“Iglesia sin fronteras, madre de todos”

La Iglesia, que es madre, quiere serlo especialmente de sus hijos que sufren.

_MG_6042Jesús fue un emigrante y un refugiado. Tuvo que salir en brazos de María y de José de su tierra y de su casa y emigrar a Egipto, porque era perseguido por Herodes. La estancia en Egipto por parte de Jesús el Hijo de Dios durante los primeros años de su vida terrena le ha convertido en cercano especialmente a todos los que tienen que dejar su casa para mejorar sus condiciones de vida: por razones de trabajo para alcanzar un nivel que supere los mínimos de hambruna en los que se vive, por razones de bienestar para compartir la situación de los países avanzados o por razones de supervivencia, cuando las guerras, el exterminio o razones políticas hacen imposible vivir en su propia casa.

La Iglesia no tiene fronteras, sino que es madre de todos. Nadie puede sentirse extranjero o forastero en la Iglesia. “Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios” (Ef 2,19). En este domingo, Jornada mundial del Emigrante y del Refugiado, tenemos especialmente presentes a todos los que han tenido que dejar su tierra y su familia, por la razón que sea, para encontrar una situación mejor. En muchas ocasiones ese tránsito se ha producido con dolor, con desgarro, a veces poniendo en riesgo la propia vida. Y en ese tránsito muchos han perdido la vida o han visto violada su dignidad humana.

La Iglesia, que es madre, quiere serlo especialmente de sus hijos que sufren. Vemos en nuestro entorno numerosos ciudadanos procedentes de África, de América, de Asia que son católicos como nosotros. Todos merecen respeto, los católicos y los que no lo son. Pero los católicos son “de casa” para otro católico. Hemos de abrir los ojos para acoger con amor cristiano a todos esos hermanos nuestros que llegan a este país de mayoría católica y no son acogidos del todo. ¿Dónde está nuestra caridad fraterna? “Fui extranjero y me hospedasteis”, recuerda Jesús. “A mí me lo hicisteis” (Mt 25,40).

Es verdad que no tenemos en nuestras manos la solución a un problema que nos desborda. El asunto de la emigración ha llegado a globalizarse, es asunto que escapa a nuestro control. Tiene raíces profundas en la injusticia con la que viven los países del Sur, que aspiran a entrar en los países del Norte más desarrollados. Y mientras no se ataje ese problema de injusticia mundial, no resolvemos casi nada. No cumplimos solamente con acoger de manera inmediata al que encontramos forastero en nuestro entorno. El asunto es de tamaño gigante. Pero no debemos permitir que se nos cuele en al alma la “globalización de la indiferencia”, es decir, no debemos permitir que al ser un problema tan universal, nos deje indiferentes también a nosotros porque no podemos remediarlo del todo. Algo podemos hacer, y es mucho lo que hacemos si nos damos cuenta de que los emigrantes son personas humanas, con toda su dignidad y sus derechos, y si además son católicos, son personas que debieran sentirse en su casa al llegar entre nosotros.

Trabajo menos pagado, esclavitud sexual, redes de mendicidad para enriquecer al patrón, tráfico de niños, explotación por parte de las mafias en el traslado, etc. Hoy día el mayor negocio del mundo es el tráfico con personas, y el mundo de los emigrantes es el caldo de cultivo de este mercado. No podemos permanecer indiferentes, y algo podemos hacer cada uno. Aprovecho para agradecer todo lo que se está haciendo por parte de las parroquias y de la diócesis de Córdoba en este punto. La Iglesia es casa de acogida, también a los que vienen de otro país buscando una situación mejor. Regulen las autoridades civiles lo que tengan que regular en el servicio al bien común, pero respetemos todos la dignidad humana de cada persona. España es país fronterizo en distintas direcciones, ¿sabremos estar a la altura de nuestra situación estratégica para fomentar el respeto a la dignidad de todos los que llegan a nuestras fronteras por tierra, mar y aire?

Iglesia sin fronteras, madre de todos. Que esta Jornada nos haga conscientes de que cada uno puede hacer algo, aunque sea pequeño, para acoger al forastero. Y muchas parroquias hacen mucho, como lo hace Caritas o la Delegación diocesana de migraciones. A todos, muchas gracias en nombre todos los inmigrantes. Dios os lo pagará.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba