“Aprendimos una lección que debíamos imitar aquí”

José Luis y Mª del Carmen han participado en la Misión diocesana de Picota en cuatro ocasiones

 ¿Cómo surgió la idea de realizar un tiempo de voluntariado en Picota?

Los dos teníamos ilusión desde hace mucho tiempo de colaborar en Misiones, pero lo veíamos un poco lejano, quizás cuando nos jubilásemos. Un día de Otoño en nuestra parroquia, nuestro amigo, párroco, y Delegado de misiones: D. Antonio Evans, nos comentó que quería hablar con nosotros y nos planteó el ir a Picota; he de reconocer que yo por lo menos me quedé en blanco, en cambio M. Carmen dijo: ¿cuándo nos vamos? Anécdota aparte, nos pusimos a darle vueltas a la cabeza para ver cómo, y de qué forma nuestra colaboración podía hacerse de la mejor manera, ver lo necesario: vacunas, material sanitario (medicinas), útiles, ropa, etc., para llevar. La ilusión aumentaba día a día, así como la incertidumbre de qué nos íbamos a encontrar en aquellos lugares y el afán de hacerlo de la mejor manera. Asistimos a las primeras reuniones de grupo, donde se nos puso al día de lo que iba a ser nuestro trabajo; se formó un grupo fenomenal que fue nuestro apoyo en los primeros días, nuestro recuerdo y gratitud aquel primer grupo: Lourdes, Sandra, Teresa, Elena, Ginés, Modesto, Francisco y Nicolás. No nos conocíamos, pero compartimos la fe que nos movía, la ilusión, el cariño, y sobre todo ganas de llegar pronto y comenzar a trabajar. Después, un día de final de mayo vino la Misa de envío en la Catedral, absolutamente entrañable, y a finales de Junio de ese año 2013, pusimos rumbo a Perú. Afortunadamente para María del Carmen y para mí le siguieron después los veranos del 2014, 2015 y 2017 con la lección aprendida y trabajando con mayor ilusión si cabe.

¿Qué recuerdas de aquella experiencia misionera?

Lo primero que nos viene a la cabeza es el trato con aquellas personas tanto, en Picota como en las Comunidades de la selva, tremendamente cercano, sencillo, sincero. Nos parecía mentira que unas personas carentes muchas veces de lo más esencial, nos hablaran de su experiencia espiritual, de la necesidad de tener a Dios presente en sus vidas, se sentían acogidos y agradecidos. Otro recuerdo, la disponibilidad sin límites de aquellos animadores y animadoras de los poblados de la selva, donde te acogían en sus casas y compartían contigo su comida. Eran pieza fundamental en nuestro trabajo, tanto en la visita médica como en la celebración de la palabra donde el sacerdote no podía llegar cuando nos desplazábamos a la selva de viernes a domingo. La hora santa de los jueves en la parroquia de Picota. La entrega total de los sacerdotes misioneros con los que convivimos, Juan, Leopoldo, Paco, Francisco, y las Órdenes establecidas allí, las Obreras del Sagrado Corazón y las Salesianas, y muchas situaciones más que recordar. Fue una auténtica bendición estar allí compartiendo tantos momentos con aquellos hermanos nuestros, todo sin olvidar lo gratificante de nuestra profesión, como sanitarios que somos. Inolvidable en todos los sentidos.

¿Qué te enseñó las personas que encontraste allí?

El miedo inicial a la reacción que pudiesen tener ante el contacto con nosotros, se disipó al instante por su cercanía. Te enseñan que para expresar lo que uno siente, en lo que uno cree, hay que tener de todo menos vergüenza. Hablan con total confianza de Dios, de sus experiencias, de lo que sienten, y lo comparten contigo con cercanía, sin avergonzarse. En la celebración de la Palabra, es enriquecedor ver cómo un joven o un anciano, hablan y te ofrecen una experiencia, o te plantean un interrogante, es una auténtica catequesis para los que estábamos allí. Están seguros de lo que representa Dios en sus vidas, lo transmiten, y lo comparten contigo. Otra cosa es el nexo de unión que representa la Parroquia y lo que encuentran en ella, al igual de lo que en las comunidades de la selva, donde en muchas de ellas son los propios habitantes los que han hecho su “iglesita”, la casa común de todos, la engalanan sencillamente para celebrar la Palabra los domingos y rezan a diario, hacen Iglesia entre todos. Una lección a imitar por los que vivimos aquí.

¿Cómo cambio tu vida al volver a tu vida cotidiana?

Al volver a tu vida cotidiana, te ocurre al contrario de lo que ocurre cuando vas para allá; vas a un lugar donde escasea todo, viniendo de un sitio donde se desperdicia de todo, y vuelves a donde se desperdicia todo, viniendo de donde falta mucho. Vienes con una escala de valores distinta a la que llevabas, al llegar, los primeros días te refugias en tus vivencias, tus recuerdos, parece mentira que hayas estado un mes sin ataderos de ningún tipo, viviendo como ellos, con lo necesario para vivir y punto. Vienes y das importancia a cosas sencillas que antes ni deparabas en ello, das valor al contacto con los demás, valoras que una conversación se haga sin tapujos, sin vergüenza, sobre todo si Dios está por medio. Ves el valor del compartir cuando una persona te ofrece algo y la alegría de dar o compartir con otros lo que tienes, y das gracias a Dios por ello a diario. Valoras lo que tienes, las personas que tienes a tu alrededor, llegas a plantearte con seriedad el sentido de tu vida y la misión evangélica que todo cristiano mil veces ha oído en misa. En fin multitud de cosas que si no llega a ser por esta experiencia jamás o por lo menos, no de inmediato, hubieses tenido ocasión de experimentar y valorar si no llega a ser por esta experiencia vivida.

¿Mantienes todavía vinculación con la Misión Diocesana?

Por supuesto que sí. Mantenemos contacto con varios componentes de los grupos en los que participamos en los distintos años, y con personas de allí: Berta, Katy, la hermana Clarisse imprescindibles a la hora de trabajar en el botiquín de Picota, algunos animadores y personas de Picota y comunidades. Con los sacerdotes que están y han estado allí, bien por Facebook (Misioneros Picota) y personalmente con los que están aquí, de tal manera que cuando nos vemos es una bendición volver a revivir anécdotas, situaciones y mil cosas más vividas en Picota. Con las Obreras del Sagrado Corazón, que tienen una casa en Córdoba por donde recalan y nos avisan de su visita algunas religiosas que coincidimos con ellas en Picota y que ahora están destinadas en otros lugares. Algunos enfermos como Elmer de una comunidad de la selva que se trajo a operarse a Córdoba, además de con las personas que convivimos, y lo bonito de todo esto, mantener la ilusión, las ganas de cuando las circunstancias lo permitan, volver a trabajar en aquellas tierras.