El sepulcro vacío

La centralidad de la resurrección de Jesucristo, en cuanto fundamento decisivo de la fe cristiana, nos lleva a intentar precisar lo mejor posible la naturaleza de este hecho extraordinario.

Los escritos del NT pretenden transmitir un acontecimiento real. A la hora de comprender estos textos, tengamos presente la hermeútica teológica, magistralmente expuesta por el Santo Padre en su reciente libro sobre Jesús de Nazaret, el que anuncio de fe y salvación por una parte, y fundamento histórico de los hechos por otro, se reclaman y combinan mutuamente en los Evangelios. En el contexto de la resurrección de Jesús, no fue por tanto la fe de los discípulos lo que hizo inventar la resurrección del Maestro. Todo lo contrario, fue el encuentro real con Cristo Resucitado, al que vieron y palparon pese a su incredulidad, lo que suscitó en los discípulos la fe firme en la realidad de su presencia, en su resurrección.
A esta certeza se une el hecho de que el sepulcro de Jesús estaba vacío, es decir, que no encontraron su cuerpo. Este aspecto puede parecer a primera vista secundario y, sin embargo, tiene una importancia decisiva. Frente a algunas teorías modernas para las que la suerte del cadáver es irrelevante, debemos decir que, si bien el sepulcro vacío no es por sí misma prueba irrefutable de la resurrección de Jesús (podrían haber robado el cuerpo, por ejemplo), no obstante es un presupuesto imprescindible ya que la resurrección se refiere al cuerpo, y por él, a la persona en su totalidad.
Merece la pena prestar atención a los datos que nos ofrecen los textos evangelicos sobre esta cuestión del sepulcro vacío de Jesús.
Según Mc 15,42-47 (junto a los demás evangelistas), Jesús fue sepultado la víspera del sábado por José de Arimatea, “un miembro ilustre del Sanhedrín”. A pesar de morir ajusticiado, Jesús tuvo, por tanto, una sepultura honrosa, individual y conocida. Ahora bien, poco después de su muerte, y en la misma Jerusalén donde ocurrieron los hechos de la pasión y muerte, sus discípulos proclaman que este Jesús ha resucitado. De entrada, los apóstoles no hubieran podido hacer esta proclamación sin la certeza de que su sepulcro estaba vacío. Por otra parte, las autoridades judías se opusieron a esta predicación y el mejor modo de desacreditarla hubiera sido abrir el sepulcro y mostrar el cuerpo de Jesús. Si no lo hicieron fue sencillamente porque no pudieron.
Además, si el relato del sepulcro vacío hubiera sido una pura invención para tener a mano una prueba tangible de la resurrección, hay algunos elementos que resultan incomprensibles.
En primer lugar, ofrecerían como prueba de la resurrección algo que de suyo no era prueba suficiente, pues el sepulcro podía estar vacío por otras razones, por ejemplo el robo del cuerpo, tal como piensa María Magdalena. El sepulcro vacío no es prueba definitiva de la resurrección pero sí signo confirmativo, un signo de interrogación que a partir del anuncio pascual encuentra su respuesta. Está vacío porque Jesús ha resucitado.
En segundo lugar, los evangelios nos hablan de que quienes encontraron el sepulcro vacío fueron las mujeres. En el judaísmo de la época las mujeres no eran admitidas como testigos y el valor de su testimonio era, por consiguiente, nulo. Ciertamente un relato inventado habría hablado del sepulcro hallado vacío por hombres.
En tercer lugar, la antropología judía prohíbe hablar de la resurrección, si el sepulcro no está vacío. Esto representa un presupuesto esencial para el anuncio de la resurrección corporal de Cristo. Los testigos insisten inequívocamente en esta concreta corporalidad, a pesar de todas las dificultades con las que se podrían haber encontrado por parte de los judíos (que esperaban la resurrección al final de los tiempos, en la parusía); y más tarde, por parte de los paganos, para quienes una resurrección no era más que un imaginación grotesca y vulgar. A sus discípulos les habría sido más fácil venerar a Jesús en el sepulcro, como un mártir, como lo hicieron los discípulos de Juan Bautista por ejemplo.
En su libro Jesús de Nazaret, el Santo Padre nos ofrece una presentación sobre este aspecto del sepulcro vacío que merece ser reseñada: “En este sentido, el sepulcro vacío como parte del anuncio de la resurrección es un hecho estrictamente conforme a la Escritura. Las especulaciones teológicas, según las cuales la corrupción y la resurrección de Jesús serían compatibles la una con la otra, pertenecen al pensamiento moderno y están en clara contradicción con la visión bíblica. Según eso se confirma también que un anuncio de la resurrección habría sido imposible si el cuerpo de Jesús hubiera permanecido en el sepulcro” (p. 299).
Las apariciones y el sepulcro vacío aparecen mutuamente implicados en la Escritura. Las apariciones del Resucitado pondrán en claro por qué su cadáver ya no está en el sepulcro: “No está aquí, ha resucitado” (Lc 24,6).

Fdo. Jesús Poyato Varo
Profesor de Cristología