Dos nuevos santos

Más de tres millones de personas asistieron el 27 de abril a la canonización de los papas Juan XXIII y Juan Pablo II en plaza de San Pedro, presidida por el Papa Francisco. También asistió el Papa Emérito Benedicto XVI.

El Domingo de la Divina Misericordia la atención mundial se centró en el Vaticano, en una jornada a la que muchos calificaron como “el día de los cuatro papas”, debido a que la ceremonia de canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II, contó con la presencia además, del Papa Francisco y del Papa emérito Benedicto XVI. Un acontecimiento único en la historia de la Iglesia.
150 cardenales, más de 1.000 obispos y unos 6.000 sacerdotes de todo el mundo asistieron a esta gran celebración, junto a representantes de las 122 delegaciones oficiales que confirmaron su asistencia, entre las que se encontraban 24 jefes de Estado y 10 jefes de Gobierno.
Se estima además que cientos de miles de personas se concentraron en los aledaños de la Ciudad del Vaticano para seguir la retransmisión en pantallas gigantes. Y otros miles de interesados pudieron seguir la ceremonia por las retransmisiones emitidas a través de los medios de comunicación, internet y las redes sociales.
Alrededor de un millón de personas abarrotaron la Plaza de San Pedro en el Vaticano, para asistir a la canonización de Juan XXIII, conocido como “el bueno”, y de Juan Pablo II, “el Papa peregrino”. “Dos hombres valerosos, que dieron testimonio ante la Iglesia y el mundo de la bondad de Dios, de su misericordia”, dijo el Papa Francisco en su homilía.
Los dos nuevos santos fueron, según el Santo Padre, “sacerdotes, obispos y papas del siglo XX. Conocieron sus tragedias, pero no se abrumaron. En ellos, Dios fue más fuerte”. Durante su homilía, Francisco destacó también que “San Juan XXIII” fue “el Papa de la docilidad del Espíritu Santo”, mientras que “San Juan Pablo II fue el Papa de la familia”. De uno y otro, añadió, “restauraron y actualizaron la Iglesia según su fisonomía originaria”. Asimismo, trazó un perfil conjunto de los nuevos Papas santos: “Juan XXIII y Juan Pablo II tuvieron el valor de mirar las heridas de Jesús, de tocar sus manos llagadas y su costado traspasado. No se avergonzaron de la carne de Cristo, no se escandalizaron de él, de su cruz; no se avergonzaron de la carne del hermano, porque en cada persona que sufría veían a Jesús. Fueron dos hombres valerosos, del Espíritu Santo”.

La ceremonia –concelebrada por 150 cardenales, más de 1.000 obispos y ante la presencia de 24 jefes de Estado— fue seguida en directo por alrededor de un millón de peregrinos a través de pantallas instaladas en las principales plazas de Roma.

La proclamación se produjo al inicio de la ceremonia. El cardenal Angelo Amato, prefecto para la Congregación para las Causas de los Santos, presentó ante el Papa Francisco las tres peticiones de la doble canonización tal como dicta el ritual: primero con “gran fuerza”, a continuación con “mayor fuerza” y, finalmente, con “grandísima fuerza”. Como respuesta, el Papa pronunció la fórmula: “En honor de la Santísima Trinidad, por la exaltación de la fe católica y el incremento de la vida cristiana, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo y de los santos apóstoles Pedro y Pablo, después de haber reflexionado largamente e invocado la ayuda divina y escuchado el parecer de muchos de nuestros hermanos obispos, declaramos Santos a Juan XXIII y a Juan Pablo II”.

Un gran aplauso recorrió la ciudad, porque no solo la plaza de San Pedro y las calles cercanas al Vaticano estaban repletas de turistas, sino también las principales plazas de Roma, donde se habían instalado cámaras de televisión para que los peregrinos –llegados de todas las partes del mundo en un número que las autoridades locales estimaron en más de 800.000 personas— pudiesen seguir la ceremonia.

Después de la proclamación, las reliquias de los nuevos santos fueron colocados junto al altar mayor. La de Juan XXIII –un trozo de piel extraído en 2001 durante la exhumación para su beatificación—fueron llevadas por sus familiares y la de Juan Pablo II –una ampolla de sangre—por Floribeth Mora, la mujer costarricense de 51 años cuya curación de un aneurisma cerebral fue considerado el segundo milagro del papa polaco.