Vía Crucis: El “mucho más” de Dios

Uno de los ejercicios de piedad más propios del tiempo de cuaresma es el Via Crucis. Los pasos de Jesús hacia el Calvario se han plasmado tradicionalmente en catorce estaciones.

Son gestos humanos, grabados ante nuestros ojos, que nos muestran el designio divino de alcanzar nuestro corazón y llenarlo de vida, la vida de la gracia. Hacer poesía es jugar con las palabras para hacer de lo básico algo sublime, de lo cotidiano algo bello. Pensar que estos conceptos de sublimidad y belleza se pueden aplicar a un hecho como la muerte necesita de algo “más”. Si además la muerte esta vestida de una crueldad inusitada y de una violencia física extrema, necesita de un “mucho más” para poder plasmar en verso lo horrible. Ese más es lo que contemplamos en la muerte de Jesús: un amor que rompe con la lógica, un sacrificio eterno, unos méritos universales.

Paul Claudel, poeta francés que murió en 1955, escribió “Le Chemin de la Croix”, en el que tomando las catorce estaciones del Viacrucis escribe versos para introducirnos en el misterio. José María Pemán, escritor español que vivió hasta 1981, realizó una versión del original francés que reproducimos a continuación.

VIA CRUCIS (José María Pemán)

 

01 - Primera estación: Jesús es condenado a muerte

Hemos juzgado a Dios: y le hemos condenado a morir tras padecer.

"No queremos más rey que César": que se llama Riqueza, que se llama Poder.

 

Hemos hecho elecciones, como dueños de la noche y el día.

Y la noche ha ganado. Y Barrabás ha tenido mayoría.

 

Aquel día empezó el griterío feroz de los humanos.

Y la cobardía de los que se lavan las manos.

 

En hebreo y en griego y en latín

se escribió la sentencia

para que el mundo la conozca del uno al otro confín.

 

"Éste es el Hombre" "Éste es el Rey de los judíos".

¡Y la Verdad se estaba viendo bajo la transparencia

del insulto y la mofa, como las piedras de los ríos!

 

Piedra de mármol rojo, mi duro corazón

fue tribunal y solio de la sentencia impía.

¿Compartiré con Judas la desesperación?

 

Hombre que consideras conmigo esta estación

primera, de la doliente vía:

 

confía en el Amor, Hombre, confía:

que hay una apelación

que está dentro de plazo todavía.

 

 

02 - Segunda estación: Jesús es cargado con la cruz

Vio venir el madero de la Cruz como un tallo de rosa.

Lo recibió en los brazos abiertos como se recibe una esposa.

 

Y el árbol seco va a dar su fruto sazonado.

Ya no habrá Cruz sin Dios crucificado.

 

No ha subido a la Cruz para decirnos una arenga.

Ha subido a humillarse y a tener Él solo la razón

por todo el que no la tenga.

 

Le hemos dado la madera por el pan,

según profetizaba Jeremías.

Él recibió la Cruz como nosotros sus Eucaristías.

 

Yo debiera decirle: Señor, espera, espera.

Yo llevaré por Ti la pesada madera...

 

Pero eso ha de decirlo Él mismo: si es su decreto soberano

que yo, pobre gusano,

llegue a saber de Amor de esa manera.

 

 

03 - Tercera estación: Jesús cae por primera vez

¿Cómo no se cayó el sol, y el árbol, y la muerte y la vida

cuando cayó Jesús, en su primera caída?

 

Hacer la tierra toda: tan altiva en el monte,

tan humilde en el llano...

Hacer la tierra toda... ¡y que ella te desgarre la mano!

 

¡El pie se pone, tantas veces, en un hoyo vacío

aunque esté entero el ánimo y el corazón, Dios mío!

 

Por tus rodillas, Señor, por tus rodillas

desgarradas y rotas sobre las piedrecillas:

 

por tu caída primera, a plomo, Señor, con todo el peso

de la Humanidad tuya, que hizo golpe lo que debió ser beso;

 

líbranos, Dios, de ese primer pecado

que se comete por sorpresa; de ese pecado venial

que se ignora a sí mismo, agazapado

como una araña en un rosal.

 

 

04 - Cuarta estación: Jesús encuentra a su madre en el Calvario

¡Oh, las madres que visteis morir entre los brazos

a un solo único hijo, llevándose a pedazos

el corazón!

 

Recordad el dolor

de aquella última noche del pulso, del termómetro,

del hielo, del sudor, de la sábana limpia y del mullir la almohada.

 

Y ese bajar, escalón a escalón, la escalera empinada

del "ya no habla..." "ya no mira"

"ya no se siente el pulso..." "ya apenas si respira"

 

La estación cuarta es una Madre, acongojada y fiel,

en un sendero: aceptando la Pena que venía por él...

 

No dice una palabra: que las palabras todas han huido

como en día de truenos los pájaros del nido.

 

Está inmóvil, delante de su Hijo, como queriendo ser

nada más que una Idea.

Está abriéndole el alma, como un libro, para que Él se la lea.

 

Se ofrece toda. No le regatea

al dolor, ni un rincón del corazón.

 

Como en una bahía se entraban en tu alma las pleamares

de la agonía y la resignación.

 

Así te doctorabas en pena, en esperanzas, en aflicción,

igual que se doctora entre las flores,

de flor a miel, la abeja en la dulzura y la paciencia.

 

¿Fue para mí, doctora de rigores,

para quien Tú cursaste tan dulce y clara ciencia?

 

 

05 - Quinta estación: Jesús es ayudado por el cirineo

El Poder ya no puede. Ha querido sentir

ese terrible sucumbir

de nuestra fuerza, cuando

ya no puede alcanzar lo que alcanza el deseo.

 

A Ti que eres el que eres;

el Todopoderoso; el único Ser Necesario,

¿cómo te ha sucedido esto que veo?

 

Para subir la cuesta del Calvario

necesitaste de Simón el Cirineo.

 

Déjame que, en memoria del que pudiendo todo

aquel día no pudo,

yo, abriéndome camino entre la turba,

toque la cruz... ¡Y me haga la ilusión de que te ayudo!

 

 

06 - Sexta estación: La Verónica enjuga el rostro de Jesús

¿Dónde están los discípulos?... Tened, hombres, la vista.

Recontad. Pasad lista.

 

Tomás, Santiago, Judas, Bartolomé...

¿dónde están?... ¿Y la fe

de Simón Pedro?... ¡el que tanto decía!

 

Todo el colegio del apostolado, desde que rayó el día

se ha reducido a esa mujer, que se ha apartado

del pueblo, y ha secado

con un lienzo la cara de Jesús.

 

Y en pago a su fe viva

ha quedado en el lienzo el rostro dibujado

por el sudor, la sangre y la saliva.

 

Oh Verónica, tú adivinaste que el Señor

iba ya a dar de mano en su incansable trajinar:

y secaste la frente del Vendimiador

cuando volvía del lagar.

 

No dice más la crónica.

¿Seguiría la burla y la saliva a la mujer Verónica?

 

¿Seguiría el desprecio y el insulto y el daño

como al Jesús de carne, al Jesús estampado en el paño?

 

Los cristianos que vamos al rosario, al vía crucis, a la Misa

llevamos por el mundo, bien expuesta a la risa

de la gente, la cara de Jesús, sostenida en las manos.

 

Hazme, Señor, que venza los respetos humanos:

que vaya con la imagen de Jesús a la vista

por el camino todo.

 

Vamos. como Verónicas tenaces, por la tierra

mostrando en nuestras manos a Jesús, que es el modo

de ir haciéndole al mundo nuestra guerra.

 

 

07 - Séptima estación: Cae Jesús por segunda vez

Más que tropezar con la piedra del camino que lastima

el pie del peregrino con su choque violento,

fue como un tropezar, dentro del alma, con el abatimiento.

 

fue ese caer de nadie consolado;

cuando al amante se le cierra el firmamento

 

de la esperanza, y ve al objeto amado

cada vez más distante, como un monte nublado.

 

Terrible esta caída segunda: en la melancolía,

en el desistimiento, sin un rayo de luz.

 

¡Caer en la soledad sin otra compañía

que la fiel e inseparable amistad de la Cruz!

 

Agarrarse por no caer al peso mismo

de la Muerte. A la orilla del abismo

abrazarse a aquel tronco y arrastrarlo también.

 

En esta séptima estación, Jesús, por nuestro bien,

se ha dejado llevar por su carne desistida.

 

Esta segunda caída

fue sobre el rostro, no sobre las manos.

 

Fue desistir, dejarse, poder y no querer.

¡Líbranos, oh Señor, a los cristianos

de esa manera de caer!.

 

 

08 - Octava estación: Jesús encuentra a mujeres de Jerusalén

Indiferencia, rabia; los celestes olvidos; los mundanos poderes:

todo se ha concitado contra Dios.

 

Sólo ha sido a las lágrimas de unas pobres mujeres

a las que ha destinado su mirada y su voz.

 

Mirad, hijas de Jerusalén, mirad bien lo que hago.

Este monte de penas que he reunido, es el pago

que me cuesta el rescate de tantos pecadores.

 

Haced bien esta cuenta de las esperanzas y de los dolores.

 

Si es esto lo que cuesta el Paraíso Eterno:

pensad, hijas de Jerusalén, lo que será el Infierno.

 

Si vosotros me costáis este exceso del Amor, Oh mortales;

es porque tiene igual medida

ese monte invertido de los pecados y los males.

 

Si estas son las ganancias que pierde el que me pierde...

¿Qué se hará con la dura leña seca

si esto se hace con la leña verde?

 

 

09 - Novena estación: Jesús cae por tercera vez

¡Todavía otra vez! La caída tercera

parecía ya el fin. como el fruto que cae de la madera

del árbol, la caída tercera era ya parecida

a la muerte.

 

Una muerte en figura.

La boca amoratada por la seca amargura.

 

La frente con las gotas de sudor por guirnalda...

¡Lleva tantos hombre muertos sobre la espalda!

 

Esta vez la caída fue total: sobre el vientre.

Como el saciado y harto. como el que rueda en la embriaguez.

¡Fue caerse todo el árbol, a plomo, de una vez!

 

Líbranos, Cristo, del tercer pecado.

 

No el caer en la carne y el mundo, como un loco.

Ese otro más agobiante y sutil caer desesperado,

cuando ya falta poco.

 

Señor, báculo mío y mi sandalia, ¡Señor!

¡Haced que no desista

al final del camino, cuando el Calvario está a la vista!

 

 

10 - Décima estación: Jesús es despojado de sus vestidos

La décima estación es el gran desconsuelo.

Pronto, en el tabernáculo, va a rasgarse en dos partes el velo.

 

Va cubriéndose el cielo de ceniza y de susto.

La fuente más profunda del Universo mana sangre de Justo.

 

Le han arrancado la túnica irrompible de una vez.

Podéis mirarlo todo: en su más pura desnudez.

 

El viento se ha llevado la hoja y ha dejado la flor.

¡Ya estás vestido sólo de mi carne, Señor!

 

Te despojaron de tu Evangelio y tu misión.

Por una horda nublada de sacrilegio y de abyección

fuiste de todos los perros

del mundo...

 

Por mares, por llanuras y por cerros,

se reía la futura herejía con risa atronadora.

¡Hoy tienen los blasfemos del mundo su gran hora!

 

Hoy es la fiesta de las apariencias. Dios está escondido.

¡Ya no hay más que un hombre solo, desnudo y escupido!

 

Por tanta humillación, Señor: por la vergüenza

de tus vestidos sorteados; ten piedad,

 

Señor, de la debilidad

que humilla el poderoso.

 

Ten piedad de los niños sin madre. Del esposo

sin compañía. Del deseo imposible.

De la pena indecible.

Del canceroso. Del mendigo.

De todo lo que digo y de lo que no digo.

 

¡Haz que frente a tu cuerpo desnudo, como frente a un espejo,

me arranque yo mi sucia vestidura

llevándose pegada la piel del hombre viejo!.

 

 

11 - Décima primera estación: Jesús es clavado en la cruz

Ya tenemos a Dios tendido sobre la tierra. Como al morir el día

está el ciervo cobrado en una montería.

 

Para estirar tus brazos hasta el clavo, el sayón

apoya su rodilla sobre tu corazón.

 

Con espada romana han hecho en la madera una hendidura,

para medirte la estatura

desde el pie hasta la frente...,

¡Tanto ha medido el río desde el mar a la fuente!

 

Miden el infinito. Miden lo que no tiene medida.

La innumerable Eternidad, a empellones, es metida

en número de herrero y carpintero.

 

Tiene principio y fin sobre un madero,

de clavo a clavo, el que no tiene alfa ni omega.

 

Lega hasta el calvo aquel, Aquel que llega

hasta el Padre, y es Verbo y Espíritu Creador.

 

Ya tenemos el lecho mullido para el último amor.

Te has hecho a la medida,

Señor, de nuestros brazos y de nuestros besos.

 

Como David, podemos, uno a uno,

hacer la cuenta de tus huesos.

 

Por tres horas, Señor, no va a haber teología.

En la tierra está todo. No hay que explorar el cielo.

 

Todo está en la madera: todo cuanto quería

mi corazón; cuanto mi sueño espera,

cuanto mi anhelo alcanza...

¿Tengo entre cuatro clavos clavada mi esperanza!

 

 

12 - Décima segunda estación: Jesús muere en la cruz

Todo se ha consumado. El hombre ha conseguido

su más horrible intento.

Ya lo hará todo solo el Instrumento.

 

Instrumento de su obra: Él solo sabrá hacerse

su propio sufrimiento.

 

La muerte se desliza por su naturaleza corporal

como la gota de agua, por su peso, en el cristal.

 

Tres horas de retiro y soledad consigo

tuvo el que tuvo tantas de compañero y buen amigo

conmigo, con los hombres.

 

Lentamente

ha bebido la copa de su vino y su hiel. Solo: presiente

más soledad. Como un horizonte nublado

ha perdido de vista a su Madre y al discípulo amado.

 

Con voz de trueno le gritaste a tu Padre su abandono.

 

Luego, con otro tono

más dulce y amistoso, te quejabas

de la sed. ¿Por qué has dicho que tenías

sed, con ese tono apagado?

¿Es a mí al que me hablabas?

¿Soy yo el que te faltaba,

cuando ya estaba todo consumado?

 

 

13 - Décima tercera estación: Jesús es desclavado de la cruz

María, en tus rodillas, ya tiene derrotado

todo el Poder y toda la Grandeza,

La Pasión se ha acabado. La Compasión empieza.

 

Para sufrir hasta morir, Jesús estuvo

ante los hombres todos, en la Cruz, descubierto.

 

Pero María tiene ahora escondida,

para ella sola, la soledad de su hijo muerto.

 

En su falda y su manto, cubierto el cuerpo puro,

dueña y señora del futuro,

Ella empieza a ser todo: evangelio, sepultura,

mirra, sudario, ungüento. La primera y más pura

Iglesia: todo, todo.

Ellas el ejemplo, la ocasión, el modo;

y la Corredención y la Pureza;

el canal de la Gracia y la Belleza...

 

Ella el altar y el sacerdote; el vino y el cenáculo.

Se ha acabado la Cruz. Comenzó el Tabernáculo.

 

Las nubes que se encienden en la cumbre

atardecida del Calvario

son ya luces cristianas ante el primer Sagrario.

 

 

14 - Décima cuarta estación: Jesús es sepultado

Este sepulcro nuevo donde te han colocado, Señor, donde se aferra

tu último amor, Señor; no es un sepulcro;

es mi carne ¡lo más profundo de la tierra!

 

Es la última medida

de tu cuerpo en mi cuerpo,

de tu muerte en mi vida.

 

Te has enterrado en mí para que tenga

yo tu medida justa, hasta que venga

para mí el tercer día.

 

Tres noches solas son las de la pena.

Si yo sé, una tras una, resistir la agonía,

¡yo sé, Señor, que Tú levantarás la losa, en la aurora serena

de mi resurrección y mi alegría!