Artículo de don Demetrio en La Razón

Titulado "Un año intenso", al cumplirse este 11 de febrero un año de la renuncia de Benedicto XVI.

Un año pasa enseguida. Pero este año ha sido especialmente intenso en la vida de la Iglesia. La renuncia de Benedicto XVI y la elección de Francisco dan a la Iglesia ese carácter de continuidad que tiene por su referencia a Cristo, movida por el Espíritu Santo.

Uno y otro son sucesivamente el Vicario de Cristo, el «dulce Cristo en la tierra», el principio visible y el fundamento de la unidad en la Iglesia. Cada uno aporta su singularidad para enriquecimiento de la misma Iglesia. El Papa emérito Benedicto XVI sorprendió al mundo entero con su renuncia, dándonos a todos un ejemplo supremo de humildad, desprendimiento y, en definitiva, de amor a la Iglesia, por la cual ha entregado toda su vida. La dulzura que desprende su rostro, su mirada, su porte, suscita en quienes ahora le vemos por algunas fotografías un sentimiento de ternura y de profunda gratitud. A eso se une una lección silenciosa que nos ofrece día a día: la aportación más importante que podemos dar a la evangelización, al crecimiento del Reino de Dios entre nosotros, no está en las grandes actividades que ha realizado Ratzinger a lo largo de su vida, como intelectual de primera fi la o en los distintos servicios realizados a favor de la Iglesia, incluido el de sumo pontífice. Su más grande aportación está en decirnos con su vida que Dios es lo único necesario y no falla nunca. Hay quienes se empeñan en comparar y contraponer, y no les importa ni el uno ni el otro, ni la Iglesia. Un año de vida retirada es tiempo suficiente para acoger este don y el ejemplo de una vida que construye la Iglesia desde el silencio y la oración. Y es tiempo suficiente para constatar que los mayores –como dice el Papa Francisco– aportan la sabiduría a las nuevas generaciones, y por eso no podemos descartarlos.