Educar en la fe a través de la belleza. Vivir la belleza. La vida como obra de arte

Hay mucha belleza en nuestra vida, pero hay que aprender a descubrirla. Es cierto que a veces resulta difícil reconocerla, y una aplastante fealdad parece sofocarnos. Pero a la luz de la fe, la belleza acaba imponiéndose como un milagro del cual el hombre se convierte en testigo y partícipe

La vida humana no se realiza por sí misma, es un proyecto incompleto. Dios ha creado al hombre lo menos posible, encomendándole la tarea de acabar su obra. El espacio que media entre esa creación inacabada y su divina perfección constituye un campo ilimitado abierto a nuestra libertad que pretende hacer de nosotros artistas apasionados de nuestra semejanza con Dios.

Hoy el ser humano se encuentra fascinado por la belleza, ¿pero se trata de la verdadera belleza? Parece que la estética haya sustituido a la ética. Sin embargo, no hay estética sin ética. Fuera de este binomio sólo se encuentra la belleza hedonista que aborda Oscar Wilde en su obra El retrato de Dorian Gray. Impresiona el modo en que las malas acciones del bellísimo Dorian van deformando su retrato con muecas de monstruosa fealdad. Porque la auténtica belleza jamás puede ser malvada o falsa. Por el contrario, la belleza tiene más fuerza de transformación que la metafísica y la ética.

Junto al arte de la santidad, la contemplación de la belleza es el recurso más eficaz para evangelizar a un pueblo cada vez más lejano a las verdades de la fe. Si el cristiano es el lugar elegido por Dios para que el mundo lo encuentre, esa responsabilidad nos erige en artistas y convierte toda nuestra vida en una obra de arte.

La belleza nos rodea; tiene que ver con pequeños acontecimientos que nos suceden. Tantas veces, la Iglesia ha traído a nuestra vida una belleza que no procede de nosotros; se nos regala como un don inmerecido que transforma nuestra existencia en una obra de arte diseñada y confeccionada a medida. Se sirve de personas, palabras, lecturas, encuentros, acontecimientos… incluyendo algunos muy dolorosos. Pero con todos estos hilos, el Gran Artista ha ido tejiendo una urdimbre recia y bella. Y lo ha hecho mucho mejor de lo que nosotros hubiéramos sabido y podido. Ahora nos corresponde aceptar el desafío de vivir una vida verdaderamente bella. No hay misión más grande que se pueda emprender.

 

Mª José Muñoz López

Directora del Museo Diocesano

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