Comienza la Semana Grande

“Bendito el que viene en el nombre del Señor”. Reflexión del sacerdote Antonio Llamas publicada en Iglesia en Córdoba.

El Domingo de Ramos tiene múltiples significados: La alabanza y el canto, la ilusión y el amor, la sencillez, la humildad y la humanidad. El grito y el dolor, el desgarro y la soledad, la escucha del Mesías siervo y la suerte del profeta de la vida. El siervo escucha a Dios y a su vez grita para ser escuchado, obedece la Palabra de Dios, se deja humillar y al final de todo su proceso es auxiliado por Dios (Is 50, 4-7). San Pablo explica estas dos características del Servidor del Señor trasponiendo a Cristo, su humanidad unida a su humillación de someterse de manera libre a la muerte, el martirio de los malditos, y así confirma su Encarnación; pero Dios mismo lo ensalza por su Nombre, para que al nombre de Jesús todos los reconozcan como Señor. Así afirma que Cristo es verdadero hombre y verdadero Dios (Flp 2, 6-11).

El Maestro escuchó en su entrada en la ciudad santa de Jerusalén, una oración bellísima, proclamada por los orantes siglos atrás y que ahora se actualizaba en su propia persona: Bendito el que viene en el nombre del Señor. Jesús es bendito porque está colmado por la gracia divina y viene como el enviado autorizado del Señor. La muchedumbre reconoce la autoridad de Jesús y la legitimidad de su actuación.

Jesús vive en sí mismo la desventura del oprobio y la sin razón del sufrimiento. Judas, le ha traicionado, Pedro lo niega tres veces, los demás se han marchado. Los otros sólo le miran despreciando su persona y arrastrando su pasión al sufrimiento de la muerte. El único resorte es el Padre. La muerte se acerca y el lamento hace su aparición de manera despiadada. Jesús abandonado por todos quería aferrarse a Dios. Y solo a Él dirige la súplica. El grito del crucificado a Dios es ahora la oración intensa del crucificado, cuando se avecinan las horas de las tinieblas y la muerte aparece en la existencia humana del profeta. La expresión ¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado? es el lamento del que ha puesto toda su confianza en el Señor. La tribulación envuelve a Jesús, pero el profeta se dirige a Dios como los pobres suplican a quien puede liberarles de su dolor. El grito de Jesús no es sino para expresar su adhesión a la voluntad del Padre. El profeta ya ha cumplido su misión terrena. Ahora se abandona al Padre y grita para abandonarse en el misterio de Dios.

El grito del abandonado está dirigido a Dios. Jesús vive intensamente su agonía. La expresión proclamada por Jesús resuena en todo el espacio infinito del universo, ajeno a la suerte del profeta. Parece como si el cielo no escuchara su protesta, Dios tiene que acercarse a su Siervo. Todos los lamentos humanos se perciben en la invocación de Jesús. El grito no es una desesperación total sino la expresión de una fidelidad inmensa a Dios. Jesús experimenta el silencio del Padre y del mundo. El lamento de Jesús no es una acusación desesperada sino una oración confiada en Dios (Mc 14,1-15, 47).

Antonio Llamas Vela