Cuando la Iglesia hace crecer tu familia

Tras el fallecimiento del párroco de san Sebastián de Pozoblanco, el sacristán y la familia de éste reciben en su hogar a su hermana de 103 años de edad.

Cuando el sacerdote Juan Caballero llegó a la parroquia de San Sebastián de Pozoblanco, Juan Fernández llevaba ya dos años de monaguillo. Ahora sigue siendo sacristán, cuarenta y seis años de vida parroquial que han forjado una vida familiar distinta  a la que este hombre, quizás, había imaginado.

Don Juan Caballero llegó acompañado de su hermana Antonia a la localidad de Los Pedroches tras haber ejercido el sacerdocio en Cardeña y Aguilar de la Frontera, los dos trabaron una amistad grande con Juan Fernández cuando él estaba recién casado. Casi medio siglo después, su esposa y sus dos hijas han acogido a Antonia en su hogar, tras el fallecimiento del sacerdote. La mujer cuenta ahora con 103 años y es parte de la familia, como le prometió al presbítero poco antes de morir.

Este no es el único homenaje a la memoria del que fue su guía. También ha escrito un libro de seiscientas páginas con el título Don Juan Caballero, una vida fecunda, que recoge el testimonio gráfico de la extensa labor del recordado sacerdote; cientos de pozalbenses han volcado en estas páginas vivencias, recuerdos y experiencias de fe a las que Don Juan acudía, incansable. El libro es un tributo a su memoria, como la calle aledaña a la parroquia que lleva el nombre del hombre activo y entregado al extremo de desposeerse de todo lo material durante su vida.

La emoción embarga cada palabra de Juan al recordar una vida entera de fraternidad, de familiaridad constante. Repasa cómo “no tomaba ni una sola decisión sin consultarle, porque nada de lo mío le resultaba ajeno”. Esta es una historia de amistad que se fragua lentamente con todas las dificultades y los sinsabores y también en las pequeñas alegrías de cada día. Desde el principio, la familia de Juan Fernández y él participaron en la vida de los hermanos Caballero; “cuando Don Juan no podía acompañar al médico por su incesante labor parroquial a su hermana, lo hacíamos nosotros, compartíamos la Nochebuena y preparábamos a veces sus comidas, lo hacíamos con todo cariño”, recuerda.

Ahora, Antonia sigue siendo atendida por ellos, quizás su edad no le permita expresar toda la gratitud pero para Juan Fernández y su familia, eso es lo que menos importa.

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