Jornada Mundial de la vida consagrada

El 2 de febrero, fiesta de la presentación del Señor en el templo, celebramos en la Iglesia universal la Jornada de la vida consagrada. En las manos de María, como Jesús, celebramos la consagración de aquellos hombres y mujeres que han entregado su vida totalmente al Señor, en la vida monástica, en la vida religiosa, o en cualquier otra forma de consagración a Dios (vírgenes consagradas, institutos seculares, sociedades de vida apostólica, eremitas, etc.), mediante la virginidad o castidad perfecta con los demás votos de obediencia y de pobreza. Es la forma de vida que Jesús escogió para sí mismo y para su madre santísima: vivir entregados a Dios en alma y cuerpo, para toda la vida, en el servicio a los hermanos.

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En esta ocasión concluimos el Año de la Vida Consagrada, que ha ocupado todo el 2015 (desde el adviento del 2014 hasta la fecha del 2 febrero 2016). Un año largo para dar gracias a Dios por esta riqueza inmensa de la vida consagrada en la Iglesia y en el mundo. Hemos tenido ocasión de celebrar este magnífico don. Qué sería de la Iglesia sin esta riqueza de carismas, por la que miles y miles de hombre y mujeres –más mujeres que hombres- conquistados por el amor a Cristo han sembrado la civilización del amor en su entorno. Muchos de ellos gastando su vida en lugares lejanos, con todo tipo de privaciones, expuestos a todos los peligros, gastando la vida y la salud para que otros tengan vida y conozcan a Jesús, nuestro salvador. Siempre me impresiona este sonoro y silencioso testimonio, que sale a la luz cuando hay alguna catástrofe natural. Allí están los misioneros, que no se han trasladado para salir en la foto, sino que llevan allí años y años, y están dispuestos a seguir lo que haga falta. Qué corriente de amor, de amor gratuito, que la Iglesia siembra a través de estos sus mejores hijos en todos los lugares de la tierra.

Y entre nosotros, aquí en Córdoba, una sobreabundancia de hombres y mujeres –también, más mujeres que hombres- dedicados a la enseñanza, al cuidado de los pobres, a la inserción en barrios y periferias. Ellos no están ahí por negocio, sino para darlo todo. Quienes los miden por baremos de mercado, se quedan cortos, porque ellos/as viven en otra dimensión.

En Córdoba hemos tenido ocasión de celebrarlo especialmente en diversas jornadas de encuentro. En Madrid, tuvimos un encuentro precioso el 3 de octubre. En Córdoba, el 17 de octubre pasado confluimos abundantes miembros de la vida consagrada para saludarnos, conocernos y, sobre todo, dar gracia a Dios por esta preciosa vocación y este grandioso servicio a la sociedad de nuestro tiempo. El sábado 30 de enero concluiremos el Año de la vida consagrada en nuestra Santa Iglesia Catedral de Córdoba. Estamos todos convocados, sacerdotes, laicos y consagrados. Hay Congragaciones nacidas en Córdoba que llevan cientos de años en la tarea. Otras han celebrado su segundo centenario de fundación. Otras llevan en Córdoba más de cien años sirviendo a la sociedad cordobesa. No se trata de medallas ni de títulos (que no los ha habido). A nivel eclesial, hemos gozado reconociendo estos dones y compartiendo las múltiples experiencias de todos estos hombres y mujeres consagrados a Dios y sirviendo a los hermanos. No faltan visiones miopes que consideran a los religiosos parásitos de la sociedad. El mundo no lo puede entender. Esa es a veces la recompensa.

Pero no. Estos hombres y mujeres nos enseñan a amar con un amor más grande, el amor de Cristo que está por encima de toda ideología (Ef 3,19). Cuántas lágrimas enjugadas, cuántas soledades compartidas, cuántos momentos de dolor y de confidencia. Cuántos niños, adolescentes y jóvenes han encontrado una mano y un corazón amigo que les ha ayudado a crecer, cuántas personas sencillas han experimentado la cercanía de Dios y de su Iglesia. Eso es la vida consagrada, amor gratuito y para toda la vida en la sencillez de una entrega que tiene como motivación el amor de Cristo.

Esperamos que este descubrimiento y valoración de la vida consagrada, a la que hemos tenido acceso durante todo este Año de la vida consagrada, produzca frutos abundantes de nuevas vocaciones entre los jóvenes para que siga habiendo corazones que amen sin esperar nada a cambio, porque son prolongación del corazón de Dios, del corazón de Cristo.

 

Recibid mi afecto y mi bendición:

 

+ Demetrio Fernández González, obispo de Córdoba