“España, país de contrastes dramáticos”

Así se expresa Benedicto XVI, en su libro “Luz del mundo”, cuando le preguntan por España.

“Encontrarse con la historia de España, especialmente en su historia presente, es siempre algo excitante. Es un país de contrastes dramáticos. Pensemos… en la dramática lucha actual entre la secularidad radical y la fe decidida” (p.128). El Papa conoce muy bien España. Ha venido varias veces a nuestra patria, antes como cardenal y también ahora como Papa. Esta es su tercera visita a España como Papa, y cada vez que el Papa visita un lugar, estudia ese lugar y prepara bien lo que ha de decir.

Realmente, somos un país de contrastes. Y a veces, de contrastes dramáticos. Probablemente, no haya en Europa una nación con tanta raigambre cristiana como España. Ahí están las expresiones populares de la fe antigua y nueva, a la que se incorporan jóvenes de hoy y de ayer. Estamos ante un pueblo profundamente creyente, que vive la alegría de la vida y los momentos de dolor en torno a sus santos titulares. Incluso los no creyentes se sienten impulsados a participar en estos actos. A la Cofradía de Nuestro Padre Jesús o de la Virgen Santísima pertenecen hasta los no creyentes del pueblo. A misa el domingo va más gente que al futbol. Aunque uno no sea practicante, bautiza a sus hijos.

Y al mismo tiempo, en España es donde más intensamente se ha trabajado en esa ingeniería social que pretende cambiar la piel y el corazón de un pueblo, un laicismo radical y furioso en un pueblo profundamente creyente. La ley del aborto más permisiva del mundo, la legalización de las uniones del mismo sexo elevándolas a rango de “matrimonio”, la total facilidad para el divorcio exprés que facilita la ruptura matrimonial a la primera de cambio, el adoctrinamiento en la ideología de género a los adolescentes por la asignatura obligatoria de educación para la ciudadanía, la promoción por todos los medios al consumo de sexo, alcohol y droga entre los jóvenes. Y todo un ambiente que rechaza toda autoridad, como una conquista de libertad.

En este contexto llega el Papa Benedicto XVI a Madrid para encontrarse con jóvenes de todo el mundo en la Jornada Mundial de la Juventud. Viene a proponer el estilo de vida evangélico, tal como nos lo propone Jesús, tal como lo han vivido los santos, que los ha habido en España y de la más alta talla mundial. Y los jóvenes, con su actitud crítica ante el mundo que les rodea, captan el mensaje y responden. Los jóvenes responden juvenilmente, con entusiasmo, con fiesta, con ilusión. Los jóvenes tocados por la gracia, se rinden y exclaman: “Señor, qué quieres que haga”. Los jóvenes se dan cuenta que Jesús no defrauda, no engaña. Que Jesús es el único que responde a los interrogantes más profundos del corazón humano. Los jóvenes entienden que Jesús ilumina el misterio del hombre, el misterio del amor humano, del sufrimiento, de la muerte. Que Jesús es el único que da una esperanza que no se marchita, porque nos habla de vida eterna.

La JMJ será el acontecimiento más importante del verano en todo el mundo, protagonizado por un anciano de 84 años, el Papa Benedicto XVI, y miles de jóvenes que acuden a su cita con Jesucristo en Madrid. Este encuentro se celebra en la España de los grandes contrastes, de los contrastes incluso dramáticos. En estos jóvenes está el futuro de la humanidad, de una humanidad que gime con dolores de parto, pero que espera con alegría el alumbramiento de un nuevo mundo, de una nueva sociedad. Estos jóvenes son como un viento fresco para tantos otros que ya no tienen esperanza. Bienvenidos, jóvenes del mundo entero. Os acogemos con los brazos abiertos. Gracias por haber venido y por la alegría que nos contagiáis.

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba