“Cuando notas la presencia del Señor, es fácil ser cristiano”

Madalena Díaz evangeliza con su vida. El ser humano y la lucha por su dignidad han movido toda su acción cristiana

Con setenta y cinco años, no se despega de su vocación de servicio inconmensurable. Todo lo que es, admite, lo ha aprendido de un sacerdote que impulsó  su labor incansable. Emigrante en Valencia y vendimiadora en Córdoba, todo lo ha hecho para reconocer en otros la necesidad de Cristo en sus vidas. Con ellos de la mano, les ha mostrado que el Señor les hizo iguales entre ellos y únicos como personas. Se casó con Paco Cáliz en presencia de muchos movimientos de la ciudad, la suya fue una boda “peculiar”. Tiene tres hijos y tres nietos.  Ha presidido la Asociación de Vecinos Nuevo Cañero y es medalla de plata de la Ciudad. Su pertenencia a movimientos cristianos ensancha su amor al Evangelio, a la Iglesia y al prójimo. En san Vicente Ferrer forma parte del Grupo del Evangelio y ahora se disponen a entregarse a la pastoral de la salud porque “el barrio ha envejecido”

P. ¿Reconoce dónde está el origen de su fe?

R. Cuando recordamos nuestros principios siempre sabemos quién nos influyó, en mi caso mi madre era una mujer de fe a su modo, con sus rezos y sus hábitos de Santa Rita. Ella  me transmitió la devoción a los Santos, leía sus vidas. Este fue un venero que surge a lo largo de la vida. Soy la mayor de nueve hermanos, dos murieron y mi padre, herrero de profesión, estaba enfermo. Estaba muy unida  a la Iglesia través de Domingo García Ramírez,  nos inició en una conciencia de servicio y con trece años nos comprometíamos a lavar ropa a personas ancianas, a  visitar enfermos; eso hizo que contactáramos con la realidad social y supuso una primera vivencia. Abrieron una guardería parroquial y este sacerdote quiso que yo con quince años fuera la responsable en Castro del Río, mi pueblo. A las siete de la mañana venían las madres y dejaban sus hijos hasta doce horas tras coger aceitunas. Teníamos el apoyo de leche en polvo, algo de embutido y eso nos servía para las meriendas, el almuerzo era arroz con patatas. Era la etapa dura de la posguerra.

P. ¿Cuándo despertó su conciencia social?

R. La pobreza lleva a unirnos y a los dos meses de emigrar mi tía al levante español, me llamó para trabajar en Alcoy. Mi padre dejó de hablarme al conocer mi decisión, pero no  me lo prohibía porque confiaba en mí. El viaje duró casi veinticuatro horas, esa misma tarde  me coloqué en una fábrica de lanas. Dos meses después toda mi familia viajó conmigo, a excepción de mi padre. Una amiga me prestó el dinero para los pasajes. Conecté con la parroquia y más tarde a las Joc y ahí empecé a tomar conciencia social y empecé a formarme.

P.  En algún momento pensó usted en iniciar vida religiosa y hacerse monja ¿no es así?

R. Desde Valencia contacté con mis sacerdotes conocidos de Córdoba, una vez mi familia estaba establecida allí y les  plantee la posibilidad de ingresar en una congregación pero vi que había descubierto tanto en la vida cotidiana, en la reivindicación en la empresa que nos reunimos en Córdoba un grupo de personas y  decidimos irnos a trabajar a los empleos más duros para compartir esas experiencias. Entonces conocí a mi marido y aposté por la maternidad. Mi marido y yo nos vimos muy arropados por la comunidad. Soy una privilegiada porque siempre he tenido mucha riqueza alrededor, a pesar de las dificultades.

P. En Madrid estuvieron conviviendo con más cristianos y también en Valencia. Una experiencia con que vuelven a Córdoba ¿qué ocurre aquí?

R. Comencé a trabajar en el servicio doméstico y entendí que las chicas que trabajaban internas debían salir y tener sus propias casas para que pudieran obtener sus estudios primarios. Trabajamos en  la vendimia de Montilla para estar en contacto con los temporeros con los que convivíamos para identificarnos con los más pobres. Mi marido dejó su tierra y comenzó a trabajar como albañil. Aquí nos sentimos arropados por intelectuales  que tenían una proyección pública de fe. Nosotros estábamos en el tajo. Allí nos identificaban como cristianos y mostrábamos nuestros valores, luchábamos por lo que el evangelio nos dice: todos tenemos igual dignidad como hijos de Dios que somos.

P. ¿Qué aporta hoy a las necesidades de la Iglesia?

R. La Iglesia necesita que nos tomemos en serio su mensaje, que seamos capaces de vencer otras tendencias que nos frenan. Muchas personas con vidas sencillas,  se lo toman en serio. Por eso me ayuda tanto la vida de los santos, ves como vencían poco a poco las dificultades. Cuando notas la presencia del Señor, es fácil ser cristiano, pero hay que pedirlo. Cuando caes en la cuenta de la riqueza que es el evangelio se expresa, sale. Por supuesto sigo pensando qué hacer cada día. Estoy “en comisión de servicio”, todo lo que viva en adelante es un regalo.