Tajante consigo mismo, inclusivo para los demás

“Si tu mano te hace caer, córtatela… Si tu pie te hace caer, córtatelo… Si tu ojo te hace caer, sácatelo…” (Mc 9,43-47), nos enseña Jesús este domingo. Se trata de una de las enseñanzas más tajantes de Jesús, por la que hay que jugárselo todo para entrar en el Reino de los cielos. El seguimiento de Jesús lleva consigo una actitud radical y tajante, que no admite compromisos ni mediocridades. O cortamos tantas situaciones que nos alejan de Dios, o nos iremos alejando de Dios cada vez más. Si quieres entrar en el Reino de los cielos, tienes que adoptar decisiones tajantes en tu vida.

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Por el contrario, cuando los discípulos van a quejarse porque algunos que no son de los nuestros hacen cosas buenas, Jesús les responde: “No se lo impidáis…, porque el que no está contra nosotros, está a favor nuestro” (Mc 9,41). Podíamos decir que todo lo bueno que hay en el mundo, todo lo bueno que hay en el corazón de otra persona, nos hace cercanos, connaturales y hermanos. No existe persona, por muy mala que sea, que no tenga cosas buenas, y a veces más de las que nosotros vemos a simple vista. Y con eso bueno que tiene es capaz de hacer cosas buenas, con las que me siento en sintonía y con las que puedo colaborar.

Le pasó también a Moisés, cuando aquellos dos no estaban en el campamento al venir el Espíritu sobre ellos. También aquellos dos ausentes se pusieron a profetizar, y vinieron a decirle a Moisés que se lo prohibiera. Moisés respondió: “¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta!”(Nm 11,29). Si hacen el bien, no serán tan malos.

La envidia, que anida en el corazón del hombre pecador, nos equivoca haciéndonos pensar que lo bueno que hacen los demás merma bondad a lo bueno que hagamos nosotros. Y no es así. Todo lo que hay de bueno en el mundo, venga de donde venga, procede de Dios, que es el origen de todo bien. Aquí reside la plataforma común desde la que es posible el diálogo con toda persona humana: la verdad, el bien y la belleza anidan en el corazón de todo hombre. Y poniendo en común lo que cada uno ha ido descubriendo, podemos sumar y llegar a la verdad plena, que sólo se encuentra en Dios.

La verdad no es la suma de nuestras verdades, sino que existe por sí misma y todo hombre tiene acceso a ella, aunque no sea capaz de abarcarla por completo. La verdad y el bien se reciben como un don en nuestros corazones. Ese encuentro con la verdad, que no dominamos, es lo que nos hace capaces de entrar en diálogo con toda otra persona, porque también nosotros estamos a la búsqueda de la verdad plena. No hemos recorrido todo el camino, somos peregrinos. Y en el camino de la vida, otra persona, sea quien sea, nos puede enseñar y hemos de estar dispuestos a acoger lo bueno que nos brinda.

Por eso, Jesús nos propone un camino de exigencia personal, tajante consigo mismo sin falsas compasiones, y al mismo tiempo de apertura en el trato con los demás, inclusivo para acoger a todos, vengan de donde vengan. Según aquello que cada uno percibe, sea coherente y llegue hasta el final. Dios le pedirá cuenta. Y en relación con los demás, abra los ojos a todo lo bueno que hay en el corazón de cada hombre en la espera de que el otro llegue a la plenitud de la verdad.

El cristiano ha aprendido de Cristo esta actitud de diálogo con todos. Jesús acoge a todos, valora a todos, escucha a todos. Y para todos ha venido, poniéndose a su servicio, para que todos tengan vida eterna. La misión de la Iglesia incluye este diálogo de salvación: acercarse a cada hombre para ofrecerle la verdad que nos ha sido dada en Jesús.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba