Alcanzar la sabiduría: Enseñar el arte de vivir

José Tolentino en “Pequeña Teología de la lentitud” nos habla de la gestión del tiempo en Educamos entre todos

1.- El arte de lo inacabado

“Una muestra de sabiduría es aceptar que el tiempo no se estira, que es increíblemente breve y que, por ello, debemos vivirlo de la manera más equilibrada posible. No podemos engañarnos con la lógica de las compensaciones: el tiempo que robamos a las personas que amamos intentamos devolverlo de otra manera, haciendo planes o comprándoles esto o aquello; lo que restamos al descanso y a  la contemplación procuramos compensarlo con unas vacaciones extravagantes. Necesitamos aprender, como individuos y como sociedad, a gestionar el tiempo”.

¿Cómo gestionar bien el tiempo y vivirlo de manera equilibrada? Nos encontramos ante una cuestión fundamental. Quizás de esto dependa nuestra felicidad. Tener una buena escala de valores, saber qué es lo prioritario y lo que no puede faltar en nuestra vida, dar a cada ocupación su tiempo de manera equilibrada, “solamente deseando y eligiendo lo que nos conduce al fin para el que hemos sido creados” (San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales N 23).

Nos pueden ayudar estas dos consideraciones:

1.- “A veces es más importante saber acabar que saber empezar”. Cuántas veces comenzamos un proyecto con emoción y antes de concluirlo se nos presenta un objetivo nuevo que nos hace dejar lo anterior. Así pasamos de una cosa a otra, con rapidez, sin orden, sin llegar a concluir nada. Podríamos llamarlo pereza activa: nos metemos en muchos líos para no hacer lo fundamental e importante, que nos suele costar más.

2.- A veces es “más vital suspender que continuar”. “Incluso el acto de interrumpir el trabajo para reposar no nos resulta fácil, por lo menos a cierta edad. Implica, no pocas veces, un ejercicio de desprendimiento y pobreza. Aceptar que no hemos alcanzado todos los objetivos que nos habíamos propuesto. Aceptar que eso a lo que hemos llegado es solo una versión provisional, inacabada, llena de imperfecciones. Aceptar que nos faltan las fuerzas, que cierta frescura de pensamiento no la podemos obtener mecánicamente por la mera insistencia. Aceptar que tal vez mañana habremos de recomenzar de cero y por enésima vez”.

En esta segunda consideración es donde entra el arte de lo inacabado.  Nos topamos con nuestra vulnerabilidad, con la “condición inexcusable del propio ser. Ser es habitar, en creativa continuidad, la condición inacabada de uno mismo y del mundo”. No podemos hacerlo todo, no sabemos hacerlo todo, no lo comprendemos todo. Aceptar con paz nuestras limitaciones. Que no nos importe necesitar a los otros y al OTRO con mayúsculas.

Tomado de José Tolentino Mendonça

“Pequeña Teología de la lentitud” (Fragmenta Editorial)