“Somos la viña del Señor”

El anuncio evangélico es siempre anuncio de algo nuevo. También en este campo. Cuando parece que ya se han agotado todos los medios y todos los caminos, Dios nos sorprende con una novedad inesperada.

El evangelio de este domingo nos habla del cariño con que Dios cuida su viña. En plena vendimia, nos suena este lenguaje de cortar, podar, decantar, cercar, etc. Son labores que el viñador realiza con su viña preferida, volcando en ella sus cuidados más exquisitos, a la espera de que a su tiempo le dé sus frutos: abundantes, sabrosos, de calidad. “Esperó que diese uvas, pero dio agrazones” (Is 5,2). Agrazones son esas uvas, que tienen incluso una apariencia atrayente, pero al probarlas las escupimos, porque están agrias, no han sazonado, resultan repugnantes.

 

Esa viña somos nosotros. Dios ha extremado sus cuidados con nosotros, ya desde la creación y se ha desbordado con nosotros, con cada uno, redimiéndonos del pecado para hacernos hijos de Dios. Y muchas veces no le damos los frutos sazonados y sabrosos, sino que damos frutos amargos. Por eso, ha enviado a su Hijo, el heredero, para que lo acojamos y le reconozcamos. Pero, como los viñadores homicidas, a este Hijo lo hemos quitado de en medio colgándolo en la cruz.

 

El drama de la redención, sin embargo, se ha resuelto con un plus de amor por parte de Dios. Lo que parece una victoria del pecado, la muerte de Cristo, Dios lo ha convertido en el triunfo del amor y de su misericordia con nosotros. En esa muerte, que nosotros hemos producido con nuestros rechazos, nuestros olvidos, nuestros pecados, Dios ha querido manifestar un amor más grande. Cristo ha aceptado esa muerte redentora como el pago de todas nuestras culpas, y de esta manera por su resurrección nos ha abierto de par en par las puertas del cielo, a una vida nueva, la vida de hijos de Dios.

 

El canto a la viña es un canto de amor. “¿Qué más podría hacer por mi viña?”. Es el canto de un amor no correspondido, más aún de un amor rechazado. Pero es al mismo tiempo el canto de un amor que no se cansa de amar, que es capaz de perdonar, que es capaz de sacar bienes incluso de nuestros males. Es un canto al amor de Dios en su relación con nosotros, en el que aparece la respuesta del hombre a ese amor inmerecido, una respuesta de olvido, rechazo, desamor.

 

El anuncio evangélico es siempre anuncio de algo nuevo. También en este campo. Cuando parece que ya se han agotado todos los medios y todos los caminos, Dios nos sorprende con una novedad inesperada. Sale a nuestro encuentro con una sorpresa favorable de amor, que no habíamos podido soñar. Nos ha dado a su Hijo. No para que eliminándolo, nos quedemos con la herencia de la viña, como el que adquiere la salvación por sus propios medios e incluso con sus propias corrupciones. Cuántas veces el hombre piensa que va a arreglar el mundo con sus trapicheos, aunque estén llenos de pecado. No, la salvación del hombre no está en el hombre, sino que viene de Dios. Dios nos ha dado a su Hijo para que él mismo sea nuestra herencia y nuestro tesoro. Pero en este don la iniciativa es siempre de Dios, nunca producto de nuestras obras. Es iniciativa de Dios que incorpora nuestra libre colaboración a su obra, en donde encontramos la salvación.

 

El amor de Dios, que a lo largo de la historia de la salvación ha sido superabundante, no termina con el envío de su Hijo, al que los viñadores homicidas han quitado de en medio por odio y envidia. El amor de Dios se consuma en la entrega de su Hijo, libre y amorosamente, hasta la cruz para vencer el pecado y la muerte en la resurrección. Cristo resucitado es el don irreversible de un amor que es más fuerte que el pecado y más fuerte que todo desprecio del hombre hacia Dios. Cuando el hombre quiera, ese amor sigue esperándole para hacerle partícipe de sus dones, de su misericordia. El amor de Dios por su viña, que somos nosotros, llega más allá de todo lo imaginable. En la acogida de este amor está nuestra salvación.

 

Recibid mi afecto y mi bendición:

 

 

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba