Carta semanal del Obispo de Córdoba, D. Demetrio Fernández: “Sé de quién me he fiado”. Día del Seminario”

La vocación al sacerdocio es una llamada de Dios, a la que el llamado responde fiándose de Dios.

El Día del Seminario es una ocasión propicia para agradecer a Dios que tengamos sacerdotes/presbíteros en nuestras parroquias, en nuestros grupos y comunidades, en nuestros colegios y hospitales y en tantos lugares donde Jesucristo se nos hace presente por medio de ellos. Es una gracia inmensa de Dios que no falten sacerdotes a su Iglesia, a nuestra diócesis de Córdoba. Y si la Iglesia quiere tener sacerdotes, tiene que prepararlos bien, nos recuerda san Juan de Ávila.

La vocación al sacerdocio es una llamada de Dios, a la que el llamado responde fiándose de Dios. Y Dios Padre se nos acerca visiblemente en su Hijo Jesucristo hecho hombre, que ha llamado a tantos para seguirle por el camino del sacerdocio, dándoles su Espíritu Santo. Todo ello, en la Iglesia comunidad, donde nacemos por el bautismo y donde se configura la vocación a la santidad de cada uno para el servicio a la humanidad.

La diócesis de Córdoba necesita sacerdotes para atender sus propias necesidades y para el servicio de la Iglesia universal. Y tales sacerdotes han de salir de entre los niños y jóvenes de nuestras familias. Cada nuevo sacerdote es un milagro de Dios, porque responde a esa vocación en medio de mil dificultades. Por eso, hemos de crear entre todos un clima propicio para que se produzca esa llamada y para que sea respondida con facilidad y prontitud.

Más de 90 jóvenes se preparan hoy en Córdoba para ser sacerdotes: 35 en el Seminario Mayor “San Pelagio”, otros tantos en el Seminario Menor, provenientes todos de nuestra diócesis, y una veintena en el Seminario “Redemptoris Mater”, provenientes de distintos lugares del mundo. Y además, un pequeño grupo de otros cinco religiosos cursan estudios junto a los demás. Todos se sienten llamados a ser un día sacerdotes del Señor, porque han descubierto esa vocación para el servicio del Pueblo de Dios. Damos gracias a Dios por cada uno de estos jóvenes, y pedimos a Dios que envíe más y más trabajadores de su viña, y que mantenga fieles en su servicio a todos los llamados. Necesitamos muchos más, y por eso le pedimos a Dios continuamente por las vocaciones sacerdotales, porque Dios quiere atender nuestra súplica, para que a su Iglesia no le falten nunca sacerdotes, no le falte nunca la Eucaristía.

Las vocaciones surgen como en su clima natural allí donde hay vida cristiana y fervor: en las familias cristianas, en las parroquias, grupos, colegios, movimientos y comunidades cristianas. La mejor pastoral vocacional es un buen clima de vida cristiana, donde el niño y el joven perciban la llamada de Dios y puedan responderla con normalidad. En un buen clima de vida cristiana, brotan ésta y todas las vocaciones que configuran la familia de los hijos de Dios. Por eso, es urgente y necesaria la pastoral juvenil que lleve a lo esencial, al encuentro con Cristo y a la vida nueva que brota de ese encuentro. Fiarse de Jesucristo es dejarse seducir por él y vivir como vivió él, dejando a un lado otras posibilidades por buenas que sean.

“Sé de quién me he fiado” es el lema de este año. La vocación es un diálogo de amor, que genera confianza mutua. Cuando Dios llama, lo hace con un gesto de confianza del que nunca se arrepiente. La llamada de Dios es irrevocable. Y quien responde a esta llamada experimenta que se ha fiado de Dios, se ha fiado de Jesucristo, y ésa es la roca sólida en la que se cimienta su respuesta. La frase es de san Pablo, que una vez que se encontró con Jesucristo la vida le cambió, y ya nadie pudo apartarle de ese amor, a pesar de las dificultades que tuvo que afrontar. Fiarse de Jesucristo merece la pena, en esta y en todas las vocaciones cristianas. Que muchos niños y jóvenes experimenten esa confianza, y respondan con amor a quien les llama para seguirle de cerca en el sacerdocio/presbiterado.

 

Recibid mi afecto y mi bendición:

 

 

 

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba