“Tomás, el incrédulo”

Me impresiona la aparición de Jesús resucitado al apóstol Tomás, que viene a cerrar la sucesión de relatos de resurrección. Y me impresiona por Tomás, que acepta humildemente las señales que Jesús le ofrece, pero sobre todo por Jesús y su condescendencia hacia Tomás.

_MG_1873Fueron las mujeres las primeras que se encontraron con el misterio de la resurrección del Señor. Los apóstoles estaban llenos de miedo encerrados en el Cenáculo, temiendo que fueran a por ellos en cualquier momento. Las mujeres, sin embargo, rompieron el miedo y fueron al sepulcro muy de mañana, preparadas para embalsamar el cuerpo de Jesús, que estaba en el sepulcro. Al llegar y entrar en el sepulcro, vieron que Jesús no estaba allí y un ángel les dijo: Ha resucitado, id a decirlo a los hermanos y que vayan a Galilea. María Magdalena tuvo un encuentro precioso con el Señor, a quien confundió con el hortelano y al que descubrió cuando él la llamó por su nombre. Cuando se lo dijeron a los apóstoles, Pedro y Juan fueron corriendo al sepulcro, entraron, vieron y creyeron. Y así durante aquella jornada con los discípulos de Emaús y de nuevo al atardecer en el Cenáculo con todos los presentes. Tomás no estaba, y cuando se lo dijeron, respondió con escepticismo: Si no lo veo, no lo creo.

A los ocho días, al domingo siguiente, Jesús se apareció de nuevo y se dirigió a Tomás. Podemos decir que vino especialmente por él. En medio de la comunidad, Jesús está para todos, pero especialmente para los que tienen dificultad de creer. Jesús va al encuentro de Tomás, no espera a que él se convenza, se convierta y venga. Sino que él mismo en persona va al encuentro de Tomás para ofrecerle nuevas señales de su resurrección. Nos ha sido más útil la incredulidad de Tomás que la fe de los demás, porque esa incredulidad ha provocado un nuevo acercamiento de Jesús para todos aquellos que tenemos dificultades en el camino de la fe. Y la fe de Tomás es el resultado de una más grande misericordia por parte de Jesús, que no se cansa de nosotros, sino que una y otra vez nos muestra las señales de su resurrección para que creamos.

Era domingo. Porque fue en domingo cuando Cristo resucitó y desde entonces la comunidad cristiana no ha dejado de reunirse en el domingo, el día del Señor. Cuando los mártires de Abitene (s. IV) fueron conducidos al tribunal que los condenó a muerte, ellos confesaron: No podemos vivir sin el domingo, no podemos vivir sin el Señor, no podemos vivir sin la fuerza de su resurrección, la vida sería insoportable si no renováramos cada domingo la certeza de la vida futura con Jesús, que ya está en medio de nosotros resucitado. No podemos vivir sin la esperanza de la resurrección, que el domingo nos renueva por la comunión eucarística.

Volviendo a Tomás, en aquel segundo domingo de la historia, Jesús se le acerca lleno de misericordia para darle nuevas pruebas de su resurrección: “Trae tu mano y métela en mi costado… Dichosos los que crean sin haber visto” (Jn 20,27-29). San Juan Pablo II ha llamado a este día Domingo de la Divina Misericordia. Y el Papa Francisco nos anuncia en este día que el año 2016 será el Año de la Misericordia.

Nuestra época está especialmente necesitada de misericordia, de la misericordia divina que salga al encuentro de cada hombre para hacerlo partícipe de la alegría de la resurrección, de manera que comprenda que está llamada a una vida sin fin, llena de felicidad en el cielo. Nuestra época está especialmente necesitada de nuevas señales de Jesús resucitado, porque se le han oscurecido las señales normales, a las que cualquiera tiene acceso, si está en la comunidad eclesial. Muchos contemporáneos nuestros “no estaban” cuando vino Jesús. ¿Qué podemos hacer? ¿Esperar a que vengan? ¿Y si no vienen? ¿Van a quedar privados del gozo del encuentro con Jesús en el seno de la comunidad? Hoy la Iglesia tiene la preciosa tarea de salir al encuentro de los que no están, como Tomás, en el contexto de la comunidad. Y ha de salir a su encuentro para mostrarles nuevas señales de que Cristo está vivo y es el que anima con su Espíritu Santo una comunidad viva, en la que todos se aman como hermanos.

La incredulidad de Tomás trajo consigo nuevas muestras de amor por parte de Jesús, fueron la oportunidad de mostrar más abundante misericordia. La increencia de nuestro tiempo es una oportunidad para que la Iglesia, testigo del Resucitado, ofrezca nuevas señales de esa presencia de Cristo en nuestro mundo.

 

Recibid mi afecto y mi bendición:

 

 

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba