Festividad de la Sagrada Familia

Nos acercamos al final del año y una vez más celebramos la fiesta de la Sagrada Familia y con ella, la Jornada de la Familia 2011.

En esta ocasión, la Jornada tiene como lema “Familia cristiana arraigada en Cristo”, en Cristo como roca firme de salvación, capaz de hacer frente a todas esas dificultades que acechan y amenazan a las familias, especialmente en estos tiempos, dentro del complejo contexto social y cultural en que vivimos.
Nos situamos ante la imagen de Jesús, María y José en su hogar, donde “el niño iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él” (Lc 2, 40). Esta familia fue el lugar donde Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nació, creció, vivió y murió. Así, nuestra familia es reflejo en la tierra del misterio de comunión eterna que Él vive en el seno de la santísima Trinidad. La familia, a imagen de la Trinidad, es origen de la vida y casa de comunión donde se descubre, acoge, custodia, revela y se comunica el amor.
La familia posee un núcleo esencial que permanece invariable: la relación particular y original que se da entre sus miembros: es una relación de amor que constituye su fuente y origen. Los bienes pueden ser instrumentales, queridos en función de otra cosa, o pueden ser gratuitos, en cuanto queridos en sí mismos como un fin. Así como el mercado es el marco típico del intercambio de bienes instrumentales, la familia es la institución paradigmática de la gratuidad y del amor. En una familia auténtica, cada uno considera a los otros no sólo como un bien útil para la propia vida, sino también como un bien en sí mismos, un bien insustituible y sin precio, con una atención preferencial hacia el más débil.
La familia, en la medida que está unida y abierta transmite a sus miembros valores y virtudes útiles para sí mismos y para la sociedad, como son el respeto a la dignidad de toda persona, la confianza en sí mismos y en los demás, la responsabilidad del bien propio y ajeno, la sinceridad, el perdón, la fidelidad, la generosidad, el compromiso…
La familia es, por tanto, la realidad central de la persona. En ella se aprende a amar y a ser amado. La realidad nos muestra que la persona no se entiende aislada, sino en relación con otro, y su relación más próxima es precisamente la familia, que no es sólo que la perfeccione o ayude, sino que es imprescindible para que la persona sea.
Para la persona, la familia satisface sus necesidades biológicas iniciales, le da la primera socialización, le hace tomar conciencia de su condición única e irrepetible. Es el centro afectivo donde somos queridos por lo que somos, no por lo que valemos, aportamos o tenemos, de una forma radical e incondicional.
Es por esto que la familia juega un papel esencial como despertar, como lugar y como fin de toda educación. En el ámbito educativo, la familia destaca siempre en su papel de ser origen: se da la necesidad de una educación inicial que nos corresponde como padres y en la que destaca su valor afectivo, la entrega personal. Pero también es lugar, pues en ella experimentamos radicalmente la libertad; es en ella donde descubrimos el don de la vida y la fuente del amor: “Hay que enseñar a los jóvenes el amor. El amor no es cosa que se aprenda ¡y sin embargo no hay nada que sea más necesario enseñar!”, decía Juan Pablo II.
El poner en un primer plano la familia, el reconocer la permanente necesidad de cuidar de ella, la custodia de su verdad y la solicitud por su bien, implican reconocerla como lo que realmente es: el santuario que acoge la vida humana en su carácter sagrado y absoluto; la escuela de amor que enseña a amar al otro en el don de sí y en la gratuidad; el espacio humano más adecuado para el desarrollo integral de la persona y el hogar donde se vive la unidad en la pluralidad y la diferencia.
La familia no ha pasado de moda, antes al contrario, custodiar el amor en la familia y proteger sus derechos es cuidar el bien social que supone la persona, es celebrar el deseo de que se regenere el tejido social. Es cultivar las raíces para que el árbol dé sus frutos.
Por ello, “quien ataca a la familia no sabe lo que hace, porque no sabe lo que deshace”, decía Chesterton, poniendo de manifiesto, con su genio inglés, toda la grandeza y originalidad de esta institución, auténtica matriz donde se genera la sociedad.

Concha Iglesias Ortiz, delegada de Familia y Vida