El sacerdote Jesús Poyato publica “Filosofía y el Dios Niño”

Un artículo publicado en ABC donde recoge  la cuestión fundamental de la vida humana

Foto de Manuel García Morente

Manuel García Morente

Manuel García Morente era catedrático de ética y decano de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid desde 1931. Figura intelectual del momento, ateo reconocido y en principio un personaje nada preocupante para la República Española. Por rivalidades personales, fue destituido como decano en 1936 y pocos días después recibió el aviso confidencial para que abandonara España cuanto antes bajo peligro de muerte. Marchó precipitadamente a París dejando atrás a sus hijas (viudo desde 1923). Hizo gestiones para sacar a su familia de España pero en aquel momento todo fue inútil.

En la capital francesa, la angustia por su familia haría que el insomnio fuese el estado habitual de sus noches tristes. La situación en la que se encontraba le había hecho plantearse de una manera nueva el significado del sentido de la vida. La cuestión fundamental de la vida humana era en definitiva si existe alguna realidad superior al mundo que dé pleno sentido a la existencia humana. No acertaba dar respuesta a esta pregunta. Rechazaba la idea de un Dios que atiende con solicitud al hombre. Más aún, le irritaba el silencio de Dios que parecía contemplar impasible el sufrimiento del hombre. La idea del suicidio incluso le asaltó en algún momento.

En una de aquellas noches de infierno existencial, angustiado por el presente y el futuro, en el octavo piso de la casa del boulevard Sérurier, enciende la radio para distraerse y escucha “La infancia de Jesús” de Berlioz. La música le sumergió de repente en una “deliciosa paz”. Pero el torrente de la belleza musical iba envuelto en la revelación de un Dios que esconde su poder en la forma indefensa y humilde de un niño.

Esta imagen de un Dios menesteroso, pobre y anonadado, que oculta su divinidad para hacerse accesible al hombre, un Dios que ama y padece en silencio, no provocó el rechazo en su mente, como en otras ocasiones, sino paz y confianza. Ese Dios hecho hombre, sufriendo como él e incluso más que él, ese sí que le entendía, a ese sí que podía rezarle. Comprendió, como había dicho el también filósofo Pascal, que no podía ser justo que Dios apareciera de una manera tan ostentosamente divina que la adhesión a Él no fuera libre, pero tampoco tan oculta como para que no fuese reconocido por aquel que lo busca con sincero corazón. La contemplación de ese Dios hecho niño convirtió aquella distancia infinita en cercanía cálida. Se le ocurrió rezar, pero apenas se acordaba del Padre Nuestro. De pronto sucedió algo extraordinario. Al mirar al interior de la habitación, “Allí estaba El. Yo no lo veía, yo no lo oía, yo no lo tocaba. Pero El estaba allí (…) Y no podía caberme la menor duda de que era El, puesto que le percibía, aunque sin sensaciones. ¿Cómo es posible? Yo no lo sé. Duró un rato que no se podía medir y terminó, para no volverse a repetir. Lo necesario y nada más”.

Jesús Poyato Varo