“En la fe es donde uno encuentra el sentido pleno de su vida”

El sacerdote Florencio Muñoz aprendió en medio de la pobreza material que había una enorme sed de Dios

 

¿Cómo surgió la idea de realizar un tiempo de voluntariado en Picota?

Sería en verano de 2009 cuando un grupo de cinco seminaristas acompañados por el rector, D. Antonio Prieto, emprendimos nuestro viaje a Picota. Me encontraba en tercero del Seminario y como cada año se propuso la iniciativa de tener una experiencia misionera en el Seminario. Ese año el Señor, a través de la oración y el diálogo con los formadores, me tocó el corazón y me  impulsó ese deseo de vivir una experiencia de misión la cual ayudaría a fortalecer más mi vocación sacerdotal, como así fue. Además ese año se nos presentaba una novedad, ya que era la primera vez que cambiaríamos el destino de misión (anteriormente se residía en Moyobamba)  y viviríamos por primera vez en Picota.

¿Qué recuerdas de aquella experiencia misionera?

Recuerdo aquellos días con un profundo sentimiento de acción de gracias al Señor. Fueron días de mucha oración, de mucha fraternidad entre los seminaristas y los sacerdotes, igualmente con los fieles de la parroquia. Pero ante todo una experiencia única fue la de “sentirte enviado por la Iglesia a predicar el Evangelio”. No íbamos a una labor humanitaria, íbamos a anunciar a Cristo vivo y resucitado, ese Cristo que nos ama y quiere que nos salvemos. El visitar cada hogar, presentarte como miembro de la Iglesia Católica y anunciar la Palabra de Dios, en el sentido más estricto, fortalecía la fe de aquellos que la acogían y la de aquellos que la anunciábamos.

¿Qué te enseñó la gente que te encontraste allí?

Lo podría responder con la siguiente cita del Evangelio de Marcos: “¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?” (Mc 8,36). Los fieles de Picota nos enseñaron que en medio de su pobreza material había una enorme sed y hambre de Dios, y que es en la fe donde uno encuentra el sentido pleno de su vida. Muchas veces ponemos el corazón en las cosas del mundo y estas nos alejan por completo de lo verdaderamente importante, que es el Señor. Cuando uno contempla ese deseo de Dios, esa necesidad que había en los fieles de celebrar los sacramentos, termina contagiándose de ese amor de Dios, e inmediatamente uno exclama: “que mi vida sea para ti Señor”.

¿Cómo cambió tu vida al volver a tu vida cotidiana?

Uno vuelve al Seminario y vuelve a la rutina de siempre, a tu ambiente, con tus familiares y amigos, pero ciertamente se ha producido una transformación en el corazón. Para mi supuso un fortalecer mi vocación, el tener el convencimiento pleno de que mi vida tenía que ser para el Señor y para la Iglesia siendo un sacerdote entregado y santo.

¿Mantienes todavía vinculación con la misión diocesana?

Una experiencia como la misión en Picota marca de tal manera que inevitablemente un trozo de tu corazón se queda allí. Los tengo muy presentes en la oración, y además estos lazos se hacen más fuerte al tener a dos buenos hermanos y amigos sacerdotes como son Rafa y Antonio. La misión es de todos y tenemos que tener el corazón siempre dispuesto para ser enviados.

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