Nuevos sacerdotes, final de curso, gracias a Dios

El final de curso es siempre la coronación de una etapa para emprender otra hasta llegar a la meta definitiva. Dios nos espera con los brazos abiertos, como un padre y una madre esperan a su hijo cuando llega a casa.

Cada etapa recorrida nos lleva a experimentar el abrazo de Dios que nos acoge, nos perdona, nos limpia, nos llena de su amor. En estos días, al terminar el curso pastoral y académico, cumplimos una etapa de nuestra vida, que nos lleva a ser agradecidos con Dios y con quienes nos rodean.

El 26 de junio celebramos la fiesta de san Pelagio, un adolescente de catorce años, que prefirió morir antes que dejarse manipular por los halagos de la lujuria. Un mártir lleno de amor a Cristo, traducido en castidad, siempre actual para los jóvenes de nuestro tiempo. Fue martirizado donde hoy se levanta el Seminario San Pelagio, nuestro Seminario diocesano. Y es patrono de todos los jóvenes, y especialmente de los que caminan hacia el sacerdocio bajo su patrocinio en nuestra diócesis de Córdoba.

Precisamente tres alumnos de nuestros Seminarios reciben en estos días la sagrada ordenación: dos como presbíteros y uno como diácono, además de otro presbítero que fue ordenado en la fiesta de San José. Son para la diócesis un regalo especial de Dios, y los acogemos con actitud de fe, que llena nuestro corazón de esperanza. Estoy seguro que su paso firme suscitará la respuesta generosa de otros jóvenes a la llamada de Dios para el sacerdocio ministerial. Oramos por los que son ordenados y por los que son llamados a seguir a Jesús por este camino. Varios de ellos serán alumnos de nuestros Seminarios: Mayor y Menor de San Pelagio y Mayor Redemptoris Mater. La Iglesia necesita sacerdotes, y no hemos de cansarnos de pedirlos al Dueño de la mies.

La fiesta de san Pedro y san Pablo el 29 de junio nos habla del ministerio ordenado, sin el que no existe la Iglesia fundada por Cristo. La comunidad cristiana no es el conjunto de personas que por propia iniciativa se han agrupado en torno a su líder, Jesucristo. Nuestra pertenencia a la Iglesia se debe a una iniciativa de amor gratuito del Señor, que nos llama a pertenecer a su familia, a la Iglesia que Cristo ha fundado, y en la que ingresamos por el santo bautismo. Al fundar esta Iglesia, Jesús ha elegido a Pedro constituyéndole roca firme y fundamento de la verdad, del amor y de la unidad. “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y los poderes del infierno no la derrotarán” (Mt 16,18). La Iglesia es jerárquica en su estructura, animada por el Espíritu Santo como su alma propia. Los dones del Espíritu no se dan nunca en conflicto con la sucesión apostólica. Y aquel que sucede a Pedro y los obispos en comunión con él están al servicio de la comunión en la Iglesia, para articular todos esos carismas.

En la fiesta de San Pedro, celebramos el día del Papa, e incluso hacemos una colecta para la caridad del Papa en el mundo entero. Pertenecer a la Iglesia católica lleva consigo la plena comunión con el Papa que nos preside en la caridad a todos los católicos. Sintonizar afectiva y efectivamente con su persona y ministerio. Leer sus enseñanzas, seguir sus directrices, obedecer su disciplina. En esto consiste la comunión eclesial. No somos nosotros los que juzgamos al Papa, si lo hace bien o lo hace mal, según nuestros gustos y preferencias. Por el contrario, nos ponemos en obediencia de fe, en escucha para ser juzgados por su palabra y sus orientaciones, de manera que ajustemos nuestra vida a lo que Dios nos va indicando por medio de su ministerio.

Damos gracias a Dios, al acabar este curso, en el que Dios nos ha colmado de sus bendiciones, nos ha mantenido fieles en la comunión de su santa Iglesia, ha hecho fecundos nuestros trabajos y nos ha bendecido con estos nuevos ordenados en el ministerio sacerdotal. Gracias todas ellas que si son recibidas con gratitud nos abren a nuevas gracias que Dios nos tiene preparadas.

 

Recibid mi afecto y mi bendición:

 

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba