Didáctica de la oración cristiana “Educamos entre todos”

El sacerdote Adolfo Ariza nos habla esta semana de la enseñanza del Antiguo Testamento

Didáctica de la oración cristiana

La enseñanza del Antiguo Testamento

 

Los Padres de la Iglesia, en su catequesis, procuraban transmitir en todo momento que la novedad de Cristo se comienza a revelar a través de “figuras” (tipos) que la anunciaban en los hechos, las palabras y los símbolos de la primera Alianza (cf. CCE 1094). Como reza el viejo adagio: “El Nuevo Testamento está escondido en el Antiguo, mientras que el Antiguo se hace manifiesto en el Nuevo”. Se podría decir que en este recurso reside la “quintaesencia” pedagógica y didáctica de la catequesis de los Padres de la Iglesia. De ahí, necesariamente, que una didáctica de la oración cristiana tenga que comenzar por un contacto, realmente pausado, con la Escritura en el que se pueda percibir como la oración ha ido siendo revelada en unos grandes hitos o etapas. Sumariamente, los que a continuación se proponen, podrían definirse como los grandes “tipos” de la oración cristiana en el Antiguo Testamento.

Abraham, nuestro Padre en la fe, nos introduce desde el principio en uno de los aspectos de la tensión dramática de la oración: la prueba de la fe en Dios que es fiel (cf. CCE 2750).

La lucha de Jacob durante una noche entera con “alguien” misterioso que rehúsa revelar su nombre, pero que le bendice antes de dejarle al alba, implica el símbolo de la oración como un combate de la fe y una victoria de la perseverancia (cf. Gn 32, 25-31).

La llamada a Moisés desde la zarza ardiente (cf. Ex 3, 1-10) expresa el propósito de Dios de asociar a Moisés a su compasión, a su obra de salvación. Tal y como propone el Catecismo de la Iglesia Católica: “Hay como una imploración divina en esta misión […] Moisés, después de debatirse, acomodará su voluntad a la de Dios salvador. Pero en este diálogo en el que Dios se confía, Moisés aprende también a orar: se humilla, objeta, y sobre todo pide y, en respuesta a su petición, el Señor le confía su Nombre” (CCE 2575).

La misión de los profetas, antes y después del destierro, no buscaba sino la educación de la fe, la conversión del corazón frente al ritualismo que arrastraba al pueblo con frecuencia hacia un culto demasiado exterior (cf. CCE 2581). En el “cara a cara” con Dios, los profetas extraen luz y fuerza para su misión. Su oración no era una huida del mundo infiel, sino una escucha de la Palabra de Dios en ocasiones como “queja” o en otras circunstancias como “intercesión que espera” (cf. CCE 2584).

Los Salmos – “obra maestra de la oración del Antiguo Testamento” (CCE 2585) – “son el espejo de las maravillas de Dios en la historia de su pueblo y en las situaciones humanas vividas por el salmista” (CCE 2588). En sí mismos son expresión de “la simplicidad y la espontaneidad de la oración”, del “deseo de Dios mismo a través de su creación”, de la “situación incómoda del creyente que, en su amor preferente por el Señor, se enfrenta con una multitud de enemigos y tentaciones”. Pero si hay una característica que defina a los salmos, por encima de otras muchas, es el que está siempre orientada a la alabanza (cf. CCE 2589).

En resumidas cuentas y para aclarar que un recorrido como el propuesto no es precisamente un “mero ejercicio” de erudición bíblica: “La oración está unida a la historia de los hombres; es la relación a Dios en los acontecimientos de la historia humana” (CCE 2568). No en vano, la oración es cooperación con la Providencia de Dios (cf. CCE 2738).

 

Adolfo Ariza Ariza

Delegado Diocesano de Catequesis

Director y profesor del ISCCRR Beata Victoria Díez