Didáctica de la oración cristiana, las fuentes de la oración

El sacerdote Adolfo Ariza nos habla esta semana de las cuatro fuentes de la oración en "Educamos entre todos"

Adolfo Ariza Ariza

Delegado Diocesano de Catequesis

En expresión del Catecismo de la Iglesia Católica, Cristo nos espera para darnos a beber el Espíritu Santo” en unos manantiales (cf. CCE 2652). Ahora bien, ¿Cuáles son esos manantiales? El mismo Catecismo señala 4 manantiales o fuentes de la oración: La Palabra de Dios, la Liturgia de la Iglesia, las virtudes teologales y el “hoy”.

En este orden de las cosas, una genuina didáctica de la oración cristiana habrá de atender algunos aspectos con especial mimo y cuidado. Así deberá quedar claro en todo momento que “la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre” (CCE 2653). También se tendrá que insistir en un hecho tan determinante como que “la oración interioriza y asimila la Liturgia durante su celebración y después de la misma” (CCE 2655). Se deberá prestar, también, particular atención a cómo se entra en la oración “por la puerta estrecha de la fe” (CCE 2656), cómo el “Espíritu Santo nos enseña a celebrar la Liturgia esperando el retorno de Cristo” y consecuentemente “nos educa para orar en la esperanza” (CCE 2657); y, finalmente, cómo el amor es la fuente de toda oración puesto que “la oración, formada en la vida litúrgica, saca todo del amor con el que somos amados en Cristo y que nos permite responder amando como Él nos ha amado” (2658).

Todavía restaría citar otra fuente como es el “Hoy” tal y como propone el Catecismo de la Iglesia Católica (cf. CCE 2659-2660). Pero lo haré acudiendo al magisterio del Papa Francisco en su exhortación apostólica sobre la llamada a la santidad en el mundo actual Gaudete et Exsultate del 19 de marzo de 2018. El Papa, en su habitual estilo, es bastante explícito en su enseñanza con respecto a la oración: “No creo en la santidad sin oración, aunque no se trate necesariamente de largos momentos o de sentimientos intensos” (147). Dicho lo cual trata de iluminar la realidad del “hoy” de todos y cada uno de nosotros con una serie de preguntas: “¿Hay momentos en los que te pones en su presencia en silencio, permaneces con él sin prisas, y te dejas mirar por él? ¿Dejas que su fuego inflame tu corazón? Si no le permites que él alimente el calor de su amor y de su ternura, no tendrás fuego, y así ¿cómo podrás inflamar el corazón de los demás con tu testimonio y tus palabras?” (151). Para finalmente mostrar la profundidad de este “hoy” como nuestra particular “Historia de Salvación” en la que también brillan aquellas mismas “mirabiliora Dei” como las que indicaba San Agustín al diácono Deogratias de la Iglesia de Cartago en el De catechizandis rudibus. El Papa lo expresa así: “La memoria de las acciones de Dios está en la base de la experiencia de la alianza entre Dios y su pueblo. Si Dios ha querido entrar en la historia, la oración está tejida de recuerdos. No solo del recuerdo de la Palabra revelada, sino también de la propia vida, de la vida de los demás, de lo que el Señor ha hecho en su Iglesia” (153).

Sobre esta premisa adquiere todo su significado la enseñanza del Papa, también en Gaudete et Exsultate, sobre el discernimiento. Precisamente, evocando el sabio epitafio de la tumba san Ignacio de Loyola: “Non coerceri a máximo, contineri tamen a minimo divinum est” (Es divino no asustarse por las cosas grandes y a la vez estar atento a lo más pequeño), enseña y propone: “El discernimiento no solo es necesario en momentos extraordinarios, o cuando hay que resolver problemas graves, o cuando hay que tomar una decisión crucial. […] Nos hace falta siempre, para estar dispuestos a reconocer los tiempos de Dios y de su gracia, para no desperdiciar las inspiraciones del Señor, para no dejar pasar su invitación a crecer. Muchas veces esto se juega en lo pequeño, en lo que parece irrelevante, porque la magnanimidad se muestra en lo simple y cotidiano. Se trata de no tener límites para lo grande, para lo mejor y más bello, pero al mismo tiempo concentrados en lo pequeño, en la entrega de hoy” (169).