“Encontré un refugio dentro de la Iglesia”

Silvia Montiel recuerda de la misión momentos de risas, emociones, abrazos, juegos y aprendizaje

¿Cómo surgió la idea de realizar un tiempo de voluntariado en Picota?

Aquel año me encontraba en segundo de carrera en el Centro de Magisterio “Sagrado Corazón”. Por la mañana asistía a clase, y por la tarde era voluntaria en el Proyecto IDHEA (Instituto de Derechos Humanos y Educación de Andalucía), en el mismo centro. Siempre había tenido el impulso de viajar para “ayudar”, lo pongo entre comillas porque pronto descubrí que estaba equivocada, al decir que yo ayudo me posiciono en un lugar de superioridad, mientras que esta experiencia la disfruté desde un lugar horizontal, de igualdad, que me permitió empaparme de todo el amor y aprendizaje que me esperaba en un trocito de Perú. De pronto surgió la Misión Picota como parte del Proyecto IDHEA, a través de la Delegación de Misiones, y no tuve dudas, quería ir. Con la ayuda económica del Centro de Magisterio lo conseguí, y aquí estoy, contando mi experiencia.

¿Qué recuerdas de aquella experiencia misionera?

Recuerdo muchos momentos de risas, de emociones, de abrazos, de aprendizaje, de juegos, de competiciones a ver quién sumaba más rápido, y las lágrimas en la despedida.

Todo esto fue posible por la acogida que tuvieron con nosotros, nos abrieron sus puertas y sus corazones de tal forma que nos sintiéramos parte de ellos. Y así fue, yo me sentía una más, como si llevara allí toda la vida.

Un recuerdo que engloba este sentimiento fue la primera vez que fuimos a Primavera, un barrio de Picota en el que estaba presente la Misión. Nada más llegar vino Henri, un niño de 5 ó 6 años, corriendo hacia mis brazos. Fue un reencuentro, a pesar de no habernos visto nunca.

¿Qué te enseñó la gente que te encontraste allí?

El sentido de pertenencia. Hoy en día no es fácil sentir que perteneces, y ellos eran una gran familia en la que todos importan y todos tienen su lugar. Recuerdo una excursión que hicimos con niños y jóvenes de Primavera por la selva, y me admiraba ver cómo unos ayudaban a otros para que nadie se quedara atrás.

¿Cómo cambió tu vida al volver a tu vida cotidiana?

Antes de esta experiencia no me sentía parte de la Iglesia, pero después de aquel mes pude encontrar un refugio en ella, que me consolaría en experiencias futuras y me conduciría a otros voluntariados.

¿Mantienes todavía vinculación con la misión diocesana?

El primer año hablaba mucho con los jóvenes de allí. Actualmente sé de ellos y de la misión por las redes sociales, y alguna conversación con alguno.

Ya no resido en Córdoba, lo que influye en haber perdido el contacto con la misión y con el grupo que viajé, de los que también sé por las redes sociales y alguna que otra conversación.

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