“¡Viva el Papa!”

Es un grito que escuchamos frecuentemente cuando acudimos a las audiencias del Papa. Es un grito de entusiasmo, de fe, de aclamación. Es como darle un saludo de cariño a quien nos preside en el nombre del Señor.

Llegados a la fecha de 29 de junio, fiesta de san Pedro y san Pablo, brota espontáneamente la referencia al Sucesor de Pedro, el Vicario de Cristo, el “dulce Cristo en la tierra” (Sta. Catalina de Siena), el Papa. Es el día del Papa.

No podemos entender nuestra vida cristiana sin esta referencia esencial de la fe católica. Ha sido Cristo el que ha fundado su Iglesia y la ha fundamentado sobre la roca de Pedro: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16,18). “Donde está Pedro allí está la Iglesia”, decía san Ambrosio. El primado de Pedro sobre todos los fieles y pastores de la Iglesia no es un elemento añadido, sino algo esencial en nuestra pertenencia a la Iglesia.

Los Papas que Dios ha dado a su Iglesia en los últimos tiempos son personas santas, que han cumplido y cumplen el ministerio confiado con excelente esmero y dedicación. Hoy es el Papa Francisco. Son un referente, no sólo para los católicos y los cristianos, sino para toda la humanidad, tan necesitada de alma y de valores superiores.

El Papa Francisco ha querido con su nombre señalar todo un programa y un estilo de vida. Como el santo de Asís, el Papa quiere ser una prolongación de Cristo y de su Evangelio, sin glosa, es decir, sin atenuantes ni interpretaciones subjetivas que lo rebajen. El Papa Francisco quiere ser evangelio viviente para las personas de nuestro tiempo. Un rasgo característico es su preferencia por los pobres, como Cristo. Esa preferencia tiene repercusiones mundiales, llamando la atención mundialmente hacia los inmigrantes, sobre todo los que cruzan los mares en busca de una situación mejor, porque la que tienen es insostenible. Nos ha llamado la atención sobre los desfavorecidos, los que no tienen trabajo (sobre todo los jóvenes) o no tienen casa o no tienen acceso a la cultura. A veces hacinados en barrios bajos, como marginados de la marcha normal de la vida y del mundo. Nos ha llamado la atención sobre la belleza de la creación y la necesidad de que todos cuidemos la casa común, la naturaleza, sin destrozarla para un provecho egoísta y destructor.

Francisco nos llama a no dejarnos llevar por la indiferencia global que inunda el planeta, donde los que no valen son descartados y marginados. Cada uno de nosotros puede hacer algo en favor de los pobres para reconocerles la dignidad que tienen, para ayudarlos a crecer en todos los aspectos, para hacerles partícipes de los dones de Dios, para compartir con ellos lo que nosotros hemos recibido de Dios. Para eso, es preciso adoptar un estilo de vida pobre y sencillo, austero y servicial. No cabe que un cristiano se sirva de los demás para su provecho, para su interés. La corrupción no cabe en un corazón que quiere parecerse al de Cristo. Por eso, Francisco nos llama continuamente a la conversión, discerniendo aquello que nos aparta de Dios y de los hermanos y en definitiva nos deforma en nuestra propia naturaleza. Nos llama continuamente a la misericordia e incluso a la ternura con aquellos que están despojados, como hizo el buen Samaritano, Cristo.

Demos gracias a Dios por el Papa Francisco. Es un inmenso regalo de Dios para su Iglesia en este momento crucial de la historia. Pidamos por él, a fin de que la enorme tarea que el Señor le ha confiado pueda llevarla con fortaleza, con decisión, y le ayude a llegar a la plena santidad. Seamos portadores de su mensaje para los hombres de nuestro tiempo.

Necesitamos del Papa, un católico no puede vivir sin el Papa. No somos nosotros quienes le juzgamos a él y tomamos de él lo que nos guste y nos convenga, sino que hemos de ponernos en tono de humilde escucha de sus enseñanzas para hacer vida en nuestra vida las orientaciones de un padre, que Dios nos ha dado para nuestro bien. ¡Viva el Papa!

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba