El Espíritu Santo y el apostolado

La fiesta de Pentecostés es el completo de la Pascua. Hemos de estar abiertos a la sorpresa de Dios, que nos ha ido preparando a lo largo del año litúrgico para regalarnos sus dones en esta fiesta.

La fiesta de Pentecostés viene a ser como el culmen del año litúrgico. El centro es evidentemente Jesucristo, en todo su misterio pascual de muerte y resurrección, pero el mismo misterio pascual es el que abre las compuertas al Espíritu Santo, que es derramado abundantemente, para renovar la faz de la tierra. Todo culmina en la efusión del Espíritu Santo, que brota del corazón de Cristo traspasado en la cruz. “Y al punto salió sangre y agua” (Jn 19,34). De ese corazón abierto sale a borbotones el Espíritu Santo, amor envolvente del Padre y del Hijo, que nos envuelve también a nosotros convirtiéndonos en templos de su gloria.

La fiesta de Pentecostés es el completo de la Pascua. Hemos de estar abiertos a la sorpresa de Dios, que nos ha ido preparando a lo largo del año litúrgico para regalarnos sus dones en esta fiesta. Qué me tiene preparado Dios para este año. Esperemos con atrevimiento, y Dios nunca nos dará menos de lo que esperamos. El Espíritu Santo viene a renovar la Iglesia, a rejuvenecerla, a purificarla mediante el baño del agua y de la Palabra ¡Hay tanto lastre en esta vieja institución! Pero el Espíritu Santo es capaz de sacar de los jugos maternales de la Esposa de Cristo nuevas fecundidades en todos los campos de su expansión. La Iglesia es joven, porque tiene como alma el Espíritu Santo, eterna juventud de Dios y fecundidad sin agotamiento. En los programas humanos todo se acaba, se gasta, se hace viejo. En la vitalidad de la Iglesia todo es constantemente nuevo con la novedad de Dios, que no se acaba ni envejece.

Y dentro de esta Iglesia, nuestra madre, cada uno de nosotros somos vivificados con nuevo aliento, al recibir el Espíritu Santo. La Iglesia crece por la santidad de sus hijos, pero son sus hijos los que crecen por la santidad de la Iglesia: “Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica”. Ella es santa en su entraña más honda, donde actúa el Espíritu Santo renovándola continuamente, y nosotros vamos recibiendo de ella sus jugos maternales, que nos van transformando de pecadores en santos. La Iglesia no tiene que renovarse desde fuera hacia dentro, eso sería un maquillaje ridículo. La Iglesia se renueva desde dentro hacia fuera, es decir, se renueva en virtud del dinamismo que la sostiene y la recrea continuamente. Y esa fuerza interior es el Espíritu Santo, el amor de Dios, que en Pentecostés se hace expansivo como si de una fisión nuclear se tratara, es decir, una explosión liberadora de bien y de energía para toda la humanidad.

Coincidiendo con esta fiesta, se nos avisa del Apostolado seglar y la Acción católica. “Apóstoles para la nueva evangelización”. En la Visita pastoral me encuentro con miles de seglares que viven en torno a la parroquia, de ella se nutren y colaboran en las múltiples tareas que se les encomiendan: catequesis, liturgia, cáritas. Ojalá constituyan en cada parroquia un cuerpo orgánico, liderado por los mismos laicos, en plena comunión con los Pastores, para atender esa misión de la Iglesia, que es la nueva evangelización. Eso es la Acción Católica en sus múltiples ramificaciones. Hay además otros muchos carismas, que embellecen y enriquecen a la Iglesia. Pentecostés es la fiesta de la comunión eclesial, porque el Espíritu nos une en un mismo Cuerpo, el de Cristo, que se prolonga en el tiempo. Somos todos llamados a una nueva evangelización. Esa “novedad” le viene del Espíritu Santo, que recuerda a la Iglesia todo lo que Jesús nos ha dicho y continúa diciendo a su Esposa, la Iglesia.

Fiesta de Pentecostés, fiesta de la siega, de la cosecha. Abrimos nuestras manos para llenarnos de un amor que nos desborda, de un amor que transfigura, de un amor que vence toda dificultad. Es posible la santidad personal y es posible la nueva evangelización, porque se nos ha dado el Espíritu Santo, que lo renueva todo. Ven Espíritu Santo y renueva la faz de la tierra.

Con mi afecto y bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba