Francisco Granados: “Allí valoras la fe de la gente sencilla”

El sacerdote Francisco Jesús Granados, natural de Benamejí, partió por primera vez a la misión diocesana de Picota en Perú, hace ya más de 8 años. Desde entonces su ministerio sacerdotal siempre ha estado marcado por el servicio a los más pobres.

P. ¿Cómo decidiste salir a la misión?

R. Creo que no es una decisión personal lo que te lleva a ir a la misión, sino sentir en el corazón esa llamada de Dios que te lleva precisamente a salir, y a salir no porque estés aquí mal, sino porque siento más vivamente en mí esa llamada para ir a esos lugares en los que hace falta sacerdotes y no es tan conocido el evangelio. Tuve un primer contacto en la misión de Moyobamba en 2007 cuando fui como sacerdote con un grupo de seminaristas. Allí pude conocer lo que significaba esta tarea y me quedó siempre en el corazón la necesidad de aquellas gentes, la necesidad de sacerdotes y misioneros en aquellas tierras. Después de madurarlo, de orarlo y de hablar con el Obispo por primera vez marché a la misión en 2010, siguiendo esa llamada del Señor. Estuve la primera etapa dos años y ahora llevo otros dos, cuatro años en total interrumpidos por otros cuatro que estuve como párroco en la parroquia de Nuestra Señora de la Esperanza de Córdoba.

P. Y a lo largo de estos años ¿Cómo ha cambiado tu vida?

R. Tu vida cambia en el sentido de que ves con otros ojos el mundo, a las personas, las necesidades que hay. Cambia tu vida como sacerdote. Irme a la misión suponía un despojo grande, estar lejos de tus curas, de tu gente, de tu familia, de las comodidades... Al llegar allí empiezas a valorar otras muchas cosas, sobre todo la fe sencilla de la gente, su generosidad, su acogida, su sed de Dios y todo esto hace que tu vida como sacerdote cambie y te sientas muy lleno y muy gozoso de servir al Señor en aquella gente tan necesitada del evangelio. Tu vida como sacerdote da un giro y empiezas a valorar, por ejemplo, la fe de la gente sencilla que se abre al evangelio, valoras la generosidad de aquellos que no tienen nada y te dan lo poco que tienen, valoras tu tarea como sacerdote que es el don más grande que Dios me ha dado.

Cuando uno va a aquellos poblados de la selva peruana y ves que la gente está sedienta de que el sacerdote les visite, les predique el evangelio, les celebre la eucaristía para poder comulgar al menos una o dos veces al año; cuando vas a visitar los lugares más lejanos y ves cómo la gente trae a sus niños caminando o a la espalda para bautizarles o para que reciban su primera comunión, cuando ves que hay tantos cristianos comprometidos, animadores, catequistas y ves cómo se entregan, cómo caminan para ir de un sitio a otro a evangelizar, cómo se sacrifican por su comunidad, y el deseo que tienen de formarse para poder darles lo mejor y llevarles a Dios a los de su comunidad… Cuando tú ves todo eso te planteas muchas cosas y dices “me tengo que entregar del todo en mi ministerio sacerdotal y en estas tareas que Dios me encomienda en estas tierras de misión”. Claro que tu vida cambia mucho y también tu escala de valores: empiezas a valorar muchas cosas a las que antes no le dabas tanta importancia y empiezas a relativizar otras tantas a las que se va apegando el corazón y que no son tan importantes.

P. ¿Cómo es tu labor pastoral allí, cómo es tu día a día?

R. Estamos dos sacerdotes diocesanos de Córdoba: el padre Rafael Prados y yo. Nuestro día a día es intenso y muy variado porque cada día te sorprende Dios con muchas personas que vienen a verte, que buscan tu consejo, tu ayuda, tu apoyo, buscan en el fondo a Dios y hay que estar preparado para todo: estar ahí en primera línea de batalla para lo que venga. Tenemos una provincia grande con 2.700 km cuadrados: la parroquia principal está en la ciudad de Picota con unos 10.000 habitantes, pero toda la provincia, toda la parroquia, la conforman unos 130 poblados dispersos que serán en torno a unos 50 ó 60 mil habitantes. Hay tantas necesidades y el campo de trabajo, la mies, es tan grande que uno no se agobia. Haces lo que puedes con la ayuda de Dios. También con la ayuda de tres congregaciones religiosas: Obreras del Sagrado Corazón de Jesús, Salesianas del Sagrado Corazón de Jesús y las Hermanas Compasionistas; también contamos con la ayuda de algunas familias misioneras de los Estados Unidos y Ecuador.

Cuando ves que el campo de trabajo es tan inmenso haces lo poquito que puedes con la ayuda de Dios. Nuestro quehacer pastoral consiste, sobre todo, en una tarea de acompañamiento y de formación de los animadores de aquellas comunidades. Algunas las visitamos con más frecuencia, a las más alejadas vamos un par de veces o tres al año; los animadores y catequistas son los que en el día a día están en su comunidad y van formando a las personas de allí. Nuestra tarea es acompañar a estos animadores, ofrecerles encuentros de formación y capacitación, visitarles con frecuencia para celebrar los sacramentos, atender a las personas enfermas y a las familias que especialmente sufren. Nuestra misión en la ciudad trata igualmente de cuidar la catequesis, visitar a los enfermos, cuidar la formación de nuestros fieles, celebrar los sacramentos. En definitiva, tratamos de llegar a todas estas comunidades que el Señor ha puesto a nuestro cuidado que son muchas y muy dispersas. Pero cada día Dios te sorprende con casos que van viniendo, personas que se acercan a la puerta de la casa buscando a Dios, buscando ayuda.

P. También has tenido ya la oportunidad de palpar grandes frutos en la misión como la construcción de un centro parroquial, ¿Cómo se viven allí estos acontecimientos?

R. Desde que la Diócesis de Córdoba apadrina la provincia de Picota, una de las nueve provincias de la Prelatura de Moyobamba, desde que se tiende ese puente de comunión, ha cambiado muchísimo el panorama. El primer año que llegamos allí lo más importante era crear una estructura de organización pastoral, de ver las necesidades, tratar de ubicarnos, situar las zonas para la atención pastoral y, gracias a la ayuda de la Diócesis de Córdoba y de muchas instituciones como el Cabildo Catedral o Cáritas Diocesana, de muchas parroquias, de la delegación de misiones, de mucha gente anónima que ofrece su donativo, gracias a eso, se han podido llevar a cabo muchos proyectos. Entre ellos, un cetro parroquial, no había ningún lugar donde dar catequesis, reunir a los grupos y celebrar algún evento; también se ha potenciado el botiquín parroquial para atender a las personas que no tienen recursos y que necesitan atención médica;  se ha llevado a cabo la construcción de un comedor para niños y personas ancianas y enfermas que necesitan una comida fuerte al día y no la tienen; se ha he hecho realidad la construcción de una casa hogar para niñas en uno de los poblados de nuestra parroquia donde están las religiosas Obreras: ahora mismo hay acogidas allí cuarenta niñas, recibiendo formación en los estudios y formación cristiana, salvándolas así de muchos peligros que tienen en sus poblados, pues muchas de ellas viven en extrema pobreza. Todos estos proyectos y la construcción de algunas capillas en poblados que no tenían o que se les ha caído por inundaciones o derrumbes… todo esto se ha podido llevar a cabo gracias al apoyo siempre perenne de la Diócesis de Córdoba.

P. ¿Qué ha sido lo que más te ha chocado cuando has vuelto a Córdoba?

R. En primer lugar el clima, allí estás como en una sauna, un clima tropical con un calor tremendo. También ese contraste tan grande, sobre todo, cuando uno viene a la ciudad con tanta luz, tanto ajetreo, tantas compras. Allí se vive la Navidad de una manera muy sencilla, se celebra la liturgia del nacimiento del Señor y también se reúnen en familia, aunque sea para comer un poquito de arroz y de pollo que es la comida cotidiana de allí. Hay un contraste muy grande entre este mundo y aquella región de la selva peruana, donde palpas tantas necesidades pero también tantas riquezas ocultas en el corazón de las personas y familias con las que te encuentras

P. ¿Qué echas de menos estos días de allí?

R. Echo de menos a la gente de allí, a los que me uno espiritualmente y pido por ellos cada día. También echo de menos esa sencillez, esa inocencia de los niños, de la gente, su acogida y apertura. A veces tenemos el riesgo en este nuestro mundo tan tecnificado y tan estresado de cerrarnos; como que aquí a la hora de relacionarte hay más distancia y, sin embargo, allí el carácter de la gente es muy abierto, son muy generosos con nosotros. Allí enseguida la gente te acoge y te abre su corazón

P. ¿Qué te engancha de la misión?

R. Te engancha esa invitación y llamada que Dios te hace. Yo creo que marchar a la misión no es por una decisión sino por respuesta a una llamada de Dios y, ciertamente, te engancha el saber que estás donde Dios quiere que estés. Y que estás haciendo, con la ayuda de Dios, lo que Él quiere que hagas. Te engancha de allí el palpar la sed de Dios que mucha gente tiene y la falta de obreros que lleven el agua de la gracia, el agua viva del evangelio. Somos apenas 40 sacerdotes para un territorio -la Prelatura de Moyobamba- que es como la mitad de Andalucía, con más de 800.000 habitantes. Te engancha el palpar en la gente la necesidad de Dios; te engancha ese grito silencioso de toda aquella gente que está pidiendo que alguien les anuncie a Dios.

P. Terminamos con un mensaje a los fieles de la Diócesis

R. En primer lugar un mensaje de gratitud. Creo que la misión diocesana de Picota en la Prelatura de Moyobamba hoy día es lo que es gracias al apoyo de oración y a la ayuda material y económica de muchas personas de la Diócesis de Córdoba, de muchas parroquias, de muchas instituciones. A todas ellas trasmito mi gratitud de parte de las personas que están allí. Y, junto con la gratitud, también una llamada a seguir cuidando en nosotros la conciencia misionera que nos hace aquí sentirnos afectivamente cerca de aquellos que están en países y en tierras de misión. Una llamada a seguir cuidando ese puente misionero para que seglares, sacerdotes y seminaristas se animen a tener una experiencia en aquella tierra preciosa de misión, una experiencia que toca mucho el corazón y cambia la vida. La casa de acogida de los misioneros tiene siempre las puertas abiertas.