“Bendito el que viene en nombre del Señor”

Reflexión para el Domingo de Ramos por el sacerdote, Gaspar Bustos

Betania era el lugar predilecto de los amigos y discípulos de Jesús. Viven con inquietud el ambiente adverso hacia Él y hacia ellos mismos, y quizá se encuentran allí intentando serenarse. También quienes han decidido acabar con Jesús se están organizando... los poderosos usan su estilo y sus medios, sobre todo, el dinero, las influencias, los “apaños”, su posición, la mentira, las intrigas, el soborno, la adulación, etc. El Reino de Dios, del que habla Jesús, y que es el que el pueblo quería, es absolutamente diverso. “Mi Reino no es de este mundo...; está dentro de vosotros”, dirá Jesús. Lo había proclamado con claridad. Y había dicho que el camino era la cárcel, la condena, la Cruz, la muerte y la Resurrección. Algunas veces, los mismos discípulos lo habían entendido mal y llegaron incluso hasta quererlo proclamar rey. Aquel domingo todo se estaba viviendo ya con mucha intensidad. Así, los podemos imaginar organizándose para buscarle un pollino, —cabalgadura real, y formar una entrada en Jerusalén al modo humano: gritos, aclamaciones, banderas, estandartes, proclamaciones... Allí, en Jerusalén se enfrentarían las dos “comitivas”. Los fariseos, más tranquilos, se sentían poderosos, controlaban la situación, tenían a las autoridades de su parte, sabían que contaban con los soldados romanos... incluso se atreven a decirle a Jesús que si no está oyendo lo que dicen, que mande callar a todos los que lo están aclamando. Ahí es donde tendrá que decir Jesús que si ellos callaran, gritarían las piedras. Y las piedras gritaron... no como ellos pensaban. Sonaron fuertemente en el Calvario. En el momento de su muerte en la Cruz, las piedras gritaron: la tierra tembló, se oyeron las piedras... Jesús resucitó y se oyó la piedra del sepulcro; ella nos grita: “no está aquí, ha resucitado”. Es verdad que el Crucificado hará sonar las piedras, por los siglos de los siglos.