Fallece el fundador de Hogar Renacer

Pedro Muñoz ha sido una figura muy reconocida por su compromiso cristiano. Fundó el Hogar Renacer, para la atención de los enfermos de alcoholismo, en 1987.

homenaje Pedro Muñoz

Reproducimos una entrevista que se le hizo hace unos años (Fuente: www.cursillosdecristiandad.es)

 

Pedro Muñoz Gómez nació el 7 de julio de 1934 en la localidad de Villanueva de Córdoba, pero bien podía haberlo hecho en la India, en Africa o en cualquier territorio necesitado del mundo, pues siempre ha vivido al extremo la vocación de ayuda a los demás por su profesión de médico y como buen practicante de la fe católica que es. Cuando apenas había acabado sus estudios de Medicina, en su segundo día de trabajo, le tocó afrontar un parto en El Guijo, en un espacio de apenas 2 metros cuadrados. Tenía 23 años y ese día decidió que había que echarle valor a la vida. Después, durante el tiempo que trabajó como médico en Villa Cisneros, en el sur del Sáhara, a principios de los años 60, acudió por primera vez a unos cursillos de cristiandad. Aquello supuso para él un gran impulso en el deseo de ayudar a los demás, misión que siempre ha ejercido gracias al incondicional apoyo de su mujer, María Jesús Romero Ochoa, con la que se casó en 1960, y el respaldo de sus 7 hijos y 10 nietos. A finales de los 60 se instala en Córdoba. Simultaneaba su labor como médico en el ambulatorio de la Fuensanta con la de colaborador con la obra de Jesús Abandonado, en la que ayudaba a rehabilitar el alma y la adicción de enfermos alcohólicos. Pedro Muñoz empieza a desarrollar este trabajo solidario en distintos lugares de la capital, con la colaboración de personas vinculadas al Movimiento Cursillos de Cristiandad. Gracias a la ayuda de Cajasur, los enfermos alcohólicos empezaron a ser atendidos desde 1982 en el seno de la Asociación Cordobesa de Alcohólicos Rehabilitados (Acali), de la que Pedro Muñoz fue su primer presidente. Al cumplir 25 años de casado, Acali le entrega una placa en la que reza: “Pedro, Acali eres tú”, que conserva con orgullo. Con posterioridad, Muñoz se desvincula de Acali y se pone al frente de Hogar Renacer en 1987, centro del que ha sido su director médico hasta casi hace unos días y que proporciona una rehabilitación especial a alcohólicos y drogodependientes gravemente enfermos y en exclusión social.

Usted nació en Villanueva de Córdoba.

–Sí. Mis padres se llamaban Diego Muñoz Sánchez y Josefa Gómez Calero. Eramos tres hermanos. Mi padre era zapatero, progresó un poco y puso una tienda. Pero el negocio se vino al traste, vendió su casa, y se vino a vivir y a trabajar a Córdoba en la tienda de un sobrino de su suegro, comercio de la calle Conde de Cárdenas que con el tiempo pasó a llamarse Diego Muñoz, artículos de piel.

¿Cómo recuerda su infancia, teniendo en cuenta que estaba reciente la Guerra Civil?

–Ni en mi niñez ni en la facultad secundé actividad política de ningún tipo. Sí fui un poco líder en un grupo de teatro del que formaba parte cuando estudiaba Medicina en Valencia. Mi padre era pobre, pero generoso. El bachiller y los estudios primarios los hice en mi pueblo gracias a dos señores, un maestro de escuela y un licenciado, Francisco y Vicente, que hubieran merecido un homenaje, ya que fueron la personificación de la enseñanza. Estos docentes tenían una especie de academia, en la que se pagaba una pequeña cuota. La academia duró dos años. Un día entró la Guardia Civil, registrándolo todo y se llevó esposado a Vicente delante de todos los alumnos. Nos quedamos sin maestro para examinarnos y estudiar bachiller. La mayoría de mis compañeros, como eran de clase media-alta, se fueron a estudiar a Córdoba. Un sobrino del maestro Vicente se hizo cargo de la academia, pero no podíamos cursar nada más que hasta cuarto, aunque conmigo hicieron una excepción y fui alumno único. Uno de los que me daba clase estudiaba Derecho y acabé yo Medicina antes que él su carrera. Venia a Córdoba a examinarme de asignaturas.

¿En su casa se pasó hambre? ¿Le influyó la Guerra Civil y la posguerra?

–No, pero queríamos tener cosas que no nos podíamos permitir. A allegados de mis amigos los mataron en la Guerra Civil. El conflicto fue horrible por el lado de los republicanos y por el de la derecha. Mi pueblo estaba en zona clave al acabar la guerra y fui testigo de muchas atrocidades.

¿Su vocación religiosa le vino por influencia de sus padres?

–A mi padre no lo vi mucho en misa, fue concejal y músico. Mi madre sí era muy devota.

¿Y cómo pudo su familia costearle una carrera?

–Tras terminar el bachiller mi porvenir inmediato era ayudar a mi padre en la tienda y como mucho poder estudiar Magisterio. Pero tenía unos tíos en Valencia y me fui a vivir con ellos, estudiando en esta ciudad Medicina. El dinero en mi casa hacía falta de forma urgente. Cuando acabé la carrera primero tenía que hacer las milicias universitarias y me tocó el hospital de Cádiz. Aquello no me gustó, tuve un choque con un teniente coronel, así que desistí de presentarme a oposiciones para médico militar. Volví a Villanueva y mi primer destino fue El Guijo, con 23 años. Imagínate ese pueblo tan pequeño que no tenía luz, ni agua, ni transporte de ningún tipo, ni teléfono (salvo el de la Guardia Civil). Era un aislamiento total. Tenía miedo. Un estudiante que se licencie en Medicina ahora no tiene cojones de trabajar en esas condiciones. Mi déficit eran los partos, pues sabía solo la teoría por culpa del profesor de la materia. Y al segundo día de trabajo me pidieron que asistiera un nacimiento. Vino el practicante y me dijo que el bebé no quería salir. En aquella habitación diminuta que era mi consulta había una parturienta pegando berridos. La exploré y al niño le dio por salir. Me quité el complejo y me di cuenta de que a la vida hay que echarle valor, de forma que en los sucesivos pueblos en los que ejercí atendía yo los partos.

¿Cuál fue su siguiente destino?

–En El Guijo estuve un año. Aquello no era vida. Un tío mío me prestó 25.000 pesetas de entonces y me fui a Madrid a prepararme la oposición de médico de cabecera. Me presenté y aprobé, de forma que ya teníamos garbanzos para la olla. Lo que pasa es que desde que aprobé hasta que me dieron la plaza pasó un tiempo en el que estuve de interino en Torrecampo y Conquista. A la hora de pedir destino definitivo, decidí irme lejos y pedí todos los pueblos cercanos a Andorra. Mi hijo mayor, Pedro, nació en Figueras, cuando vivíamos en Vilanova de la Muga (Gerona). Estando allí leí un anuncio en el Boletín Oficial del Estado (BOE) que decía que se ganaba un dineral en el Sáhara. Solicité esa plaza. Ejercí en Villa Cisneros, en la parte sur del Sáhara, junto a Mauritania. Era médico del Gobierno que atendía a marineros, militares y civiles. Tenía a mi disposición una casa, un cocinero y un mozo. Se murió mi madre mientras estaba en el Sáhara. En Africa estaba acompañado por mi mujer y mis dos primeros hijos, pero los pequeños y mi esposa, que quería dar a luz a nuestra segunda hija en España, se volvieron antes a Córdoba.

Y tras volver del Sáhara, ¿donde sigue ejerciendo?

–Primero en Alcaracejos durante 7 años, por estar cerca de Villanueva de Córdoba.

Trabajando en Alcaracejos consiguió la primera ambulancia que hubo en la comarca de Los Pedroches. Antes de eso, en muchas ocasiones, usted mismo se encargó de trasladar a pacientes en su propio coche.

–Muchos enfermos morían, aún en los años 60, al no existir una ambulancia en Los Pedroches para llevarlos hasta el hospital de la capital, trayecto que en coche se tardaba en hacer 2 horas menos cuarto. En este pueblo, al ser minero, había muchos enfermos silicosos. Tuve que hacer muchas veces de ambulanciero. Fui en bastantes ocasiones a la SEAT y sobre mediados de los 60 conseguí que me adaptasen un SEAT 1500, que pagué yo con la ayuda de amigos. El uso de la ambulancia se extendió por el Valle de los Pedroches. Al principio este servicio era deficitario, pero luego empezó a funcionar. Después estuve un tiempo trabajando en Villaralto. En este pueblo me correspondían más cartillas de enfermos y podía ganar más dinero para mantener a mis siete hijos.

Pero se ve forzado a trasladarse a Córdoba.

–Sí, sobre todo, para tratar de que nuestros hijos pudiesen estudiar una carrera. Como en Córdoba solo tenía el sueldo que cobraba por trabajar en la Casa de Socorro y en los hospitales municipales, decidí montar una

consulta privada en la avenida de la Fuensanta, donde compré un piso y donde he vivido siempre desde que me trasladé a la capital. Hice las oposiciones para ser médico titular y cuando se implantó la Seguridad Social empecé a trabajar en el ambulatorio de la Fuensanta y de allí luego pasaría con los años al centro de salud del Sector Sur.

Volviendo al alcoholismo, en sus primeros años en Córdoba capital colaboraba usted con la obra social Jesús Abandonado.

–Cáritas, a través de sor Agustina, me pidió que pusiera en marcha un programa de ayuda para alcohólicos. Yo veía que no podía hacer frente a tantas cosas. Sin embargo, acepté, pero para afrontar esta misión decidí recibir formación del doctor Emilio Bogani Miguel. Entonces, el alcoholismo no se consideraba una enfermedad como desde hace unos años. Tras entrar en contacto con un grupo de enfermos, se inició un programa de terapias en Jesús Abandonado (calle Ambrosio de Morales). Aquello era un nido de pobres. ¡Qué pena! Continuamos en una iglesia evangélica y después se solicitó un lugar en el Club Santuario, en la Fuensanta. Una reunión del grupo del Movimiento Cursillos de Cristiandad posibilitó que comenzaran a prestarse terapias a enfermos alcohólicos en el Club Santuario. La demanda de este servicio fue creciendo al comprobar los alcohólicos que su situación mejoraba con tratamiento médico y si se intervenía también con sus familias. En esa misión tuvimos la ayuda de varios médicos, entre ellos Bartolomé Cañuelo. En 1982 Cajasur cedió unos locales en la avenida del Corregidor, que anteriormente fueron un comedor universitario. El grupo que trabajábamos con los alcohólicos, en su mayoría ligado a los cursillos de cristiandad, se reconvirtió en 1982 en la Asociación Cordobesa de Alcohólicos Liberados (Acali), siendo yo el primer presidente.

¿Por qué decide impulsar con posterioridad Hogar Renacer?

–En Acali había un ambiente limpio, con sus consultas y aquello iba bien. Hacíamos excursiones y participábamos en congresos. Mi relación con Acali se rompe cuando planteo que hay muchos alcohólicos curables, pero que una vez recuperados no tenían porvenir y eso suponía andar un camino para después desandarlo. Se me ocurrió decir que se impulsaran hogares poscuras y que deberíamos habilitar un sitio para integrar a aquellos alcohólicos que requerían una atención más especial. A monseñor José Antonio Infantes Florido le planteamos el problema y le pedimos un lugar para poder acoger a este grupo de enfermos en situación de alta marginación social. El Obispado nos cedió la casa parroquial de Nuestro Padre Jesús del Huerto, con sus terrenos adyacentes, ubicada en los Olivos Borrachos. Algunos decían que esto no hacía falta. El primer nombre que tuvo este servicio fue Hogar Acali, pero cuando comprobé que aquella misión no tenía el respaldo que yo pensaba me quedé solo, con el apoyo del maestro Bartolomé Cabezas y compañeros de los cursillos de cristiandad, como Antonio Navarro o José Manuel Sánchez.

Hogar Acali pasa entonces a llamarse Hogar Renacer.

–El hecho de que nuestra idea de prestar atención especial a los enfermos alcohólicos de alta marginación no fuera bien recibida por la mayor parte de Acali, unido a que notamos cierto abandono de los fines primordiales que dieron vida a la asociación, más una cierta intromisión de tipo político, fueron los motivos por los que decidí abandonar Acali y darle a este proyecto el nombre de Hogar Renacer (en consenso con la directiva) y dedicarme exclusivamente a este último centro, del que he sido muchos años director médico, y en el que he contado siempre con el apoyo del gerente, Alfonso Rodríguez, persona también de gran vocación cristiana. Primero éramos una asociación y luego pasamos a ser una fundación, para así conservar el espíritu de voluntariado con el que este proyecto se puso en marcha.

Hogar Renacer nace y se mantiene gracias a la solidaridad del Obispado, de Cajasur y de muchas personas, pues hicieron falta varias ampliaciones desde 1987, ¿no?.

–Sí, porque primero empezamos atendiendo a 3 o 4 alcohólicos y llegaron a ser más de 40. La primera ampliación se hizo gracias a una donación que hizo el Colegio Cervantes. La otra gran obra de relevancia fue con la que se construyeron consultas médicas y dormitorios, entre otras dependencias. Se acabó en 1994 y fue costeada con el apoyo de Cajasur, del Movimiento Cursillos de Cristiandad y mediante la contribución de numerosos particulares y parroquias, como la de El Viso, muy solidarias. Luego hemos podido funcionar también gracias al concierto con la Junta para el tratamiento ambulatorio de los enfermos alcohólicos. Sería imposible mencionar a tantas entidades y personas que nos han ayudado. Recuerdo cómo mi mujer se iba con algún enfermo a pedir dinero cuando se necesitaban nuevos servicios, como fue el caso de la lavandería. Hogar Renacer ha sobrevivido fundamentalmente en base al voluntariado. Mi propia mujer ha ayudado a hacer camas y a lo que se necesitase.