemplar a María, llena de gloria, junto a su Hijo. La gloria que Dios tiene preparada para cada uno de nosotros, junto a María, junto a su Hijo Jesús, con todos nuestros hermanos redimidos como nosotros por la sangre de Cristo.

“Apareció otro portento en el cielo: un enorme dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos… El dragón estaba enfrente de la mujer que iba a dar a luz dispuesto a tragarse el niño en cuanto naciera… Y se oyó una gran voz del cielo: Ya llega la victoria, el poder y el reino de nuestro Dios, y el mando de su Mesías, porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos” (Ap 12, 3s).

Sí, junto a María que lleva en su seno al Hijo eterno, el que viene a salvar al mundo, vemos a Satanás que quiere arrebatar al niño, para destruirlo. Satanás, el acusador de nuestros hermanos, el que nos echa en cara nuestros pecados para desanimarnos y apartarnos de Dios. Pero este enemigo del hombre ha sido definitivamente vencido por la muerte de Cristo y su gloriosa resurrección. La fiesta de hoy nos habla de esta victoria definitiva, al tiempo que nos habla de la lucha que hemos de sostener a lo largo de nuestra vida. Hemos de luchar y nuestra lucha más importante no es contra los poderes de este mundo, sino contra los espíritus del mal, contra el demonio y sus ángeles. Queridos jóvenes, esta lucha, la más importante lucha de nuestra vida, no podemos realizarla nosotros solos con nuestras solas fuerzas. Necesitamos la ayuda del cielo, la ayuda de Dios, la ayuda de María.

Jesucristo ha vencido la muerte, ha vencido el pecado, nuestro pecado, y ha vencido a Satanás. La fiesta de hoy nos habla de la victoria definitiva de Cristo que ya se ha cumplido en la persona de María. Mirándola a ella entendemos lo que Dios quiere hacer con nosotros: Dios quiere llevarnos a la plena victoria, acogiendo y haciendo nuestra la victoria de Cristo resucitado. El que cree en Jesucristo sabe que su vida está llamada a la victoria final, precedida de muchas victorias parciales, que se van alcanzando progresivamente. No tengáis miedo a esta lucha, aunque a veces os sintáis derrotados o traicionados por vuestra debilidad. La victoria de Cristo es nuestra victoria. Levantad vuestros ojos a María, para contemplar en ella lo que Dios quiere hacer en nosotros. Ella, María, es nuestra esperanza y por eso la invocamos como Madre.

“Dichosa tú que has creído… En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre”. Que la fiesta de hoy nos traiga a todos la alegría que María llevó a casa de su prima Isabel. La alegría que ella llevaba en su propio corazón y que expresó admirablemente en el canto del Magníficat. Que María llegue hoy a tu corazón y te haga también a ti dichoso porque crees en la Palabra del Señor. Que en los próximos días, en la JMJ de Madrid, te encuentres con María, te encuentres con Jesús. Que Dios te dé la gracia de creer que, con su ayuda, es posible la victoria. Esa victoria que hoy vemos cumplida en María, asunta en cuerpo y alma a los cielos.