El arte de saber descansar en “Educamos entre todos”

Dios nos ha dado capacidad de amar, para que nos demos gratuitamente y descansemos haciendo felices a los que amamos

Ana María Roldán

Delegada Diocesana de Enseñanza

Así comenzábamos este conjunto de artículos enfocados a dar pistas para  ponernos en camino hacia la verdadera sabiduría de la vida:

“La vida humana no se realiza por sí misma. Nuestra vida es una cuestión abierta, un proyecto incompleto, que es preciso seguir realizando. La pregunta fundamental de todo hombre es: ¿cómo se lleva a cabo este proyecto de realización del hombre? ¿Cómo se aprende el arte de vivir? ¿Cuál es el camino que lleva a la felicidad?” (Joseph Ratzinger, 10 de diciembre de 2000 en Roma).

Y a través de ellos hemos ido desgranado algunos consejos que nos marcan metas, que no se consiguen de un día para otro, que son trabajo de toda la vida: Saber parar y saber esperar, para que la prisa no mate el amor en nuestra vida; aceptar con paz nuestras limitaciones y las de los que nos rodean; saber perdonar y saber pedir perdón; saber aprovechar todo lo que nos pasa para nuestro crecimiento y maduración; ser compasivos y saber cuidar; mantener viva la alegría; tener una mirada contemplativa ante la vida; perseverar en el bien; descubrir dónde está la verdadera felicidad; no tener miedo a la muerte. Si empleamos en esto nuestras energías debemos saber que, sin duda alguna, nos cansaremos.

Es muy humano el cansarse, la actividad nos cansa, la vida esta que vivimos nos cansa. Y es natural, muy natural. Para eso Dios ha puesto la noche y el sueño, para que descansemos del esfuerzo mental y físico de todo el día. Para eso Dios nos ha dado capacidad de amar, para que nos demos gratuitamente y descansemos haciendo felices a los que amamos y esponjando nuestro corazón. Para eso ha puesto Dios el domingo, para que volvamos a recuperar el horizonte de la vida y encontremos en la mesa de la Palabra y de la Eucaristía el descanso que repone nuestras fuerzas y nos hace una única familia con esperanza de salvación.

Lo malo es cuando convertimos el descanso en otra cosa diferente. Cuando pensamos que consiste en no hacer nada, en realizar todos nuestros caprichos, en hacer sólo lo que me gusta, en esquivar todos los problemas y sufrimientos, en montarnos un superviaje… Y claro, todo eso se consigue con dinero. Lo malo es cuando la vida nos estresa, cuando el cansancio nos entristece y los deberes nos oprimen. Entonces vienen las recomendaciones de moda: lo que tienes es que hacer yoga, lo que tienes que hacer es saber evadirte, lo que tienes que hacer es cortar con lo que te cuesta, tienes que tener espacios sólo para ti…

El Papa Francisco en Evangelii Gaudium, hablando de las tentaciones de los agentes de pastoral, nos dice: “El problema no es siempre el exceso de actividades, sino sobre todo las actividades mal vividas, sin las motivaciones adecuadas, sin una espiritualidad que impregne la acción y la haga deseable. De ahí que las tareas cansen más de lo razonable, y a veces enfermen. No se trata de un cansancio feliz, sino tenso, pesado, insatisfecho y, en definitiva, no aceptado” (82)

El cansancio no es malo cuando se sabe descansar. Jesús, después de enviar a sus discípulos a una actividad intensa de anuncio del Reino, les dijo: “Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco” (Mc 6, 31). Y también nos dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11, 28). Que dejemos que el Espíritu Santo nos enseñe a discernir cómo podemos descansar y renovar las fuerzas, a encontrar dónde está el fallo en nuestra vida que nos impide encontrar el verdadero descanso.

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