Domingo de Pasión

“Te rogamos, Señor Dios nuestro, que tu gracia nos ayude, para que vivamos siempre de aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo”, reza la oración colecta de este domingo de pasión, a pocos días de la semana santa. Vivir de aquel mismo amor es vivir como vivió él, Jesucristo. Vivir así es vivir dando la vida y gastándola en el servicio de Dios y de los hermanos.

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Ha sido el amor, y sólo el amor, el motor de toda la redención. Jesucristo lo ha vivido así y lo ha predicado con el ejemplo. Dios Padre ha entregado a su Hijo al mundo por amor: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único… no para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,16-17). Y en ese clima de amor ha vivido Jesucristo su existencia terrena, para entregarse a la muerte por amor al Padre y a los hombres. Por amor al Padre: “Para que el mundo vea que amo al Padre… vamos [a la pasión]” (Jn 14,31), y por amor a los hombres: “Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15,13). La obediencia de un corazón humano es la clave de la redención. La obediencia por amor de Cristo al Padre es la clave de nuestra salvación.

En esta sinfonía de amor, una nota disonante es el pecado del mundo, nuestros pecados, que ofenden a Dios realmente, dividen el corazón del hombre y rompen la armonía de la creación y de la convivencia humana. El pecado hace que la redención esté teñida de dolor, haciendo que la cruz sea repelente a simple vista. Pero este mismo pecado ha sido reciclado en la cruz redentora de Cristo, porque él ha vivido su muerte en la cruz con una sobredosis de amor al Padre y a los hombres, y “de lo que era nuestra ruina, ha hecho nuestra salvación” (prefacio 3º ordinario).

El amor, por tanto, en el origen y en el término. El amor como motor de la redención del mundo. El amor en la cruz de Cristo como la gran potencia recicladora de todos nuestros egoísmos y contradicciones. El amor ha triunfado sobre el pecado, y desde la Cruz el amor se extiende como misericordia para todo el que quiera recibirla.

El domingo de pasión nos pone delante de los ojos a Cristo crucificado, que nos abraza con su amor y solicita de nosotros una respuesta de amor en el mismo sentido: “Que vivamos siempre de aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la redención del mundo”. Nos acercamos a la celebración anual y solemne de la redención en la Semana Santa: pasión, muerte y resurrección del Señor. Pongamos a punto nuestro corazón para sintonizar con ese amor, que va a pasar por nuestras vidas, para que vivamos una verdadera “pascua”.

La piedad popular multiplica en estas jornadas sus actos penitenciales: viacrucis, quinarios y triduos, actos de hermandad en cada una de las cofradías. Ponerse a punto para los días santos que se acercan incluye poner a punto el corazón, con oración más abundante, con ayuno penitencial y con una caridad más ardiente. De nada nos serviría todo lo exterior, si no nos lleva a lo interior, si la procesión no va por dentro. Vivir del amor de Cristo, vivir como vivió él no es algo en lo que nos empeñamos nosotros, sino un don de Dios, que pide nuestra colaboración para ser eficaz en nuestras vidas.

Mirar a Cristo crucificado, mirarlo fijamente durante estos días. Tiene mucho que decirnos a cada uno. Quiere decirnos ese amor, distinto a los demás amores humanos, que viene de Dios y ha transformado el mundo. Le pedimos que nos conceda vivir de ese mismo amor que le ha movido a entregarse a la muerte por la salvación del mundo.

 

Recibid mi afecto y bendición,

Demetrio Fernández González,

Obispo de Córdoba