El arte de saber morir en “Educamos entre todos”

Ana María Roldán hace esta semana una reflexión sobre el sentimiento que tenemos ante la muerte

Ana María Roldán

Delegada Diocesana de Enseñanza

“Es bien extraño que entre la avalancha de saberes útiles e inútiles que acumulamos durante nuestra vida no se encuentre este: el de aprender a morir. El mundo contemporáneo ha convertido la muerte en un tabú, el más temible y oculto, y nos deja completamente desprotegidos para enfrentar la naturalidad con que la abraza la vida… Sobre la muerte no sabemos qué decir ni qué pensar. Y esto constituye una falta enorme”.

Podemos pasar toda la vida sin pensar en ella o sin querer pensar en ella. Pero esto es estar fuera de la realidad. “Montaigne decía que no morimos porque estamos enfermos, morimos porque estamos vivos. Tal vez debamos recomenzar por ahí, por reunir lo que hasta ahora parecía irreconciliable. La muerte es una expresión de la vida”.

“La muerte puede representar en nuestro itinerario personal, en nuestros caminos entrelazados y comunes, la oportunidad para contemplar la vida con mayor profundidad”. “Al reubicarnos dramáticamente ante el misterio que somos, la muerte, en cierto modo, salva nuestra existencia”.

Quizás para aprender a morir “hemos de aprender a estar con los otros cuando les llegue el momento, desarrollando capacidades descuidadas hasta ahora. Hemos de aprender a tratar y mitigar el dolor, no sólo con medicamentos: también con el corazón, con nuestra presencia, con los gestos silenciosos, el respeto, la esperanza de coraje. Los enfermos no buscan indulgencia. Hemos de aprender a proteger la fragilidad, la propia y la ajena, a ayudar a que cada uno se reencuentre con las cosas y los recuerdos verdaderos, a no desesperar, a encontrar un hilo de sentido en la vida, por ínfimo y frágil que sea. Hemos de aprender a ser amparo, a desear la eficacia técnica, pero también la compasión, a reconocer el valor de una sonrisa, aún imperfecta, en las horas difíciles. Al borde del final, hay siempre muchas cosas que comienzan”.

Todo esto se había escrito antes de que nos viéramos sumergidos en esta pandemia actual que ha sembrado el mundo de muertes. ¡Cuántas preguntas nos habremos hecho ante cifras tan desconcertantes, ante muertes tan dolorosas, ante tanta impotencia experimentada! ¡Cuántas lágrimas a solas, sin consolar! La muerte se puede haber convertido en una noticia diaria, en una compañera de camino, y, sin embargo, nos seguimos resistiendo a abordarla, a aprender a morir.

Pero lo cierto es que cada uno de nosotros morimos un poco cada día. Bienaventurado el que sabe morir cada día para poder vivir para siempre.

Tomado de José Tolentino Mendonça

“Pequeña Teología de la lentitud” (Fragmenta Editorial)

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