“El Señor nos quiere a tiempo completo, no a tiempo parcial”

Testimonio de conversión de Miguel Hidalgo, de la parroquia de la Purísima Concepción de Fuente Palmera

La vida de Miguel Hidalgo cambió un día en su parroquia de Fuente Palmera. Educado en la fe cristiana había experimentado un alejamiento en su adolescencia que le hacía sentirse como un cristiano a tiempo parcial y no a tiempo completo, como más tarde comprobó que estaba dispuesto a seguirá Cristo: veinticuatro horas al día. Una conversión que lo ha transformado en un hombre pleno. Activo en su parroquia “para ayudar en lo que sea necesario” es adorador nocturno y hermano en su cofradía dela Purísima Concepción. Miguel junto a su esposa mantiene en acogida a un niño desde hace nueve años. Con ellos y sus tres hijos crece este joven que ha encontrado calor y luz de hogar junto a ellos. Miguel es un abuelo y padre joven que mantiene la frescura de un hombre joven ante una fe madura.

¿Cómo era su vida antes de adquirir el compromiso cristiano que ahora tiene?

Estaba sin rumbo, tenía el rumbo perdido, no sabía adónde iba. Aunque yo era feliz a mi manera, mi vida carecía de sentido. Ahora sé cuál es mi rumbo y hacia donde me dirijo.

¿Cómo llega a usted a esta fuerte experiencia de conversión? ¿quién lo guía?

Después de mucho pensarlo, durante una novena a la Purísima Concepción en mi pueblo decidí dar un “pasito”, como me pedía mi párroco. Me situé detrás de la parroquia, en la puerta y delante de la imagen de la Purísima. El Señor se sirvió de todo eso, porque Él nos conoce perfectamente y yo, que tantas veces había negado al Señor, comprobé como se valió de su Madre para decirme: “ante Ella no me vas a negar”. Efectivamente, fue como un flechazo. Me guiaron los dos párrocos de Fuente Palmera, especialmente don Patricio Ruíz, que no me dejaba y continuamente me animaba y ahora soy más feliz. De verdad.

Usted dice que "El Señor nos quiere a tiempo completo, no a tiempo parcial ", ¿qué significa esto?

Tenemos que estar las veinticuatro horas del día preparados porque el Señor no se olvida de nosotros y no podemos olvidarnos de Él, sino que tenemos que estar prevenidos y ayudando: es así como el Señor nos quiere. No debemos decir que hoy no tenemos ganas de ir a misa, por ejemplo, hay que estar preparados porque no sabemos ni la hora ni el día y una vez que decides a dar el paso de seguirlo no valen medias tintas, tiene que ser el tiempo completo para Él.

¿Cómo vive esta experiencia como padre de acogida?

Mi mujer y yo desde mucho tiempo atrás manteníamos contacto con asociaciones que nos permitían la acogida en fines de semana y vacaciones de niños a los que sus familias no pueden atender por diversas circunstancias. Nos propusieron acoger a un niño de manera indefinida hasta que cumpliera dieciocho años. Lo consultamos con nuestros tres hijos y no plantearon ningún problema. Entonces permanecía con nosotros un tiempo y regresaba al centro nuevamente, hasta que dos años después nos permitieron acogerlo hasta los dieciocho años. Volvimos a consultar con nuestros hijos y nuevamente aceptaron nuestro compromiso porque son niños que necesitan un hogar, mucho amor y el calor de una casa: una familia. En el necesitado, el pobre y el enfermo es donde ves reflejado al Señor. Ahí está Dios, siempre.

¿Cómo es ahora su actividad en su comunidad parroquial de Fuente Palmera?

Ahora estoy preparado para lo que los párrocos necesiten en Fuente Palmera. En este tiempo de pandemia nos pidieron un poco de ayuda y me ofrecí. Solo les dije que haría lo que ellos querían que hicieran. Así, colaboro para controlar el aforo de la parroquia. En mi hermandad de la Purísima, que es lo más grande, me presto a todas las actividades necesarias. Aportamos lo que podemos. Pero yo no estoy solo. Formo parte de un grupo que es “Parroquia Viva” y realmente es Vida.

 

La conversión

El Catecismo de la Iglesia Católica define así la conversión:

“El corazón del hombre es rudo y endurecido. Es preciso que Dios dé al hombre un corazón nuevo (cf. Ez 36, 26-27). La conversión es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a Él nuestros corazones: “Conviértenos, Señor, y nos convertiremos” (Lc 5, 21). Al descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios por el pecado y verse separado de Él. El corazón humano se convierte mirando al que nuestros pecados traspasaron (cf. Jn 19, 37; Za 12, 10)” (CCE 1432).

Adolfo Ariza